jueves, 28 de abril de 2016

los jueves con Edu y Marta: VIDEO JUEGOS. GRAN DESCONOCIMIENTO DE LOS PADRES.


"El desconocimiento de los padres y educadores es preocupante..."

Adolescentes: aprendiendo a vivir con los videojuegos


Adolescente jugando a un videojuego.
Los juegos on line empiezan a ser un problema si siempre se juega al mismo.
Los videojuegos están presentes en todas las casas y cada vez con mayor frecuencia en los teléfonos móviles. Son uno de los juguetes favoritos de niños y adolescentes, pero aun así, muchos padres los ven como una amenaza y un problema, (¿por qué mi hijo pasa más tiempo enganchado a un mando y la televisión que jugando en la calle?), en lugar de aprovechar la oportunidad para profundizar en las competencias que adquieren los jóvenes al jugar.
Tal y como señala Oriol Ripoll, especialista en juegos y profesor de creación de juegos en Enti, en la Universidad de Barcelona, en Las nuevas tecnologías en niños y adolescentes. Guía para educar saludablemente en una sociedad digital, elaborado por el portal Faros, del Hospital Sant Joan de Déu, en Barcelona, el desconocimiento de padres y educadores sobre los videojuegos es preocupante ya que no se dan cuenta de que el mundo ha cambiado y los retos y las competencias necesarias para el día a día también.
“Los videojuegos son, ante todo, juegos. Y además de una función de mero placer, también tienen sentido cuando se incluyen dentro de un sistema educativo, formal o informal”, especifica en la guía.

Videojuegos = juegos

Cuando un padre tiene un hijo que dedica su tiempo a los videojuegos puede haberlo encontrado en esta situación: persianas bajadas, pegado a la televisión durante horas y, a veces, hablando por el micrófono con sus amigos.
A priori, esta escena puede causar cierta preocupación. Sin embargo, Ripoll explica que a menudo los padres tienden a separar los juegos analógicos de los digitales, considerando a estos últimos nocivos; en cambio, los adolescentes no separan la forma de jugar. “Jugar es jugar, sin importar con qué está jugando", hace hincapié Ripoll.
El experto señala que esta tendencia a separar juegos analógicos y digitales hace que vean positivo que el adolescente pase horas en un partido de fútbol, por ejemplo, y que lo vean como un inconveniente si dedica ese mismo tiempo a un videojuego.
“El problema de las horas ante un mismo tipo de juego no es a qué se esté jugando, sino que seasiempre el mismo juego. De la misma manera que resultaría un problema que alguien comiera siempre lo mismo, por muy saludable que fuese”, señala.
Según el experto, ante esas situaciones los padres deberían preguntarse:

¿Es siempre el mismo juego porque no conoce otros?

En ese caso lo importante es que el adolescente conozca diferentes juegos adecuados a su edad.

¿Juega sólo a ese juego porque puede jugar solo?

Ripoll recomienda dedicar tiempo a jugar con ellos y que los adolescentes les enseñen a jugar. “Lo interesante de jugar con alguien es estar juntos por encima de a qué estáis jugando”, apostilla.

¿Son muchas horas porque el juego es largo?

El especialista aclara que hay juegos cortos y otros largos en los que hay que completar un recorrido para intentar entender la historia que han desarrollado los creadores.
Por lo tanto, cada juego necesita unas horas adecuadas de juego, no hay reglas preestablecidas y los padres deberán establecer una negociación adecuada con sus hijos para cada caso.

jueves, 14 de abril de 2016

los jueves con Edu y Marta: HIPER-PADRES..... SUB-HIJOS...


¡Cuánta razón tiene esta escritora...!



¡Cuidado! Llega la hiperpaternidad
Los expertos alertan: los niños de hoy son víctimas de una nueva epidemia de sobreprotección que les impide ser autónomos y les hace frágiles
MARTA OTERO21 de marzo de 2016. Actualizado a las 21:57 h. 195


Resultado de imagen de padres protectores

Si usted carga con las mochilas de sus hijos en cuanto salen del colegio, ¡cuidado!, podría entrar dentro una nueva categoría: los hiperpadres, temidos por maestros y pedagogos, que organizan hasta el último detalle de las vidas de sus hijos y no les dan opciones para valerse por si mismos. 
Pero, además del pequeño detalle de la mochila, ¿cómo reconocer si formamos parte de ese grupo? La periodista Eva Millet lo define perfectamente en su último libro: los hiperpadres hablan en plural cuando se refieren a las cosas de sus hijos («hoy tenemos examen de matemáticas»), están obsesionados con que reciban la mejor educación (a poder ser, precozmente) en el mejor colegio o universidad, discuten constantemente las posiciones de maestros y entrenadores, planean  numerosas actividades extraescolares y, sin embargo, no permiten que sus hijos participen en las tareas de  la casa ni asuman obligaciones básicas como hacerse la cama o poner la mesa. 
Padres mayordomos
Son padres que ejercen de chóferes, entrenadores, guardaespaldas, profesores particulares y mayordomos... en resumen: estresados, que acaban criando hijos agobiados que crecen incapacitados por exceso de protección. Las causas, según explica el experto Carl Honoré en el libro, pueden buscarse en la «tormenta perfecta en la que intervienen la globalización y un aumento de competencia que, unidos a la inseguridad cada vez mayor en los lugares de trabajo, nos han hecho más ansiosos respecto a preparar a nuestros hijos para la vida adulta». En resumen: «hoy queremos dientes perfectos, un cuerpo perfecto, las vacaciones y la casa perfecta y, obviamente, los niños perfectos para completar el cuadro». A esto hay que sumar el estrés del estilo de vida que nos han impuesto, que transmitimos a nuestros hijos con ese omnipresente «¡corre!» que nos persigue sin descanso y hace que, como explica la pedagoga Cristina Gutiérrez Lestón, «toda esta falta de tiempo y de espacio para 'ser' genere una serie de carencias emocionales en muchos niños y niñas, que no saben desenvolverse en un grupo de gente. Se sienten débiles y con un montón de  miedos».
La conclusión, aseguran, es preocupante: tal vez estemos criando la generación más frágil e insegura de la historia», lo que para Gregorio Luri, filósofo y pedagogo, debería hacernos pensar que, ante todo, los niños necesitan unos padres relajados. «Es un derecho de la infancia», asegura.
Por dónde empiezo
A pesar de la alarma, el panorama tiene solución. El camino a seguir se llama underparenting, o, en otras palabras, hacerles menos caso a los hijos. ¿Y cómo se hace eso? La experta propone en el libro algunas claves para poder empezar,que comienzan, otra vez, con la mochila. «Usted no ha de cargar por sistema con sus cosas. Parece una nimiedad, pero que carguen ellos con su mochila es una forma efectiva de educar la responsabilidad».
También sugiere que no se les permita a los niños interrumpir las conversaciones, y que no les preguntemos sistemáticamente todo (desde qué quiere comer hasta qué medicamento prefiere tomarse para la fiebre). La línea a seguir se define como «sana desatención», sin anticipar todo tipo de contratiempos ni pasarse el día alrededor de los niños para intervenir a la mínima de cambio. En la lista de recomendaciones se incluyen otras muy curiosas y concretas, como la de no hablar en plural o no pasarse el día colgando fotos de los hijos en las redes sociales. «Esta avalancha, no solo esta consiguiendo matar la espontaneidad infantil, sino también crear pequeños narcisos».
Otro aspecto importante es el de la educación. Aquí la experta es clara: «la educación no consiste solamente en adquirir títulos (). Que su hijo o hija sean capaces de dar las gracias y de encajar una frustración es también parte fundamental de su formación». Es importante, además, no interferir demasiado en las decisiones del colegio e intentar que el niño aprenda a asumir sus propios errores.
Relájense, sin miedo

Pero ¿qué es lo que nos impide soltar a nuestros hijos de la mano? ¿por qué los sobreprotegemos hasta rozar muchas veces el ridículo? Pues algo tan humano como el miedo. «Miedo a equivocarnos -explica la autora-. A decirles «no». A traumatizarlos. A o darles todo lo que consideramos que se merecen. A no conseguir que sean felices. A que sufran. Incluso a no conseguir esos hijos perfectos que parece que hoy todos hemos de tener». La receta para superarlo es relajarse, y disfrutar de ser padres, para que también ellos disfruten de ser hijos. «Mi consejo es que sean afectuosos con sus hijos, que estén con ellos cuando lo necesiten pero no encima de ellos todo el día. Que no se pongan nerviosos porque el hijo del vecino esté aprendiendo chino y, según sus padres, sea una criatura rayana a la perfección». Hay que decir no, exigirles que colaboren y también «decirles que les queremos, pero que ello no equivale a que tengan una serie de derechos adquiridos, ni sobre ustedes ni sobre el resto del mundo».


sábado, 2 de abril de 2016

realidad en vivo: EN MEMORIA DE LOS ADOLESCENTES ASESINADOS SÓLO POR SER CRISTIANOS


Dejo esta entrada en memoria de los adolescentes cristianos asesinados por ser cristianos. Un relato que no saldrá en nuestros grandes medios de  comunicación europeos, tan grandes como necios, cegados por las directrices laicista de la dictadura de  lo correctamente político. 

El barrio cristiano de Lahore llora a sus adolescentes muertos

EFE | Jaime León
Islamabad
En Youhanabad, el barrio cristiano de Lahore, resonaban ayer los rezos y corrían las lágrimas por la muerte de ocho vecinos adolescentes en el atentado del pasado domingo en un parque de la ciudad, ante la incredulidad de vivir de nuevo un ataque.
En una de las callejas de este laberíntico barrio de 200.000 personas, un grupo de vecinos arropaba a Pitras Mukhtar y Fawzia, quienes perdieron a su hijo Sharon, de 15 años.
"Dos de mis cuatro hijos habían ido al parque Gulshan Iqbal a pasar la tarde con varios amigos tras la misa de Pascua. La siguiente vez que los vi, los dos estaban heridos", dijo a Efe Pitras.
Sharon murió como resultado de las heridas, e Irfan, su otro hijo de 16 años, continúa ingresado, pero dos de sus amigos fallecieron en la explosión.
"Aunque Irfan sobreviva, mi vida habrá cambiado para siempre", indicó el paquistaní.
En la puerta de su casa, unas 30 personas sentadas en el suelo y divididas en dos grupos de hombres y mujeres, escuchan los rezos de un párroco entre gestos de dolor.
Fawzia, con el rostro descompuesto, no puede ni hablar.
No lejos de allí, la familia extendida Masih llora la muerte de dos jóvenes de 16 años.
"Los dos primos habían ido juntos con amigos al parque. Esos amigos nos llamaron para decirnos que algo había explotado y que estaban muy mal", señaló a Efe Pervaiz Masih.
"En el hospital nos dieron sus cuerpos inertes", continuó el relato su hermano Amanat, con el rostro y los ojos hinchados por los lloros.
Muchos de los jóvenes de Youhanabad, la mayor localidad cristiana del país, aprovecharon el domingo festivo para pasar la agradable tarde de verano en el parque, que los fines de semana se llena de paseantes y familias con niños.
Ocho de ellos nunca regresarían ya a sus casas, víctimas de un ataque suicida que acabó con la vida de 72 personas y dejó heridas a 359.
Jamaat ul Ahrar, escisión del principal grupo insurgente de Pakistán, el Tehrik-e-Taliban Pakistan (TTP), asumió la autoría del atentado.
"Reclamamos la responsabilidad por el ataque contra los cristianos que celebraban la Pascua", dijo el portavoz del grupo islamista Ehansullah Ehsan, aunque la mayoría de los muertos son musulmanes.
"Llegaron las primeras noticias y no me lo podía creer. Otra vez. Hace sólo dos semanas se cumplió el primer aniversario del ataque a dos iglesias del barrio en el que murieron 15 personas", indicó a Efe el padre Irshad Ilyas.
Ese domingo de Pascua, en lugar de descansar ofició por la noche una misa por los muertos y comenzó a preparar funerales.
Su iglesia, una de las 150 de la zona, organizó seis de los entierros y él mismo ofició dos.
El catequista Angelo Javed participó en tres de ellos y ayer recorría el barrio consolando a las familias.
Hace un año, participó también en 10 de los funerales de los 15 muertos en los ataques suicidas a dos iglesias del barrio.
En los muros de Youhanabad todavía cuelgan grandes fotografías de las víctimas mortales de ese atentado, que dejó además 75 heridos.
"Es para no olvidarlos", señaló Javed.
La minoría cristiana, un 2 % de los 200 millones de habitantes de Pakistán, es objetivo de los grupos islamistas del país asiático.
En el peor episodio vivido por la comunidad cristiana, 82 de ellos murieron en un ataque en 2013 a una iglesia de la ciudad de Peshawar, en el noroeste del país.
Además de discriminación laboral, los cristianos hacen frente a denuncias de blasfemia, que puede acarrear la pena de muerte.
Estos días, miles de islamistas acampan frente al Parlamento paquistaní en Islamabad exigiendo, la ejecución de la cristiana Asia Bibi, condenada a muerte por blasfemia.
"Supongo que seguiré oficiando funerales de muertos en ataques", remarcó Javed.

viernes, 1 de abril de 2016

reflexiones serias: LA INCONSCIENCIA DE MUCHOS PADRES, DICHO POR EL FISCAL DE MENORES

El fiscal de Menores arremete contra la inconsciencia de muchos padres de familia.

«A los niños se les manda al colegio a que los formen, no a que los eduquen»

El Fiscal de Sala Coordinador de Menores Javier Huete analiza para ABC los problemas de educación a los que se enfrentan en la actualidad las familias española

Javier Huete, Fiscal de Sala Coordinador de Menores - ERNESTO AGUDO
CARLOTA FOMINAYA - Madrid - ABC.es 30/03/2016 


Este mes de marzo que acaba, Javier Huete está de aniversario. Hace justamente un año que llegó a su despacho como Fiscal de Sala Coordinador de Menores, una atalaya privilegiada para realizar un minucioso balance de los problemas a los que se enfrentan los niños y adolescentes de nuestra sociedad. Nada más empezar, recuerda cómo su nombramiento coincidió con el terrible suicidio por acoso escolar de una chica en un instituto de Madrid, y aprovecha para lanzar una advertencia a los medios de comunicación. «Si a las puertas del centro escolar acude la prensa gráfica, la televisiva, la escrita... e invita a los niños a hablar, no permiten que se siga un cauce de apaciguamiento y sosiego. Los menores buscan notoriedad y, en esas situaciones, resultan muy vulnerables y sus reacciones pueden ser poco fundadas».
—Aquella chica que se suicidó estaba siendo acosada por sus compañeros de clase. ¿Está usted de acuerdo con que la edad penal sea de 14 años?
—Siempre que se plantea la reforma es por cuestiones mediáticas como aquel suceso: hay un hecho que tiene mucha trascendencia e, inmediatamente, se plantea que sería bueno bajarla a doce. La edad a partir de la cual la responsabilidad penal es exigible tiene que estar muy meditada y, a mi modo de ver, los 14 años es una edad que permite tener cierta conciencia.
—En 2015 la Ley orgánica de Protección de Infancia y Familia y Adolescencia recordó los derechos del menor, y por primera vez estableció deberes. ¿De verdad era necesario que se precisaran?
—Está bien que se concreten de cara a la sociedad, a la familia, al entorno. Que se les recuerde a los niños que no solamente tienen derechos, sino también responsabilidades. Todo esto, por supuesto ajustado a cada edad y a cada fase.
—En este sentido, seguro que hay algo que recordarles a los padres.
—A los padres habría que recordarles que a los niños se les manda al colegio a que los formen, pero no a que los eduquen. La educación es algo mucho más complejo, pero que tiene que aparecer desde el principio y fundamentalmente en la familia. A los niños les enviamos al colegio para que reciban una formación académica, para que aprendan a tratarse los unos a los otros. La primera educación es en el seno de la familia.
—Lo dice usted como si a la sociedad se le hubiera olvidado.
—Obviamente. El primer lugar donde se debe decir no a un niño es en la familia. Los padres no sabemos decir no a nuestros hijos. Recomiendo la charla de Carles Capdevilla, donde cuenta la historia del niño que le pide una piruleta a su padre. Este le dice que no, y el pequeño se pone amarillo, morado, verde, se le sale la lengua... hasta que el padre le acaba dando la piruleta. ¿Cómo será ese niño cuándo llegue al patio del colegio? Pues dirá: «en mi casa te tienes que jugar la vida pero al final consigues la piruleta». Por esto debemos aprender a decir no, y además, a mantenerlo en el tiempo. Un niño es una personalidad en formación pero no tiene ni un pelo de tonto. Sabe que en casa llegando a un extremo sus padres ceden, aunque pronto se dé cuenta de que socialmente no puede tensar la cuerda. Ni en el trabajo, porque te echan a la calle, ni en una facultad con el catedrático de turno. Es esencial que los chavales aprendan que «no» es «no».
—¿Qué es lo que está fallando a la hora de educar desde las familias, la falta de tiempo, de conciliación...?
—Es un cúmulo de circunstancias. El que se atreva a apuntar un factor determinante se equivoca. Primero, esta es una sociedad que cada vez se vuelve más inhóspita, porque exige de ambos padres unas jornadas que no son compatibles con los horarios académicos o familiares de sus hijos. Además, es una sociedad que es muy competitiva. Estas últimas generaciones están siempre necesitadas de formación complementaria, lo que nos lleva a sobrecargarles de actividades. Y los fines de semana se convierten en una tensión. Unos necesitan descansar, y otros necesitan acción. Y no hay cosa más reñida que el cansancio con la actividad frenética que necesitan unos niños pequeños.
—Las nuevas tecnologías no ayudan mucho a educar.
—Esto también tiene una traducción: no estamos, no hablamos, no conversamos, no hacemos cosas juntos y nos refugiamos en las tecnologías. Los niños de hoy están delante de las pantallas continuamente, ya sean los móviles, las tablets, el ordenador o la televisión. El colmo son ya las comidas con el teléfono encima de la mesa. Ahí de nuevo falla el «no». ¿Cuál es la norma? No se come con los móviles encima de la mesa. Pero el primero que lo tiene que poner en práctica es el padre, que no debería siquiera tenerlo en el bolsillo. Si estás comiendo, estás comiendo y si suena, no se coge.
—Esta es la primera generación de padres con hijos «millenials», y muchos llevan una vida exclusivamente virtual. ¿Qué puede hacer la familia?
—Cuando son más pequeños, crearles actividades distintas a las que requieren el uso de las pantallas. Entre otras cosas, porque se van a quedar sin olfato. Sin vista, seguro, y sin oído, también. Como no existe esa relación personal, el tacto se les va a reducir a los pulgares. No van a tener esas percepciones y sensaciones que son esenciales para el ser humano. Muchas de las relaciones personales se basan en la química, pero esa información hay que aprender a manejarla, y la están perdiendo.
—Por contra, hay muchos padres superados por la técnica.
—Es cierto, pero por este motivo, es fundamental explicarle qué conducta tienen que tener en internet. Es nuestra obligación enseñárselo. Decirles: «no te oculto en la red vas a encontrar lo que quieras, pero debes saber por qué no hay que hacer o entrar en según qué páginas. Primero, porque para que tú veas esas imágenes, han violentado a una mujer, o a un niño, o maltratado a un mendigo, o fomentado el odio hacia el distinto. Y, segundo, porque puedes ser objeto de una persecución legal». Hay valores que tienen que adquirirse previamente como propios, porque son los de tu entorno y los de una sociedad democrática. Los menores tienen que saber que internet no es un mundo de yuppies. Es un mundo paralelo y, aun existiendo, no se debe entrar. No por miedo a que te descubran, que ya sería un miedo suficiente, sino porque lo que hay de trasfondo es muchísimo más grave de lo que se pudieran imaginar.
—El juez Calatayud señala siempre que los niños no deberían tener móvil antes de los 14 años, pero muchos menores reciben un smartphone como regalo de Primera Comunión, con apenas 9 o 10 años.
—No nos damos cuenta de que lo que le estamos dando a un niño de diez años no es un teléfono únicamente para hacer o recibir llamadas. Le estamos dando un ordenador con conexión de datos. Desde un paquete más o menos amplio, hasta llegar al ridículo de regalarle literalmente una tarifa plana. Esto es impensable. Porque con diez años no se está en condiciones de tener una herramienta de la potencialidad y el riesgo que eso comporta. Esto es un error y sería lo primero que habríamos de corregir.
—Muchos discuten con la frase de «es que todos lo tienen».
—Ese argumento no me vale. Habrá que empezar a decir «pues este no lo tiene». Porque también hay que tener en cuenta que con esto empiezan la competición: a ver quién sube más fotos a Instagram, a ver quién tiene más amigos en Facebook, a ver quién tiene más seguidores en Twitter, o en Tuenti. Al final es un concurso en el que todo es superficial.
—Los padres, ¿somos conscientes de la responsabilidad que tenemos?
—Desgraciadamente, muchas veces no. Tenemos una obligación de vigilancia y de cuidado a nuestros hijos por responsabilidad civil, es cierto, pero no somos muy conscientes de que nuestra responsabilidad es anterior: familiar y ante la sociedad. Porque nuestros hijos no nos pidieron venir al mundo. Los trajimos porque fue consciente y voluntariamente nuestra decisión como padres. Eso, que parece de cajón de madera de pino, conlleva unas exigencias de educación, de formación, de seguridad, de estabilidad... No se trata solamente del estricto cumplimiento de leyes. Es algo más. Es tratar a un niño como lo que es, una personalidad en formación que está a nuestro cuidado y que nosotros tenemos obligación de que se desarrolle de manera que luego pueda vivir de forma autónoma en sociedad.


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