jueves, 17 de mayo de 2012

los jueves con Edu y Marta: AFECTIVIDAD Y SEXUALIDAD


Afectividad y definición sexual II



d)     Como comentamos en el capítulo anterior, cada vez más, la sociedad arrastra a los adolescentes a adelantar unas relaciones afectivas que no son propias de su edad. Los padres y educadores deben ser conscientes de esto. No deben medir las experiencias a las que pueden llegar sus hijos, a cierta edad, en relación a la edad en que ellos las tuvieron. Por otro lado, lo peor que pueden hacer es alarmarse sin más. Es típico ver hoy a niñas de nueve años insinuándose a los chicos, llamándoles por teléfono constantemente, incluso incitándoles a conversaciones morbosas. Y lo que antes estaba reservado a un noviazgo más o menos serio (besos, abrazos) ahora se fomenta entre adolescentes de doce y trece años. Y las relaciones frívolas (los “rollos”) que duran una semana o un día, entre chicos y chicas de catorce o quince años, están a la orden del día.

      Hay que ser conscientes que en muchos casos los chicos no hacen más que repetir de modo casi inconsciente lo que ven en los medios de comunicación y a su alrededor. Es obvio que unos padres que quieren cuidar a sus hijos no los pueden aislar de la sociedad. Pero sí se puede evitar amistades inadecuadas, sí pueden retrasar el frecuentar ciertos lugares, sí pueden estar cerca de ellos, explicarles, advertirles, invitarles a entender qué es lo adecuado y lo inadecuado para su edad. Explicarles las consecuencias de hacer cosas no adecuadas para su edad, el peligro de llegar a resultados no deseables (pérdida de la propiedad dignidad, enfermedades, pérdida superficial de la virginidad, embarazos no deseados, etc.). Y explicar todo esto con mucha serenidad, claridad, comprensión y paciencia.



     

      Pero lo que no está nada bien por parte del educador, es vivir como si el chico o la chica fueran ajenos a esas incitaciones del ambiente, como si a “mis hijos” en concreto nada les inducirá a tener esas experiencias. Es triste ver la cantidad de padres de familia que desconocen, increíblemente, las experiencias y relaciones que sus hijos han tenido (y que pueden marcarles para toda la vida). Y es triste ver cómo, el mal ejemplo de padres y educadores en el tema de la afectividad, conlleva graves traumas en los hijos y muchachos cercanos a ellos. El muchacho tiene que saber, pero sobre todo tiene que ver, que la culminación de una afectividad sana es la fidelidad.



Parémonos aquí con el tema de la coeducación. Se podrían decir muchas cosas al respecto. Se podrían dar datos sobre el rendimiento mayor en las escuelas diferenciadas; se podrían alegar en contrapartida los beneficios de un conocimiento mutuo por adelantado... Leamos con calma un texto que, aunque tiene sus años, no deja de ser una joya. Es de Chesterton, de su obra “El hombre común y otros ensayos sobre la modernidad”. Y que sirva sobre todo para reflexionar sobre el sexo y el amor como complementariedad:

Al discutir una proposición como la de la coeducación de los sexos, es muy conveniente establecer claramente, antes que nada, qué es lo que deseamos que la coeducación realice. La proposición puede sostenerse en motivos muy opuestos. Puede suponerse que va a aumentar la delicadeza o a disminuirla. Puede dársele valor porque abre una esfera de acción al sentimiento o porque va a apagar el sentimiento. En una discusión tal, mi simpatía se vería conmovida enteramente de acuerdo con la diferencia que sus defensores creen que crearía.

            Personalmente, creo que no haría diferencia alguna. Todos deben estar de acuerdo con la coeducación para los niños pequeños; y no puedo creer que les haría mayor daño a los niños más grandes. Pero es porque creo que la escuela no es tan importante como piensa la gente actualmente. El hogar es lo que importa, y lo que importará siempre. La gente dice que los pobres descuidan a sus hijos; pero un chiquillo de la calle tiene más trazas de haber sido educado por su madre que de haber aprendido ética y geografía a través de las enseñanzas de un maestro de escuela. Y si tomamos este paralelo del hogar, creo que veremos exactamente qué es lo que la coeducación puede hacer y qué es lo que no puede.

            La escuela nunca hará de jovencitas y jovencitos camaradas comunes. El hogar no los hace camaradas de ese tipo. Los sexos pueden trabajar juntos en una sala de clase lo mismo que pueden desayunar juntos en un comedor; pero ni una ni otra cosa influye en el hecho de que los jóvenes busquen la compañía de otros jóvenes, lo que a las niñas parecería horroroso, mientras que ellas buscan la compañía de otras niñas, lo que a los muchachos parecerá igualmente loco.

            Por más que se aplique la coeducación, siempre existirá una valla entre los sexos, hasta que el amor o la lujuria la destruyan. El patio de juegos de la escuela donde se practica la coeducación para alumnos adolescentes no será un lugar de camaradería asexuada. Será un lugar donde los jóvenes que van en grupos de cinco refunfuñarán con mal humor hacia las niñas, y donde éstas irán en grupos de dos, mirando a los muchachos con la nariz apuntando a las nubes.

            Ahora bien, si se acepta este estado de cosas, y están contentos con ello como resultado de su coeducación, estoy con ustedes. Lo acepto como uno de los primeros hechos místicos de la naturaleza. Lo acepto, en cierta manera, con el mismo espíritu de Carlyle cuando alguien le dijo que Harriet Martineau había «aceptado al Universo» y él le respondió: «Caramba, le convendría». Pero si tienen la idea de que la coeducación logrará algo más que hacer desfilar a los sexos uno frente al otro dos veces al día; si creen que destruirá su profunda ignorancia del sexo contrario o que los iniciará en la vida sobre una base de comprensión racional, entonces les diré, primero, que esto no ocurrirá jamás, y segundo, que yo, por lo menos, me sentiría profundamente irritado si ocurriera.

            Por otro medio, lograré explicar mejor lo que quiero decir. Muy pocos establecen con propiedad el fuerte argumento en favor del matrimonio por amor o en contra del matrimonio por dinero. El argumento no es que todos los enamorados son héroes o heroínas, ni que todos los duques son libertinos o todos los millonarios groseros.

            El argumento es éste: que las diferencias entre un hombre y una mujer son, hasta en las mejores circunstancias, tan obstinadas y exasperantes que, prácticamente, no se las puede superar a menos que reine una atmósfera de exagerada ternura e interés mutuo. Para presentar el tema a través de otra metáfora: los sexos son dos porfiados trozos de acero; si es necesario unirlos, habrá que hacerlo mientras están al rojo. Toda mujer tiene que descubrir que su marido es una bestia egoísta, porque todo hombre es una bestia egoísta desde el punto de vista de una mujer. Pero que descubra a la bestia mientras ambos están todavía en el cuento de La Bella y la Bestia.

            Todo hombre tiene que descubrir que su esposa es malhumorada, es decir, sensible hasta la locura; pues toda mujer está loca desde el punto de vista masculino. Pero que descubra que está loca mientras su locura es más digna de ser tenida en cuenta que la cordura de cualquiera.

            Esto no es una digresión. Todo el valor de las relaciones normales entre un hombre y una mujer reside en el hecho de que comienzan a criticarse mutuamente cuando comienzan a admirarse mutuamente. Lo cual está muy bien, por otra parte.
Afirmo, comprendiendo en su totalidad la responsabilidad de mi afirmación, que es mejor que los sexos no se comprendan hasta que se hayan casado. Es mejor que no tengan el conocimiento hasta que posean la veneración y la claridad. No deseamos ese prematuro y fatuo «conocer profundamente a las chicas». No queremos que los más altos misterios de la distinción divina sean comprendidos antes que deseados, ni manejados antes de que se los comprenda.

            Eso que Shaw llama la fuerza vital —pero para lo cual el cristianismo tiene términos más filosóficos— ha creado esta temprana división de gustos y hábitos para ese propósito romántico; que es también el más práctico de todos los propósitos. Aquellos a quienes Dios ha separado, ningún hombre unirá.

            Por lo tanto, la cuestión es saber cuáles son los propósitos de quienes apoyan la coeducación. Si sus propósitos son pequeños, tales como ciertas conveniencias de organización, ciertas mejoras en los modales, saben de eso más que yo. Pero si tienen grandes propósitos, estoy en contra de ellos.”




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