jueves, 2 de febrero de 2012

Los jueves con Edu y Marta: EL MANEJO DE GRUPOS



a)     Partamos de algo evidente: el hombre, y más el adolescente, necesita vivir en grupo. El educador que crea que con acompañar al chico es suficiente, se equivoca. Hay que saber acompañar a los grupos. No se está educando bien (al menos completamente) sólo porque se está cerca del chico;  es fundamental estar cerca  e incidir en los grupos de los que forma parte el chico. Una vez más habría que hablar de la alianza, el buen entendimiento y el verdadero trabajo en equipo entre todos los educadores que están alrededor de la vida de un adolescente y de sus grupos.



b)     Recordemos una obviedad, que no siempre lo es, cuando se trabaja con grupos: un buen formador busca siempre un clima de universalidad y armonía, que refleje una igualdad de trato, en medio de las constantes reacciones de simpatía y antipatía que las personas pueden suscitar por su modo de ser o por su comportamiento. Está de por medio la justicia y la caridad cristianas. Y no olvidemos que los adolescentes son expertos en la exigencia de estas virtudes; y expertos en olfatear incoherencias en estos parajes. Los grupos divididos, enfrentados y desarmonizados son muchas veces reflejo de la mente y del corazón del educador que los maneja.



c)      Es lógico, sin embargo, que habrá más cercanía con algunos muchachos, y se espera que éstos sean los que mejor responden a la invitación educativa y los que más pueden contribuir al bien de todos los demás. Obviamente hay que atender con especial cuidado a los más necesitados. Sin embargo, se corre también el riesgo de olvidar a los mejores en actitud, a los muchachos o niñas que verdaderamente  pueden influir positivamente en el ambiente. No es infrecuente el caso del formador, por ejemplo un tutor, que con muy buenas intenciones pero con poca visión de conjunto dedica la mayor parte de su tiempo a los muchachos difíciles o rezagados, a costa de lo que justamente le pueden ayudar eficazmente en esa labor. O se da el caso de los educadores que la traen o la toman contra los chicos más difíciles pues estropean su clase o su actividad, equivocándose totalmente de estrategia pedagógica.


Recuerdo el caso de Elena. Estaba siempre a la greña con los profesores. Era muy inquieta y líder. Estuvieron a punto de expulsarla. Todo cambió cuando se invitó al tutor y a ciertos profesores a dedicar un poco de tiempo a charlar, fuera de las aulas, con Elena, a conocer sus inquietudes y sus problemas personales. Fue como un milagro. Todo empezó a cambiar, y Elena acabó siendo la mejor  aliada de los profesores para meter buen ambiente en las clases.        



d)     Hay que saber dirigir los grupos siempre en plan positivo y constructivo. Ya hemos dicho que ir a la defensiva, con el castigo o la amenaza por delante, es señal de incompetencia o debilidad; y antes o después esa debilidad será descubierta y atacada por los chicos. En una actividad grupal ellos deben sentirse los protagonistas, todos (el educador no está para lucirse). El grupo se construye entre todos; el educador es arquitecto y debe saber poner en juego a todas las partes. De otra forma, las partes que no encajen acabarán desencajando a todo el grupo, antes o después.



e)     Por ello es básico, para empezar, captar y mantener la atención de todos. Un simple murmullo aislado, no controlado de inmediato por no considerarlo importante, puede acabar rompiendo toda una actividad formativa. Si el educador está convencido que lo que está llevando a cabo es importante, para todos, no dejará que ninguno se salga de la jugada.


f)       Hay que conducir de manera uniforme al grupo en la dinámica propuesta, en la solución de un problema, en la búsqueda de una respuesta, etc.  Es evidente que unos van más rápidos y otros más lentos, es ley natural… Pero precisamente para eso está el educador, para equilibrar el paso del grupo.  Y eso no significa atrofiar las posibilidades de unos, ni significa agobiar a otros en sus carencias. El acompañamiento personalizado de unos y otros y los recursos complementarios, al margen de lo estrictamente grupal, deben ayudar a que eso no suceda. Los más capaces podrán comprender, en esa atención personal, que deben ser una ayuda para los más rezagados (y eso puede ser más educativo que muchos otros retos que se les puedan ofrecer). Y los más rezagados podrán encontrar en los más capaces un estímulo para “acelerar”, en la medida de sus posibilidades.



g)     ¿Cómo organizar la participación en grupo?  En primer lugar, hay unas reglas básicas para la participación del educador:



o   siempre que el educador participa es por petición de los muchachos o para satisfacer sus expectativas (repetimos, no para lucirse).

o   Puede en ocasiones acaparar las oportunidades de participación porque tiene mucho que decir, y sus interlocutores mucho que escuchar. Pero atento a la retroalimentación que le dan los chicos con sus gestos.

o   Ellos deben escuchar con atención la exposición, porque se les da siempre las condiciones necesarias para lograr esa atención.

o   El educador debe asignar el turno de participación de los muchachos, debe evitar el caos.

o   Debe responder dudas cuando ha terminado de exponer el tema o parte de éste, y no cede a la espontaneidad caótica de los chicos.

o   El educador debe reelaborar las respuestas de los chicos para integrarlas al lenguaje conceptual de todo el grupo.

o   Será él a determinar cuándo se ha acabado el tiempo para preguntas, de modo que se pueda siempre hacer un resumen de lo tratado y llegar a conclusiones o resoluciones concretas.

o   El educador necesita validar la información (datos, conceptos, definiciones, reglas) que los chicos realmente han captado, antes de que éstos la incorporen a su acervo. 

  

h)     Y también hay reglas para entender la participación de los chicos que, sin ser contradictorias con las anteriores, deben complementarse bien:



o   Tener dudas o recibir información incompleta o excesivamente repetitiva les faculta a los chicos para interrumpir la participación del educador.

o   Deben aprender  a plantear sus dudas de forma concreta y directa pero no se les puede exigir esto tan fácilmente.

o   Si el adolescente quiere saber, preguntará al educador y no agotará el interrogatorio hasta ver despejadas sus incógnitas. Cuando el educador termina de despejar las posibles incógnitas de un sólo chico debe motivar a que el resto del grupo participe.

o   Cuando los muchachos participan a petición del educador, tratan de satisfacer las expectativas de éste. En cambio, cuando lo hacen de motu proprio, es para cubrir sus propias expectativas. Saque el educador sus propias conclusiones: mal si los chicos no participan espontáneamente...

o   El educador es quien formalmente cierra la actividad, pero el cierre formativo no se hará efectivo hasta que los chicos en particular agoten sus consultas.

o   Los muchachos deben gozar de total confianza para expresarse, así se desarrolla su competencia comunicativa y un verdadero deseo de auto-formación responsable. ¡Mucha atención a los que no participan o no hablan! Si es timidez, ayudar a superarla a tiempo. Pero ¡cuidado si hay algo más!: los silencios pueden convertirse en bombas de relojería…





 Imagen conocida… La pregunta de turno: quién realmente tiene la responsabilidad, si es que alguien la tiene.

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