jueves, 5 de abril de 2012

los jueves con Edu y Marta: ADOLESCENTES Y SU VISIÓN DE LA RELIGIÓN

En Semana Santa no hay excusa, hay tiempo para hacer una revisión sobre nuestra visión de la religión....

 
      

Visión de la religión
 

a.      Ya hemos señalado aspectos básicos sobre formación religiosa en la primera parte del libro. Recalquemos que es un grave error utilizar la religión como medio educativo, y más para los adolescentes. Antes era más normal que algunos educadores se sirvieran de la religión y de la formación religiosa para obtener una disciplina y una pureza de costumbres más rigurosa, y así facilitar su tarea y asegurarse una tranquilidad a poco precio. En pocas palabras, se usa y abusa de Dios para lograr rápidamente ciertos comportamientos en la persona. Dios es el fin y no un medio pedagógico, no lo olvidemos. Eso no quita que se pueda, claro está, recurrir a motivaciones trascendentes positivas. Pero esto será válido y eficaz sólo si antes el adolescente ya ha alcanzado una idea adecuada de Dios como padre amoroso, como redentor, como amigo verdadero.



b.      ¿Cómo ven los adolescentes la religión en su mundo concreto? Es evidente que con la secularización de la cultura se está logrando por un lado que muchos adolescentes oculten sus sentimientos religiosos o incluso se avergüencen de ellos. Por otro lado el relativismo lleva a que muchos escojan los que les gusta de la religión, o de las religiones, y hagan su propio ideario de creencias y su propia normativa moral. Pero no olvidemos que las actuales generaciones están, en muchos sentidos, de vuelta… La generación de nuestros adultos sintieron en los setenta y ochenta el inicio de una liberación que les llevó hasta el rechazo de lo religioso. Sus hijos se han encontrado con un vacío trascendental que les ha arrastrado a buscar, sin los prejuicios de sus padres, la verdad y la plenitud de sus vidas por diversas vías. Evidente que muchos se están equivocando en la respuesta (drogas, alcohol, sexo total, etc.) Pero en cierto sentido estamos mejor que hace dos décadas, pues la ignorancia que traen en lo religioso no incluye muchas veces los prejuicios viscerales de tantos de sus mayores. Y si la ignorancia de lo religioso es el sello más característico de nuestra época, está claro que hace falta un cambio radical en el modo de presentar el mensaje sobrenatural y religioso (la Nueva Evangelización).



c.       ¿Cómo puede el educador meterse en el mundo religioso del chico? Cierto que no podemos renunciar a catequizar, a dar doctrina y moral, porque hay mucha ignorancia, como hemos señalado. Pero (¡cuidado!) no olvidemos que ante todo está el anuncio de la Buena Nueva, el anuncio del Kerigma: ¡Dios hecho Hombre, muere y resucita por mí! ¡Cuántas veces se ha dado por supuesto este anuncio de lo fundamental! Un olvido que ha supuesto el fracaso de todo intento catequizador. Hay que lograr, antes de nada, que el adolescente experimente la belleza de su fe, porque es algo que toca su vida y no un añadido metido a presión. Es importante que el muchacho pueda llegar a palpar el amor de Dios en su vida concreta, con sus circunstancias más o menos buenas. De otro modo todo será adoctrinamiento, moralismo y ritualismo, tan inútil como perjudicial. Como hemos comentado hace poco, bastaría con estar atentos a sus preguntas existenciales, acompañándoles en su propio camino de respuestas. Si no se logra esto, si no hay una experiencia viva de encuentro con Dios como respuesta (y con el Dios hecho carne en Cristo) de nada sirve seguir adelante; es más, no se debe ir adelante. Es inútil ponerse nervioso porque no se ve el momento para empezar a darles contenidos, doctrinas, explicación de los misterios de la fe… Ya habrá tiempo, que la adolescencia es sólo el inicio de un largo camino hasta la eternidad.


      Para llegar al corazón religioso del adolescente, el educador debería: conocer agudamente el amor; vivir  coherentemente el amor; transmitir apasionadamente ese amor. El adolescente necesita amor,  y necesita que se lo muestren con agudeza, con pasión, con el ejemplo…; en esto se puede resumir la pedagogía y toda la  misión que Dios encomienda al educador cristiano de adolescentes. Por ello debería:

o   capacitarse sin descanso para conocer y experimentar en primera persona, creciente y profundamente, las manifestaciones del amor de Dios al hombre concreto de hoy, amor que no se cansa de recrear su redención hasta lograr su designio en cada hombre. Amor que se manifiesta también en los acontecimientos y en los avances de la sociedad actual, con sus típicas características (por tanto: ¡nada de pesimismos y añoranzas del pasado!). No olvidemos que al adolescente le entusiasma, en general, su mundo y lo quiere disfrutar a tope. El educador, con su propia experiencia y con medios y reflexiones agudas y actuales, debe poner ante los ojos de los chicos cómo toda la maravilla de su mundo adolescente (vértigo y éxtasis, dudas y titubeos, caídas y levantadas, deseo de goce total) es manifestación del amor de Dios.

o   Vivir ese amor con la coherencia que él mismo y los chicos necesitan. Dedicarse a lo fundamental y no perderse en aspectos secundarios, en el formalismo de una fe hueca, de una práctica religiosa descafeinada, en el rigorismo de una moral rancia y en un individualismo que nada tienen que ver con el Evangelio y la misericordia infinita de Dios.

o   Capacitarse sin descanso para transmitir cada vez con más eficacia y amplitud, con verdadera pasión atrayente, según una sana pedagogía cristiana, ese amor de Dios. Amor que quiere llegar, a través del testimonio, de la labor y de la palabra del educador, a todos y cada uno de los adolescentes, hasta los más fríos y alejados de Él.




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