jueves, 26 de enero de 2012

Los jueves con Edu y Marta: EL ARTE DE SABER MOTIVAR





a)     Motivar es el arte de las artes que todo buen educador debe dominar. Antes de exigir resultados hay que motivar lo suficiente y hacer que esa motivación sea efectivamente interiorizada. Quienes actúan por temor nunca llegan a realizarse porque el hombre llega a su plenitud sólo en el amor. No se deben crear personalidades que se mue­van por extraños mecanismos de autodefensa. La pedagogía cristiana, la que siempre ha inculcado la Iglesia (al margen de casos particulares más o menos difundidos), es eminen­temente positi­va y constructiva: “educar la conciencia y la libertad para que se adhieran a la verdad y al bien movidos por la fuerza del amor”.



b)     En concreto para los adolescentes: es muy fuerte la motivación de ayudar a mejorar nuestro mundo y ayudar a que todos sean realmente felices. Esta motivación puede ser un instrumento eficaz si se sabe presentar bien. Por supuesto, el amor a Jesucristo, encarnación personal de todo lo bueno; el ayudar a su Iglesia, el evitar que sufra en sus miembros; el ayudar al Papa en la obra evangelizadora, etc. De igual forma la motivación de ser un hombre o una mujer líder, en sentido positivo, y de prepararse para hacer grandes cosas por Dios y por el mundo.



Después de un año de dejar el trabajo en México regresé a este país por un asunto puntual. En el aeropuerto, casualmente, encontré a Álvaro, miembro del club juvenil que dirigí estando allá. Cuando me vio, vino corriendo y, antes que nada, me dijo con emoción: “¡padre!, misión cumplida”. La verdad que en un primer momento me desconcertó, ¿a qué se refería? Recordé rápido que hacía varios años, en una convivencia con un grupo de adolescentes de 12 años,  vi cómo Álvaro se mostraba especialmente servicial en todo momento: limpiar platos, servir, barrer... Me llamó la atención pues tenía fama de ser muy “fresa” (“pijo” en España). Lo que pasaba es que su padre había dejado hacía años de ir a misa. Él había tomado como algo muy personal el que su padre volviera a ser un buen cristiano. Ahora, después de bastante tiempo, Álvaro había logrado cumplir su misión; la misión que llevaba en el corazón.



c)      Una vez logrado el ascendiente espiritual y humano ante el muchacho, de cara a la motivación se deben manejar dos registros en la vertiente psicológica. Uno, el reconocimiento por lo objetivamente alcanzado, que se manifiesta de pala­bra y, sobre todo, con hechos y gestos; como por ejemplo, la confianza que se deposita en una persona al encomendarle una tarea u oficio de cierta en­vergadura. Otro, el estímulo para lo­grar nuevas metas, para “no dormirse en los laureles”, o para sacudir el sopor o la pereza que impide el despegue. Este estímulo se puede manifestar de diversas maneras: expresando insatisfacción por los resul­tados obtenidos hasta ese momento; abriendo los ojos a nuevos horizontes; comentando los logros alcanzados por otras personas, etc.  Y todo esto hecho con prudencia, sabiendo que no se puede pedir a todos lo mismo, y que no son es buenas las comparaciones entre hijos, compañeros, etc.

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