jueves, 20 de septiembre de 2012

los jueves con Edu y Marta: BUSCAR CONOCER AL HIJO

 


a)     El padre debe buscar conocer al hijo. En la actualidad se ha introducido la tendencia “psicologizante” de querer interpretar todo, de querer encontrar a como dé lugar una explicación a todos los comportamientos, movimientos, a cada palabra. Pero a menudo se interpreta mal por no tener suficientes datos objetivos; lo que lleva a tener una concepción errónea del hijo. Lógicamente esto empeora la relación, dado que interpretar en esta ocasión significa prejuzgar, “etiquetar”.  En cambio el verdadero conocer es acercarse, acortar las distancias, para entrar en el área de la intimidad. La racionalización no es el camino idóneo para llegar al adolescente. Para conocer al propio hijo es necesario encontrar la clave justa que permita acceder a su intimidad. El padre podrá conocer al hijo sólo si no le infunde miedo o temor reverencial, si sabe crear una relación sana y un vínculo en plena libertad. Para lograrlo es necesario una graduación de comportamientos: no invadir el territorio del hijo sin su permiso, sino esperar con paciencia a que solo, libremente, salga fuera de su madriguera de aislamiento y clausura.
           
      El dinero, los regalos, los premios, no pueden comprar la amistad del hijo o su simpatía. La constricción, la fuerza, las amenazas, la seducción son inútiles. Se ha constatado, en cambio, que existen tres claves que son un salvoconducto capaz de abrir todas las puertas: la empatía, que es la capacidad de lograr hacer manifiestos los sentimientos y afectos del hijo; la autenticidad, que es la capacidad de manifestar con congruencia los propios sentimientos y afectos; y el respeto, que es la capacidad de aceptación incondicional del hijo, tal como es.

b)     El padre debe aprender a actuar. Muchas veces los padres preguntan qué hacer, cómo comportarse con el hijo ante tal circunstancia, cómo no equivocarse en edad tan crítica. En muchos casos el qué hacer es muy sencillo: “no hacer” o “dejar hacer”. No hacer, aunque no lo parezca y pueda interpretarse como desinterés, es más difícil que hacer. En efecto, resulta espontáneo intervenir, tratar de hacer algo, especialmente cuando se tiene la sensación de que el hijo está a punto de equivocarse o no está todavía maduro para afrontar aquella situación. En realidad cuanto más interviene el padre, menos iniciativa toma el hijo.
      No hacer,  en este sentido, no es tampoco no actuar por indecisión o por miedo, no es ignorar al hijo, sino resistir al impulso de intervenir por una mínima cosa, o sustituir al hijo en la toma de decisiones. El no hacer puede realizarlo el padre en muchas ocasiones: en el resistir al impulso de regañar, amenazar o criticar continuamente al hijo privándole de tener confianza en sí mismo; en el reprimir la costumbre de decirle siempre sermones; en el frenarse cuando la propia tendencia es querer siempre ofrecer soluciones o sugerencias; en el evitar juzgar, inculpar, ridiculizar sistemáticamente al hijo; en el contener el ansia de interpretar, investigar, hacer siempre preguntas e interrogatorios; en el controlarse cuando instintivamente se querría desdramatizar o dramatizar demasiado, desviar, despistar ("hablemos de otras cosas", "olvidemos este asunto", "te lo tomas demasiado a pecho", "esta vez te has pasado"). No hacer es saber dejar que actúe el silencio y dar el tiempo justo para que el muchacho pueda llegar a una mayor conciencia y a una más profunda introspección con el objeto de interiorizar positivamente su experiencia.
 
      Es necesario un hacer positivo, entre otras cosas: crear en la familia el ambiente propicio para la educación constante; ofrecer los medios convenientes para el crecimiento integral del muchacho (colegio adecuado, actividades extraescolares sanas, pasatiempos enriquecedores, etc.); dedicar el tiempo necesario para convivir y conversar con los hijos; y saber ofrecer todo esto adecuándose a la índole y a la personalidad de cada hijo, porque cada uno es un mundo y hay que actuar con cada uno de diversa forma.
      Con frecuencia los padres dicen que hacen muchas cosas por los hijos. Pero no basta un hacer si éste no va acompañado por el aliento. El aliento es diferente de la alabanza. El aliento es preventivo, consiste en sostener al muchacho en sus esfuerzos antes de que él se disponga a hacerlos, sostenerlo por encima y aun a falta de resultados; es estima y respeto sin condiciones; es ver los aspectos positivos de su comportamiento en lugar de subrayar las equivocaciones. La alabanza, en cambio, tiende muchas veces a obtener del hijo lo que el padre espera, es posterior a las acciones, lleva a la competitividad, le puede inducir a pensar que su comportamiento es aceptable a partir del aprecio de los otros. El aliento, por el contrario,  impulsa al hijo sin que él incurra en el error de actuar sólo de cara a las expectativas de los padres.


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