jueves, 1 de diciembre de 2011

los jueves con Edu y Marta: FORMACIÓN SOCIAL - APOSTÓLICA



El apostolado, o la acción social con visión trascendente, es una dimensión ineludible en nuestro mundo actual y en la formación de los adolescentes cristianos. Todo lo que se enseña de modo teórico debería reflejarse en la vida concreta del educando; y la acción humanitaria y apostólica debería ser un resultado lógico y natural en la formación religiosa de nuestros adolescentes. El muchacho debe aprender, desde el inicio, que recibe para dar. La llamada al apostolado es para todos los cristianos y resuena en todas las épocas y lugares. Pero Dios ha querido en nuestro tiempo suscitar una más clara, sentida y universal conciencia de esta obligación (el Vaticano II dejó bien claro que no es sólo cosa de los sacerdotes o religiosos). Compete a todos los cristianos el responder activa y convincentemente a esta urgencia de Dios para extender su Reino entre los hombres.

     Y no se trata simplemente de lograr que los muchachos dediquen algunas horas de su tiempo a realizar actividades de caridad cristiana. De lo que se trata, primeramente, es de que cada adolescente sea profundamente consciente de que tiene que formarse y ser apóstol en cada momento (mensajero de la Buena Nueva), de que tiene que pensar y vivir en clave de cristiano. Se trata de que el cristianismo no sea sólo un nombre para los domingos, para una misa más o menos aburrida... El educador vaya formando, poco a poco, esta personalidad apostólica en cada muchacho, con entusiasmo, paciencia y decisión, aprovechando cualquier ocasión para encender la conciencia cristiana y para erradicar el egoísmo escondido detrás de una falsa concepción cristiana, individualista y minimalista.

     El adolescente, como en otras facetas de su vida, también en la acción social y apostólica espera recibir cada vez una responsabilidad mayor. El formador debe, por tanto, encauzar esa necesidad de mayor entrega e ir asignando a los jóvenes, paulatinamente, mayores responsabilidades, adecuadas a su edad.

     Si al final del capítulo anterior indicábamos que el cristocentrismo debe ser la clave pedagógica más eficaz en la formación de nuestros adolescentes, nos atrevemos ahora a concluir que la entrega cristiana a los demás es el ápice de la formación integral de los chicos y las chicas de nuestro tiempo, y aquello que logrará la completa integración y la armonía en todos los ámbitos de su personalidad. Sin esa entrega generosa y trascendente, todos los contenidos formativos y todas las dimensiones de la persona jamás alcanzan su plena realización. La contemplación del sabio en la filosofía clásica, culmen de toda una cultura y de toda una concepción de la vida, viene asimilada y superada por la concepción cristiana de la sabiduría: contemplar a Dios y a su creación, y colaborar activamente para que esa creación se realice plenamente en la propia vida y en la de los demás. “Recapitular todas las cosas en Cristo” para hacernos, y hacer a otros, partícipes del esplendor (la Belleza) del Ser, de la Verdad y la Bondad infinitas.



No es necesaria una visión pesimista del mundo para darse cuenta que hay mucho por hacer. ¿Logro transmitir a los adolescentes esas necesidades apremiantes del hombre y del mundo de hoy? ¿Enciendo en ellos el deseo de hacer algo por los demás, de hacer algo grande? ¿Me involucro en primera persona para que los adolescentes tengan experiencias vivas de las necesidades urgentes de tantas personas que viven en la misma ciudad o a miles de kilómetros? Un preadolescente ya debería dedicar algunas horas al mes para obras sociales o de apostolado ¿Comparto esta visión? ¿Veo su necesidad? ¿Venzo la comodidad de quedarme en la teoría; por eso les ofrezco oportunidades reales y frecuentes de ayudar a los demás? ¿Pongo a mis hijos en manos de aquellos que pueden ayudarles en este sentido?

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