jueves, 17 de noviembre de 2011

Los jueves con Edu y Marta: FORMACIÓN RELIGIOSA


 



Dios, fundada en la vida de gracia. Es la identificación del corazón y de la propia voluntad con la voluntad santísi­ma de Dios, hasta tener los mismos sentimientos de Cristo, como señala san Pablo. Es la actitud de amor filial y confiado que impulsa a mantener con Dios la postura de un hijo amante del Padre.
     Qué importante es que los chicos sepan desde pequeños cómo dirigirse a Dios, con suma naturalidad, encontrarse con Él en su interior (“estás más adentro que mi propia intimidad”, dice san Agustín). Hay que enseñarles con el ejemplo, con la propia oración, con el propio diálogo con Dios, hecho en voz alta ante ellos. Hay que darles espacios de silencio, y que aprendan a apreciarlo… Hay que llevarlos a los templos de la naturaleza, o a los construidos por el hombre, donde lo sacro se pueda tocar y respirar.

    “…En la región vivía un muchacho estupendo. Le gustaba, después de la escuela, darse por ahí una vuelta, contemplar la armonía del bosque, correr esquivando los troncos, cruzar el río entre las piedras, silbar con los pájaros y, como buen muchacho, cazar algún grillo ruidoso. No faltaba una visita a la vieja ermita. Le gustaba sentir el frío duro de la piedra en sus rodillas postradas; le gustaba mirar la madera añeja de la figura crucificada.
    Un día el muchacho iba como de costumbre, después de la escuela, por el bosque. Pero ni corría entre los árboles, ni saltaba las piedras, ni cazaba grillos, ni entró a la pequeña iglesia. Silencioso se sentó junto al roble más viejo y más sabio del bosque. “¿Qué te pasa esta mañana? –le preguntó el roble al muchacho, con voz dulce de sabio–. Ni corres, ni saltas, ni silbas, ni cazas. Y no has entrado en la ermita para hacer tu visita.”
    “Es que el maestro, hoy en la escuela, mientras hacíamos un examen, se preguntaba en voz alta, porqué los hombres talaban los bosques, por qué tallaban las piedras, por qué cazaban animales. Se preguntaba por qué el hombre construía para Dios iglesias, destruyendo la naturaleza. Decía, si acaso no era más impresionante el templo de la naturaleza por Dios creada.”
    “No estés triste, muchacho –le respondió el viejo árbol–. Escucha y entiende esto que te digo; cuando Dios me creó, fíjate lo que me dijo: `Te daré la imponente belleza, pero no la libertad para amar y buscar la verdad. Te daré la fuerza para que me glorifiques con tu grandeza... Pero mi criatura predilecta es el hombre y su compañera; a ellos quiero amar y, por ello, les daré espíritu y libertad´.”
    El muchacho miró con grandes ojos al frondoso árbol. “Es verdad que el hombre a veces abusa… –continuó el sabio roble, un poco nostálgico–, que tala sin replantar, que talla y raya pedruscos por donde va, que caza a veces con rabia y saña. Pero... ¡tú no sabes!;  hace siete siglos las piedras del río se peleaban por ser muros de la ermita. Mis antepasados se entristecían por no haber sido elegidos para transformarse en fuertes vigas para el techo de la pequeña iglesia. Y mira cómo en la ermita, todavía, los pájaros mantienen sus nidos y las arañas sus telarañas.”
    El muchacho, entusiasmado, corrió al interior de la callada ermita. Probó, una vez más, arrodillado, el frío de la piedra; y miró las vigas y el leño tallado. Silbó como los pájaros, acarició una telaraña, cazó un grillo para el crucificado…” (del libro, Adolescentes pocas ideas y claras)


a)  Formación de hábitos espirituales-religiosos

El buen educador trata de formar en el educando hábitos espirituales imprescindibles y bien concretos. Son necesidades del hombre que deben grabarse en su mente y su corazón, hasta hacerse convicciones vividas de forma natural, dando por descontados los posibles titubeos propios de la condición humana, y más del adolescente. Entre los más importantes:

o  Hábito de la fe, para que vivan en una dimensión sobrenatural y aprendan a contemplar la vida, los aconte­cimientos, las pruebas, los sufrimientos, todo, con los ojos de Dios, de cara a la eternidad, a esa vida perfecta que todo anhelamos en nuestro interior. Su razón se empieza a desarrollar y deben alcanzar la humildad de no absolutizar esa razón, deben sentir la necesidad de esa luz superior que les da la fe.
o  Hábito de vida de gracia, ayudados por la recepción frecuente de los sacramentos, y por vivir permanentemente en la presencia de Dios, para que siempre la autenticidad, la honra­dez y la rectitud (también cuando fallan) regulen sus relaciones con Dios, con el prójimo y con ellos mismos. Que lleguen a experimentar que su vida no la pueden vivir en plenitud si no están invadidos por la misma vida divina; que perciban que su “alma tiene sed del Dios Vivo”.
o  Hábito de oración y de intimidad con Jesucristo en la Eucaristía y en todo momento, para que sean jóvenes enamorados del Amor (amor que solo un Dios hecho carne les puede ofrecer). Y para que  tengan una psicología sana, no encerrada en la soledad del ego independiente, tan de moda en nuestra juventud sin fe. Empiezan a necesitar amigos de verdad, íntimos. Quién sino Él. ¿Se dejan acompañar por Él en todo momento, también cuando caen?
o  Hábito de la adhesión inquebrantable a la voluntad de Dios, para que siempre y en todo momento constituya el valor supremo de sus vidas. ¿Cómo puede una criatura ponerse contra su Creador? ¿Es que aún no nos hemos enterado que ese Creador es todo Amor? ¿Acaso Él no sabrá mejor que nadie el camino cierto de nuestra felicidad y de nuestra plena realización? ¿Por qué, entonces, tanto miedo a cumplir la voluntad de Dios?
o  Hábito de la urgencia apostólica por la salvación de la humanidad, para que la Iglesia y la instauración del Reino de Cristo sean parte de sus ilusiones, anhelos y proyec­tos. ¿Es que, acaso, hay un negocio mayor que el salvar (por el amor) la propia vida y la de los demás?
o  Hábito de caridad y servicialidad, de forma que toda su vida cristiana tenga el sello de la autenticidad según el mandato de Cristo. ¡Cuántos cristianos inauténticos por este tema de la caridad! ¡Cuántos hombres alejados de Dios por el mal ejemplo de caridad de muchos cristianos! ¿Cuándo enseñaremos, de verdad y en la práctica, que servir es reinar? Amar aquí y ahora (Benedicto XVI), al que está a tu lado, necesitado.
o  Hábito de la renuncia en el seguimiento de Jesucristo y en la donación por amor al prójimo, para que forjen la verdadera vida cristiana, en donde la cruz tiene primacía sobre el placer barato y el éxito humano fácil. Una renuncia vivida con serenidad, sabiendo que nunca les faltará la gracia de Dios para llevar el dolor con dignidad. Saber renunciar a pequeñas cosas, cuánto les ayudará en los momentos más complicados de su vida.



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