jueves, 31 de mayo de 2012

los jueves con Edu y Marta: INESTABILIDAD ADOLESCENTE


La transición a la madurez



      Pocos jóvenes logran la transición de la infancia a la adultez sin "cicatrices emocionales". A veces tales marcas carecen de importancia; en otras ocasiones son tan perjudiciales que los adolescentes renuncian a la lucha y permanecen inmaduros durante el resto de sus vidas. Ciertos efectos de la transición son más comunes y más perniciosos que otros: inestabilidad, preocupación por los problemas que deben enfrentar, conducta perturbadora e infelicidad. Provienen de sus estados de inseguridad, y ésta, a su vez, se presenta cuando la persona debe abandonar las pautas habituales y sustituirlas por otras. El adolescente ya no puede conducirse como un niño, pero no se siente seguro de su capacidad para hacer lo que la sociedad espera de él.



a)     Inestabilidad


      Los sentimientos de inseguridad siempre son acompañados de tensión emocional; el muchacho se muestra preocupado y ansioso, o enojado y frustrado. Raramente no es feliz en medio de su inseguridad porque se da cuenta de que su conducta refleja su falta de confianza en sí mismo. La tensión emocional puede expresarse exterior o interiormente; el chico puede ser agresivo, tímido o retraído.

      El adolescente muchas veces ve todo lo que le está sucediendo con una gran confusión de sentimientos. Por una parte se siente culpable del desenvolverse de su inestabilidad, y por otra, tiene la impresión de que él está sufriendo algo de lo que no es culpable. Un educador que sabe esperar, y sabe reaccionar siempre con una equilibrada comprensión en los momentos más difíciles, tendrá asegurada una respuesta muy noble por parte del adolescente, aunque quizá no sea inmediata y, sobre todo,  es un educador que conoce las necesidades reales del chico.

      La inestabilidad se exterioriza, asimismo, en pautas de conducta no relacionadas con la emotividad. Algunos adolescentes exageran su dedicación escolar, otros se lanzan con entusiasmo a la práctica de deportes, y otros pasan la mayor parte de su tiempo en actividades sociales. Algunos dan cuenta de su inestabilidad alternando sus gustos, sus intereses, sus aspiraciones vocacionales y sus amistades. Muchos formadores no saben leer entre líneas, y valoran mal esa dedicación excesiva a cierta actividad.

      A medida que avanza la adolescencia, el muchacho se hace cada vez más estable. Con cuánta anticipación y con qué grado de éxito habrá de alcanzar la estabilidad depende, en parte, de su motivación para acelerar la transición hacia la madurez y, en parte, de las oportunidades con que cuente para hacerlo. Cuando descubre que la gente considera su inestabilidad de modo desfavorable, encuentra una motivación para hacerse más estable y digno de confianza. Cuando tiene motivaciones especiales (una “misión” que cumplir en la vida, una personalidad líder que forjarse, ser protagonista, un futuro atractivo, etc.), se acelera su estabilidad y el logro de la madurez.

      Ante la inestabilidad del adolescente, el formador debe mostrarse siempre como el amigo fiel que no cambia de parecer, pero siempre cariñoso, aunque cambien las circunstancias. En ocasiones se ha podido constatar que frases como: “tú antes no eras así...” “Cómo has cambiado en cuestión de meses...”, u otras parecidas, han provocado reacciones muy negativas en los adolescentes. El buen formador ejercerá un valioso papel de guía si va un paso por delante y le explica oportunamente al muchacho, sin guasas innecesarias, qué le va a acontecer. Así será para el adolescente como un amigo de los tiempos difíciles; cuando éstos lleguen, el adolescente sabrá a quién recurrir.

        

                            

b)     Preocupación por los problemas


      La adaptación a nuevas situaciones siempre ocasiona problemas. Por diversas razones, en la adolescencia los problemas parecen más graves de lo que son en realidad o de lo que parecerían si se presentaran en otras edades. Los problemas del adolescente se intensifican si las tareas evolutivas de la infancia no han sido dominadas completamente. Esto debe hacer pensar a los educadores: a la persona no se le puede empezar a formar cuando llega a la adolescencia, o ante ciertos problemas que ya van enquistándose.

      El adolescente se preocupa con problemas concernientes a su hogar (relaciones con miembros de la familia, disciplina), a la escuela (calificaciones, relaciones con profesores, actividades ajenas a los estudios), al estado físico (salud, ejercicios), a la apariencia (peso, atractivo físico, conformación adecuada al sexo), a las emociones (desbordes temperamentales, estado anímico), a la adaptación (aceptación por los compañeros, roles dirigentes), a la vocación (selección, capacitación) y a los valores (moralidad, drogas, sexo, etc.). Una larga lista que no hay que olvidar ni despreciar.

      La principal razón de que la adolescencia sea denominada una "edad de problemas" reside en que con frecuencia se juzga al muchacho según pautas adultas en lugar de hacerlo con las apropiadas para su edad. Por ejemplo, es necesario saber que gran parte de sus maneras groseras y de su vestimenta caprichosa cumplen el objetivo de atraer la atención ajena hacia sí mismo. De igual forma, su egocentrismo lo hace poco cooperativo, lo vuelve desconsiderado con otros y proclive a hablar de sí mismo y de sus problemas. Un comportamiento semejante revela inmadurez y conduce a que se emitan sobre él juicios desfavorables.

      El adolescente es más un problema para sí mismo que para los demás. No se ha adaptado a su nuevo rol en la vida, por lo cual se siente confuso, inseguro y ansioso. Es un error tratarlo como si fuese un niño o esperar que se comporte como un adulto. Mientras el muchacho permanezca en este estado de confusión e incertidumbre no cesará de estar tenso y nervioso. Esto lo conduce, a veces, a una conducta agresiva, perturbadora y que busca llamar la atención; o a la depresión, irritabilidad e infelicidad. Marcaremos más adelante algunos síntomas que pueden llevar a pensar, especialmente en la adolescencia tardía, que el muchacho está cayendo en conductas de riesgo peligrosas.

      Después de alejarse afectivamente de sus padres, muchos adolescentes se sienten a la deriva y necesitan encontrar nuevas fuentes de protección para sus problemas. Algunos se vuelven hacia profesores, sacerdotes, hermanos mayores, parientes adultos y amigos de la familia. Otros consideran a todos los adultos como representantes de la autoridad y evitan colocarse en una posición de sometimiento frente a ellos. Entonces requieren ayuda de miembros de su propia edad o, si no tienen confianza en el auxilio que éstos pueden prestarles, se ponen en comunicación con consejeros invisibles a través del correo y obtienen respuestas en columnas apropiadas de periódicos y revistas o por medio de la radio, Internet o la televisión.

      Muchos de los problemas que enfrenta el preadolescente atañen, también, al adolescente tardío. Esto puede indicar que el adolescente mayor no resolvió satisfactoriamente los problemas que se le presentaron en la etapa anterior. Por ejemplo, si sigue muy preocupado por su apariencia, si busca escaparse de sus responsabilidades escolares con otras actividades, o si las relaciones con miembros del sexo opuesto todavía constituyen un problema. Hay que afrontar estos retrasos evolutivos, haciéndole ver atinadamente que perpetuar tales comportamientos será siempre en detrimento de su propia personalidad y felicidad.



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