jueves, 12 de abril de 2012

los jueves con Edu y Marta: CAMBIOS DE CONDUCTA EN LA ADOLESCENCIA

1. Aspectos generales
2. Cambios en las pautas de la conducta acostumbrada
3. Rebeldías y escapismos
4. Afectividad y definición sexual
5. La transición a la madurez




2.      Cambios en las pautas de la conducta acostumbrada

 


a)     Insatisfacción y cansancio



Los constantes cambios físicos y psicológicos muchas veces no son entendidos por el adolescente. Esto se manifiesta claramente en una constante insatisfacción, en un no entender su propio mundo interior y no sentir como propio el mundo externo que le rodea.

El púber muestra una característica aversión al trabajo. Hace lo menos posible en el hogar y en la escuela, descuida a menudo los deberes asignados en el seno familiar y deja sin hacer las tareas escolares. Aun cuando padres y maestros acusen al muchacho de "pereza premeditada”, ésta responde en gran parte a razones fisiológicas. Es un resultado directo del rápido crecimiento físico de la pubertad que absorbe sus energías y lo lleva a tal grado de cansancio que no tiene ni el gusto ni la motivación para realizar más de lo que es absolutamente necesario. Cuando se le culpa o se le castiga desproporcionadamente por no hacer lo que se espera de él, se contribuye a crear resentimientos que reducen aún más su motivación.

El niño muestra un interés agudo por el juego, y si se reúne con otros es para jugar; también se aficiona a la lectura y a los programas infantiles de televisión. En cambio, el adolescente empieza a perder el interés en esas actividades. No pocas veces le invade el aburrimiento, se aleja del contacto social con sus compañeros y pasa la mayor parte del tiempo solo, tendido en algún lugar o elaborando sueños diurnos; o por el contrario se la pasa, especialmente en el caso de las niñas, en interminables conversaciones entre amigos. Este cambio se debe también en parte al estado general de fatiga, paralelo al crecimiento veloz y a las alteraciones glandulares.



b)     Antagonismos y atracciones



El chico puede desarrollar fácilmente una actitud antagónica hacia otros, comprendidos los miembros de su familia, sus profesores y sus compañeros. Tiende a la crítica y al desprecio de todo lo que dicen o hacen. Por ello, muchas de sus amistades de la infancia se ven forzadas a romper relaciones con él. Los objetivos especiales en los que se descarga el antagonismo del muchacho son los miembros del sexo opuesto. En tanto que el antagonismo sexual es pronunciado durante la etapa de pandilla del final de la infancia, alcanza por lo general su pico de intensidad en el curso de la pubertad. Los muchachos se sienten resentidos por el mayor tamaño y desenvoltura de chicas de su misma edad. Lógicamente este antagonismo, poco a poco, se va convirtiendo en atracción y aventura.





La chica no experimenta este antagonismo como ellos. El choque más fuerte de la adolescente, en la familia, suele darse en relación a la madre y no al padre, aunque ciertamente experimenta distanciamiento también de él. Y los conflictos con los hermanos, sean de uno u otro sexo, se deben más a la rebeldía propia del proceso psicológico-afectivo que a un antagonismo sexual. Desde la edad de las pandillas, las chicas se sienten atraídas por los chicos, a los que observa y de los que habla y cuchichea con las amigas, idealizándolos en su mundo interior de sueños y fantasías.

La presión que ejerce hoy los medios de comunicación lleva a adelantar tanto en ellos como en ellas este proceso de atracción, y a crear comportamientos entre chicos y chicas de corta edad que no corresponden a su maduración psicológica y afectiva. ¡Qué importante es fomentar las actividades que desarrollen los resortes psicológicos necesarios para afrontar la información y las experiencias prematuras con los que estos medios de comunicación bombardean a nuestros adolescentes! Una puesta en común serena de estos temas, en corros de chicos y chicas por separado (o a veces juntos, dependiendo de madurez y tema), y monitoreados por expertos en la temática; exposiciones que faciliten la apertura de los muchachos sobre estos temas con educadores probados y cercanos a ellos; etc.

Por otro lado, sabemos que la adolescencia es la época en la que los muchachos están definiendo su personalidad y su carácter se va evidenciando cada vez más. No resulta fácil para el adolescente lograr la identidad de su personalidad. Una tendencia muy marcada en ellos es la de dividir la vida entre su mundo interior y su forma de presentarse ante los demás, en su grupo de amigos y su medio ambiente. Son muchos los elementos que pueden desviar a un preadolescente y a un adolescente en este sentido. La presión ambiental muchas veces provocará un choque interno, una división entre la forma de pensar de su núcleo familiar y la forma de pensar de las amistades nacientes. Hay que controlar estas divisiones para que vayan encontrando cauces de solución y para que el muchacho aprenda a “distinguir sin separar”.



c)      Emotividad
 

Hay una fuerte emotividad en la adolescencia: o se aíslan o se lanzan a la exterioridad. Muchos jóvenes necesitan mostrarse extrovertidos ante sus compañeros para no dar a conocer posibles conflictos interiores. Otros, por el contrario, optan por hacer su vida paralela a la de los demás, como si los demás no pudieran comprender su fuerte mundo emocional y pasional. Los enamoramientos repentinos, los constantes sentimientos de incomprensión de parte de los demás, etc., tienen su raíz en el gran potencial emotivo que caracteriza a la adolescencia.

Las niñas, de modo especial, son muy dadas, ya en la pre-adolescencia, a su “mejor amiga” con quien tienen interminables y emotivas charlas en los recreos del colegio, en las salidas y conversaciones telefónicas. En ellas, por el ciclo menstrual y por la sucesión cíclica de las diferentes hormonas que lo acompañan, pueden ser más acentuados los cambios emocionales: de sentimientos de euforia, alegría y satisfacción se suceden estados de tristeza intensa, irritabilidad y depresión, que influyen no sólo en la relación con los demás, sino en la percepción que ellas tienen de sí mismas, manifestándose en seguridad y decisión o, muy al contrario, en inseguridad y auto-desprecio.

Esta emotividad de los adolescentes, bien encauzada, lleva al entusiasmo típico de esta edad; es fácil atraerlos con lo novedoso pero también con los “antiguos ideales” de la infancia si son presentados con otras perspectivas y con motivaciones adecuadas. El formador que sabe identificarse con el entusiasmo propio del preadolescente pronto ganará su atención y, si sabe ofrecer cauces adecuados a ese entusiasmo, ganará también en liderazgo.



3 comentarios:

  1. muchas gracias por su informacion me sirvio de e voy a sacar un gran diez jaja

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  2. Mmm es interesante la información, pero, ¿donde esta las demás viñetas de enumeración?

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