jueves, 7 de junio de 2012

los jueves con Edu y Marta: INFELICIDAD EN LA ADOLESCENCIA




     Efectivamente, es posible que una inadecuada evolución en la adolescencia lleve al muchacho o a la chica a desarrollar ciertos rasgos de infelicidad. De por medio está: un desconocimiento agudo de la propia personalidad y del sentido de su vida y de las situaciones concretas por las que atraviesa; una permanente falta de aceptación personal provocada muchas veces por nocivas comparaciones con otras personas; una desmotivación constante que no le permite tomar la propia vida como reto y como “el negocio más grande” que tiene entre manos. No se pueden olvidar las circunstancias y el ambiente que tanto golpean a los muchachos de esta edad. 

      Son varias las razones por las que estos rasgos de infelicidad deberían estar sujetos a un cuidadoso control. En primer lugar porque la infelicidad conduce a una conducta que la perpetúa. El adolescente que exhibe cierta infelicidad por su expresión taciturna o mediante una conducta antisocial, descubre que las reacciones sociales que suscita son tan desfavorables que lo convierten en un ser rechazado. Esto acentúa su infelicidad y lo lleva a otras formas de conducta que intensifican el rechazo social.

      La infelicidad se convierte a menudo en un estado habitual. Deja su marca en la expresión facial de la persona y en su modo característico de adaptarse a la gente y a las situaciones que le depara la vida. Los formadores deben intervenir decididamente para cortar de raíz las causas de esa infelicidad que se puede ir incrustando en el alma de los muchachos. Las consecuencias, aunque se estén gestando en el silencio, pueden salir a la luz después de varios años y de forma tristemente dramática.

      La infelicidad conduce a ajustes personales y sociales deficientes que, con el tiempo, pueden derivar en perturbaciones de la personalidad. Que esto suceda o no depende en gran medida de la forma de expresión que adopte la infelicidad. Por ejemplo, el adolescente que mitiga los tormentos de su condición infeliz refugiándose en un mundo de pensamientos quiméricos tiene más probabilidad de llegar a padecer trastornos mentales que quien expresa su infelicidad disputando con otros.





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