jueves, 19 de enero de 2012

Los jueves con Edu y Marta: LA DISCIPLINA COMO HERRAMIENTA FUNDAMENTAL






a)     "La indisciplina es el principio de la ruina de toda sociedad humana y de toda persona". Es una realidad que se puede constatar fácilmente a nivel social: grupos humanos que, hallándose en la cumbre del florecimiento,  empiezan a desmoronarse y caen en el abismo del abandono, precisamente cuando se intro­duce en ellos el desorden y la indisciplina.

Se debe partir de la convicción de que la disciplina interna es la que permite la formación integral y armónica. La disciplina externa es reflejo de la interna y, a su vez, consolidación de ésta en una especie de círculo virtuoso que se genera entre ambas. Y no olvidemos que la disciplina grupal es básica para la educación de los adolescentes. Otro círculo virtuoso: entre disciplina personal y grupal; ambas se necesitan, para el bien del chico, de todos los chicos.

Ciertamente, muchos adolescentes al principio no son todavía capaces de proceder en base al espíritu de convicción, por lo que la disciplina externa será ayuda imprescindible para generar la disciplina interna. También hay que tener en cuenta que el grado y el modo de la exigencia disciplinar, a veces, está en relación directa con las características de los jóvenes con los que se trabaja habitualmente. Por este motivo, ante algunos y en algunos momentos, se tiene que emplear una disciplina de apariencia severa y recia, siempre como exigencia del interés íntimo y per­sonal que se ha puesto en cada uno de los muchachos. Ante otros, mejor lo contrario.

No se trata de imponerse a la fuerza, ni de ponerse “en plan policía”. Una disciplina así sería rechazada y no conseguiría sus frutos. Hay que hacer ver al joven la razón de ser de la disciplina y el porqué de cada norma (en especial, de aquellas cuyo cumplimiento les es más costoso); de lo contrario las rechazarán, al verlas como algo capricho­so, molesto y sin razón de ser. El educador, el tutor o maestro, el entrenador u orientador, buscará el cumplimiento de los reglamentos y normas elementales para un colegio, para un centro juvenil o similares, por medio de los estímulos y la motivación, evitando las amenazas a grupos o a individuos, evitando los casti­gos como recurso habitual.

                                                                         

b)     Unas palabras sobre la cuestión de los castigos. En primer lugar hay que decir que los castigos físicos quedan excluidos en el ambiente escolar y en cualquier ambiente educativo complementario. Y si bien una cachetada al niño por parte del padre, a tiempo y del modo justo, puede ser muy pedagógica, habría que plantearse la utilidad de éstas con un adolescente, a quien, quizá, a su debido tiempo, no se le supo disciplinar.

        En segundo lugar, hay que analizar con qué actitud se impone el castigo. El adolescente, por su edad e índole, posee un agudo sentido de la justicia y es­tá dotado de especial sensibilidad. Por ello, si él percibe que el castigo provie­ne de una actitud pasional del formador, adop­tará una actitud negativa de rencor, de encerramiento, de orgullo herido. Si percibe que el castigo se debe a una falta de ascendiente en el formador, perderá valor para él la autoridad y se le abrirá la puerta a una indisciplina mayor. Por el contrario, si la sanción es justa y está respaldada por una buena dosis de motivación por parte del formador, reaccionará (aunque no siempre inmediatamente) con nobleza y con fe en la autoridad, y procurará rectificar­se.

      Muchas veces los formadores se vuelven impacientes porque no pueden controlar la disciplina en las aulas, en las actividades recreativas, en el dormitorio durante una convivencia, etc., y re­curren a los castigos o a las reprensiones, creando una situación peor y del to­do antipedagógica. La solución no está en la “magia negra” de las caras largas (que a veces sí ayudan si se sabe hacer bien: el famoso recurso llamado “hacer la esfinge”), en la magia de los enfados tremendos, de los castigos, de las amenazas o las llamadas de atención y las humillaciones públi­cas. Todo esto lo único que logra, muchas veces, es provocar una mayor desobediencia e indisciplina, favoreciendo la intriga, la sumisión forzada y la rebeldía interior. La solución en estos ca­sos es, frecuentemente, muy sencilla y de elemental sentido común: tener desde el inicio buen ascendiente y dominio de la situación; preparar mejor las clases o reuniones formativas para que sean interesantes; programar mejor las actividades para lo­grar la animación y la recreación disciplinada. A cuántos formadores que empiezan con una disciplina “floja”  se les va de las manos el ambiente al cabo de un rato; mejor empezar “fuerte” y luego ir aflojando sin caer en el descontrol. El castigo debería ser para un formador el último y extremo recurso.

     Además, el castigo debe ser justo, es decir, proporcional a la falta cometida, e impuesto únicamente con un fin realmente pedagógico. El educador debe vigilar para no poner sanciones que luego él mismo no podrá exigir, y debe discernir el momento y la circunstancia más oportuna para poner la sanción, aunque no conviene distanciarla excesivamente del momento en que se cometió la falta; de otro modo pierde su eficacia pedagógica  y puede verse como un acto de resentimiento guardado. 
 

Conozco varios casos de padres que hierran completamente a la  hora de poner castigos. Castigan a su hijo con no ir con sus compañeros a una convivencia sana y formativa, “porque eso al chico le gusta mucho”. Y el chico se queda en casa encerrado viendo la tele, ¡Dios sabe qué cosas...!, perdiendo tiempo y buenos momentos formativos. Pero, eso sí, al chico no le falta el móvil y la ropa de marca que quiera.  O padres que castigan al hijo con no ir a los entrenamientos porque ha sacado muy malas notas. Y creen que por estar encerrado más tiempo en casa, sin más,  va a sacar mejores notas. Otro que por comodidad levantan el castigo a la primera, o simplemente no lo cumplen (¡fatal!). Y padres que echan largos sermones, o incluso una cachetada (¡a un adolescente!), y piensan que eso será suficiente.



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