jueves, 7 de febrero de 2013

los jueves con Edu y Marta: ACTITUDES ÉTICO-SOCIALES EN LA ADOLESCENCIA

 

a)     Es necesario proveer el ambiente favorable en el que los sentimientos, valores, ideales, los comportamientos y hábitos de significado ético-social vengan aprehendidos (descubiertos y abrazados). Ésta es una responsabilidad concreta de los familiares y educadores: formar en los muchachos una personalidad socialmente adaptada de modo que, saliendo del círculo familiar o escolar, puedan tomar el puesto que les compete en la comunidad. El adolescente comprende rápido que, para poder vivir en medio de la sociedad según una línea de conducta racional, necesita saber hacer uso de la propia libertad y necesita saber respetar los derechos de los demás y de la comunidad civil. Más tarde, esta aspiración a la libertad se identificará, si todo va por buen rumbo, con la defensa de la persona humana.


b)     Es cierto que su actitud hacia la sociedad muchas veces es pesimista, en cuanto es considerada como una construcción arbitraria de los adultos. Ésta les provoca repulsión por estar fundada sobre el compromiso, lo transitorio, la astucia o la fuerza, y raramente sobre la honestidad. En parte por esto, y en parte por la ineficacia del sistema educativo, la mayoría de los adolescentes muestra gran desinterés por la política.  Un punto especialmente crítico en el joven es constatar que las normas de la convivencia social no son observadas por aquellos que teóricamente aprecian su valor, los adultos. Esto puede llevar a serias desviaciones o, incluso, terminar en actitudes de rigorismo intransigente.
 
 
 


c)     El adolescente, debido a su incipiente personalidad, se coloca como igual ante sus mayores; pero al mismo tiempo se siente otro, diferente de éstos por la vida nueva que se agita en él. Y entonces, naturalmente, quiere sobrepasarles y sorprenderles transformando el mundo. Por ello, los sistemas o planes de vida de los adolescentes, por una parte, están llenos de sentimientos generosos, de proyectos altruistas o de fervor místico; y, por otra, no están ausentes de elementos de megalomanía y de consciente egocentrismo. El joven vive en función de la sociedad y quiere ser su protagonista. Pero la sociedad que le interesa es la que quiere reformar. Las sociedades (grupos) de niños tienen como fin el juego colectivo, las de los adolescentes son principalmente sociedades de discusión. Es normal que dos amigos jóvenes se pierdan en discursos sinfín destinados a combatir el mundo real. Podrá haber crítica mutua de las soluciones respectivas, pero el acuerdo sobre la necesidad absoluta de reformas es unánime.

       En este sentido, la verdadera adaptación a la sociedad se dará cuando el muchacho, ayudado por el educador, de “reformador” pase a “realizador”. No se trata, por tanto, de que el educador frustre de alguna manera los grandes ideales del adolescente. Antes bien, su papel es encauzarle progresivamente reconciliándole con la realidad, dando cauce a sus inquietudes con acciones concretas. Por ello es clave que el educador presente a los adolescentes  grandes proyectos encaminados a la promoción social y al cambio cultural. Lo único que hace con eso es aliarse íntimamente con la psicología del adolescente, y ayudarle a su pleno desarrollo y madurez.


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