domingo, 2 de septiembre de 2012

reflexiones serias: ADOLESCENCIA DEMASIADO LARGA...

podrá gustar o no, pero este artículo contiene muchas verdades.

 

Adolescentes, adultescentes y pendeviejos

 

Adolescentes, adultescentes y pendeviejos

Por Juan Carlos D’Innocenzo - Psicólogo. Ex presidente de la Asociación de Psicólogos de Mendoza

Mucho se ha escrito y hablado sobre la época que nos toca vivir, haciéndose presente de forma vertiginosa enormes e imprevistos cambios en todos los órdenes: en la economía, en la política, en la cultura, en las nuevas tecnologías, en el mercado de consumo. Cambios que se evidencian fácilmente comparando fotografías familiares de las décadas del cincuenta y del sesenta.

Estos hechos se traducen en todos los órdenes de la vida cotidiana de la gente y de hecho tiene un fuerte impacto en nuestro modo de relacionarnos, generando crisis de valores, crisis de roles, crisis de parejas, crisis adolescentes, etc., ligados a profundos sentimientos de inseguridad, a lo que se suman la violencia y las circunstancias económicas.

Los cambios generacionales también parecen caminar a un ritmo vertiginoso. Antes los cambios se daban de abuelos a nietos, luego de padres a hijos, actualmente se dan entre hermanos con cinco años de diferencia. Entre abuelos, hijos y nietos aparecen abismos de tal magnitud, que muchas veces parecieran de otro planeta.

Cambios que afectaron profundamente la concepción de la autoridad en relación con nuestros hijos. Cambios que pusieron en duda o en tela de juicio lo que aprendimos de nuestros padres o nuestros mayores, tíos, profesores, abuelos.

Nosotros, los adultos actuales, los que vivimos y transmitimos la crisis, somos los que a menudo no sabemos qué hacer con nuestros hijos y a veces tampoco con nosotros mismos. Nos enfrentamos a nuevos desafíos y ensayamos con mayor o menor éxito nuevas respuestas.

Antes los niños y los jóvenes se querían parecer a los adultos, hoy muchos adultos se quieren parecer a los jóvenes. Se rinde culto a la "juventud eterna", resulta vergonzoso envejecer, lo cual es denostado por la ideología consumista, que ofrece todo tipo de fórmulas para negar el paso del tiempo.

Hay quienes parecen haberse excedido en un intento por mantener las características que la época valora. A veces, con buenas cirugías, dietas, gimnasia y sol, logran algunos resultados. Otras veces lo consiguen de una manera que resulta caricaturesca, con exceso de maquillaje y ropas juveniles en cuerpos envejecidos, o con una actitud en exceso seductora en hombres que caen en el calificativo de viejos verdes.

Adolescentes

Un efecto importante que ha producido este cambio cultural fue el de modificar la duración de las etapas de la vida. Tradicionalmente, existía una relativamente larga infancia que terminaba apenas a los 15 o 16 años, una adolescencia muy corta que nadie quería extender y que se intentaba dar por terminada a los 21 o 23 años, con el trabajo y/o el matrimonio. La adultez se extendía desde esa edad hasta los 55-60 años, dadas las cortas expectativas de vida.

En la actualidad las cosas cambiaron; la infancia se acortó, ya que a los 8-9 años los chicos comienzan a ser estimulados para adolescentizarse, ir a bailar, vestirse como sus hermanos mayores, escuchar rock. La adolescencia se extiende desde la pubertad hasta un punto mal definido que puede llegar hasta los 30-35 años o no terminar nunca, dado que en el mundo joven de dioses y diosas, llegar a la adultez ha dejado de ser valorado.

El mercado laboral suele acentuar este hecho, hace poco me decía un joven de 32 años que tenía que planificar su futuro en los próximos 10 años, considerando que en el sector comercial de la empresa donde trabaja prácticamente no existen personas mayores de 40-45 años.

Adultescentes, "los hijos eternos"

Son jóvenes que han pasado los 30 años, sostienen trabajos temporarios, se mimetizan en la ropa, las costumbres, los gestos y la jerga adolescente e intentan pasar inadvertidos entre ellos en los boliches de onda. "En la noche todos los gatos son pardos".

Se apoyan en el ideal consumista, el de quién consume a quién. Vivimos inmersos en una especie de zapping alocado, entrenados en una oferta permanente de "novedades" para todos los gustos y edades. Las nuevas generaciones crecieron en un sistema en donde la oferta es infinita y mínima la tolerancia a la frustración que desarrollaron.

Hoy, aparecen jóvenes educados por el mercado más que por sus padres, quienes primero no quisieron y luego no pudieron ponerles límites.

Las generaciones más viejas creían que la tolerancia a la frustración era "natural", se enseñaba que no se podía tener todo y de todo en la vida. Los límites que se ejercían sobre el deseo desde temprano llevaban a poder esperar, ahorrar, hacer esfuerzos.

La falta o ausencia de límites en el otro extremo dio origen a jóvenes incapacitados para tolerar montos de frustración imprescindibles para no pasar la vida consumiendo el capital de sus padres, para no robar en función de consumir, para no tomar el atajo de las drogas, para tolerar horas de estudio u horarios de trabajo.

Los jóvenes consumistas son educados de un modo que, décadas atrás, sólo podían permitirse los muy ricos. Ahora, una parte de los sectores medios y altos parece creer que puede darse el lujo de criar hijos sin frustraciones, y piensan que con eso han solucionado todo, o porque, aunque no tengan mucho, ni siquiera suficiente dinero, tratar a sus hijos como a pequeños príncipes o princesas les hace sentir, ilusoriamente, que son muy ricos.

Pendeviejos

Otros no han dejado de ser adolescentes y arrastran crisis de identidad, vocacionales, laborales y afectivas más allá de los 40 años, siendo incapaces de hacerse cargo de sí mismos y de otros.

La elaboración de la propia orfandad, el aceptar la pérdida de los padres de la infancia, el instrumentar la capacidad de autonomía, independencia y autoabastecerse, debería ser lo característico de todo adulto. En síntesis, "cortar el cordón umbilical". En ese sentido, el adulto es siempre huérfano, tenga o no sus padres en vida. Pero esta orfandad, que debería ser un paso de madurez, no aparece así en los hechos.

En este cambalache moderno o posmoderno, en donde la "juventud" se ha transformado en un territorio en el que todos quieren vivir indefinidamente, ¿qué espacio queda para los adolescentes o jóvenes? Éstos de diferentes modos rechazan y expulsan de ese territorio a los falsificadores que no cumplen con las condiciones de edad.

Incluso suelen ser motivo de frecuentes conflictos intrafamiliares, que van desde los insultos a rupturas violentas.

Adultos

Si se renuncia a la autoridad basada en el conocimiento, la experiencia y la capacidad de sostén que la sociedad otorga a los adultos, si se niegan a poner límites -a menudo más por comodidad que por convicción, ya que pensar qué límites poner y sostenerlos es trabajoso y envejece- corremos el riesgo de quedar atrapados indefinidamente entre una adolescencia eterna y una desgastada vejez.

La única salida de la crisis del rol adulto es ocupar el lugar de tal, intentando lograr el mayor equilibrio para no ser ganado por el autoritarismo, la demagogia o la parálisis. Asumir la responsabilidad por las nuevas generaciones implica reconocer a los otros y preocuparse por conocerlos, escucharlos, aceptar las diferencias, gastar tiempo y esfuerzo en llegar a acuerdos. Aprender a esperar permite postergar placeres en el corto plazo para obtener logros en el mediano, hacer esfuerzos y tolerar frustraciones, no por amor al sufrimiento, sino para conseguir lo que queremos.

Ser adultos no significa dejar de disfrutar, de reír a gritos, de emocionarse, de apasionarse, de jugar... significa saber cuándo y dónde no tiene sentido hacerlo. Tenemos la responsabilidad de buscar la salida de esta Babel en que vivimos, dando lugar a acuerdos mínimos reales, no de forma, que nos permitan actuar en conjunto y contener con cierta coherencia a los más jóvenes.
 
 

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