jueves, 23 de agosto de 2012

los jueves con Edu y Marta: RELACIÓN PADRE - HIJO ADOLESCENTE

La relación padre - hijo II


a)     Un padre que se burla de su hijo o lo tacha de conformista por su modo de vestir según la moda, por su modo de actuar o por sus actitudes extravagantes, no siempre comprende que el muchacho sólo está haciendo intentos para individuarse tomando en préstamo pseudo-identidades, con la esperanza de encontrar tarde o temprano la suya. Un padre que no sabe afrontar bien y da excesiva importancia a estos episodios acaba por fijarse en un punto de la educación, perdiendo de vista todos los demás. Además, el padre que afronta indebidamente la importancia de la ropa o corte de pelo, etc., anima indirectamente al hijo a focalizar sus propias preocupaciones exactamente sobre esas puntos que se desea combatir; hasta el punto de que el muchacho o la chica, gastando tantas energías en esto, olvidará su cometido real: descubrir su propia identidad y su propio puesto en la sociedad.

 

b)     El sexo es uno de los temas que más dificultad presenta a los padres en cuanto a la educación de sus hijos. Una de las causas es que las diferencias entre las generaciones son bastante grandes. De hecho, es un tema en el que los padres a menudo pueden y deben aprender mucho de sus hijos. La peor situación que puede darse entre padres e hijos en materia sexual es la falta de diálogo, provocada por la ausencia de comunicación y de confianza. Los temas acerca de la sexualidad (evitando despertar curiosidades innecesarias) deben ser afrontados en familia; y los padres deben estar atentos a las reacciones de los hijos en este aspecto.

      Algunos puntos prácticos para saber afrontar el tema de la sexualidad con los hijos: el diálogo con otros padres de familia; informarse con sacerdotes expertos en adolescencia y, si es necesario, con profesionales de probada doctrina y rectitud moral; documentarse bibliográficamente; estar atentos a las canciones y bailes de los jóvenes y a las conversaciones de los hijos sobre el tema; crear un ambiente propicio dentro de la familia para hablar; saber dar respuestas para que no las encuentren en otros lugares; saber tratar el tema con el respeto que merece, pero con desenvoltura; expresar a los hijos de forma más o menos espontánea y con mucha naturalidad (aprovechando cosas que se ven o se oyen en familia) las propias convicciones, pero sobre todo con la coherencia y el propio testimonio.



 

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