jueves, 11 de octubre de 2012

los jueves con Edu y Marta: ADOLESCENTES Y SANA AUTONOMÍA


EDUCAR EN LA SANA AUTONOMÍA II



 

   Por otro lado, ha de evitarse el equívoco de pensar que el camino de la conquista de la libertad no comporta indicaciones o reglas. No existe libertad sin ley. Es decir, la familia debe saber establecer contornos dentro de los cuales el muchacho sepa moverse cada vez con mayor libertad;  pero éstos deben existir siempre. La familia debe saber proponer al hijo adolescente reglas de comportamiento lo más claras y explícitas posibles. Alguna de estas reglas esenciales serán inmutables con el paso de los años de la adolescencia; otras podrán ser modificadas. Los padres deben ejercer la autoridad sin miedo, como un auténtico servicio que están prestando al muchacho.

      Deben estimular la sobriedad y fortaleza del adolescente con la creación de un ambiente familiar de exigencia. Las facilidades de nuestra época, todos los avances técnicos que llegan a nuestros hogares, las comodidades en general, deben ayudar a la formación del muchacho no a la destrucción de su voluntad y de su capacidad de juicio crítico. Es especialmente imprescindible la sobriedad en el uso de la televisión, de los juegos electrónicos, del móvil y de Internet. Sobriedad en los entretenimientos y pasatiempos en general. No se puede dar al chico todo lo que pide, todas las novedades en el campo de la electrónica y la diversión. Y no se trata de que los padres tengan un control policial para reducir el uso de estas tecnologías. Se trata que el muchacho aprenda a auto-controlarse, a saber imponerse él mismo unos límites. No es nada fácil, y menos al inicio. Por eso los padres no deben ser ingenuos y dejar abiertas esas tecnologías al uso indiscriminado del chico: hay que controlar las horas de televisión y la programación; hay que controlar el saldo del móvil (si es que lo consideran como necesario); hay que vigilar los accesos a Internet; hay que vigilar el uso de los videojuegos y sus contenidos. Y poco a poco observar si el chico ha interiorizado esa vigilancia y la ha hecho propia. Sólo entonces se le irá dando más autonomía; y se irá observando cómo la va administrando.

Exigencia, también, en la colaboración en casa. Desde la segunda infancia los hijos, tanto ellos como ellas, deben acostumbrarse a colaborar en casa; y esto como parte de sus responsabilidades, no como un “plus” que se les pide a cambio de una compensación extra. Educar en la autonomía no significa que se desliguen paulatinamente de sus responsabilidades en el hogar.

Frente a todas las corrientes educativas hedonistas, los padres deben comprender la importancia del papel del sacrificio en la vida de sus hijos. No deben temer educarles en la austeridad, en la renuncia, en las pequeñas privaciones. Los muchachos deben aprender a sufrir para la vida, deben saber lo que es trabajar para vivir. Ellos, en el fondo, esperan esta educación de su familia. Es una gravísima omisión de los padres, por temor a las quejas y protestas pueriles de sus hijos, el hecho de renunciar a esta educación. Con esta educación al sacrificio, están haciendo a sus hijos un favor incalculable y éstos, algún día, sabrán agradecérselos debidamente. Educar en la libertad implica dar las herramientas adecuadas para administrarla debidamente: sin capacidad de renuncia y de servicio, la libertad se convertirá seguramente en libertinaje, en prepotencia o abulia.

 

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