jueves, 13 de septiembre de 2012

los jueves con Edu y Marta: SABER OBSERVAR Y ESCUCHAR


 
 
 

a)     Siguiendo a una pedagoga reconocida: el padre de familia, y el educador en general, debe aprender a observar. Observar es mirar con atención, seguir atentamente. Para poder observar es necesario "estar presentes"; es decir, garantizar una presencia discreta al hijo, en el sentido de que ya no puede ser el mismo tipo de presencia que cuando el hijo era un niño. Observar no es vigilarlo insistentemente, escudriñarlo, escrutarlo o juzgarlo para ponerle nervioso. Observar no es buscar en seguida explicaciones o causas, para hacer diagnósticos y dar interpretaciones aceleradas.

      Saber observar es difícil. Hay que saber prescindir en ocasiones de los propios puntos de vista que son, muchas veces, el origen de los prejuicios. Observar es intentar ver al hijo sin intenciones prefijadas y sin comparaciones. Es mirar desde la distancia emotiva justa, ni demasiado cerca (confluencia absorbente) ni demasiado lejos (indiferencia), aunque unas veces sea oportuno acercarse a las cosas y otras sea necesario distanciarse de ellas.

      Observar es encontrarse con la mirada, establecer un contacto, hasta "tocarse" con los ojos. Observar es empezar a reparar en todas esas pequeñas y grandes señales que el muchacho envía a través de su cuerpo: la cara, los ojos, la voz, etc., y mediante ellos llegar a su alma. No es casualidad que muchos padres sean los últimos en saber ciertas cosas de su hijo. Buscan informarse, preguntan, espían... pero no observan.

 

b)     El padre de familia debe saber escuchar. La verdadera escucha es profunda y difícil para los padres y para los hijos. Cuando un padre presta atención al hijo para después, como de costumbre, contradecirlo, corregirlo, hacerle notar sus fallos o decirle inmediatamente aquello que según él necesita, no lo está escuchando, sino que está librando su batalla particular. El hijo que percibe que tiene un padre impenetrable, no se siente comprendido. Para una buena escucha es necesario crear un vacío interior y adoptar una posición de receptividad, bloquear el flujo de pensamientos internos que en seguida se infiltran mientras está hablando el otro. La verdadera escucha la realiza un padre cuando presta atención a las palabras del hijo y a sus emociones, reconociéndolas por aquello que son en realidad, sin acentuarlas o disminuirlas, sin sobre-valorarlas o devaluarlas; o desdramatizando gratuitamente, ironizando, ridiculizando y generalizando. 

      Es necesario utilizar los ojos, introducirse en los ojos del hijo en lugar de mirar a otra parte mientras habla. Hay que escuchar con todo el cuerpo, con una postura y gestos que demuestren interés, aceptación, atención. Escuchar los contenidos para captar la conformidad de éstos con el tono de voz y con las expresiones del rostro; escuchar los silencios, las pausas, la respiración, escuchar incluso los rubores. Y hay que comprender que el muchacho vive una revolución interior, que le es difícil expresarse y darse a entender.

 

 

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