jueves, 3 de noviembre de 2011

Los jueves con Edu y Marta: formación humana V


Educación de las virtudes morales y sociales



       La formación humana debe tender a desarrollar aquellas virtudes morales que hacen más íntegro al hombre y más nobles sus relaciones con los demás, como son: la sinceridad, la lealtad, la fidelidad, la gratitud, la justicia y la servicialidad, la determinación y constancia, la entereza de ánimo, etc. No siempre se procura el cultivo de estas virtudes ni existe el ambiente propicio para cultivarlas. El formador no las puede dar por supuestas pues son fundamentos que, antes o después, hay que colocar como condición necesaria para la construcción de una personalidad sólida.

       Especial importancia entraña la formación en la sinceridad. El formador debe hacer comprender al muchacho o a la chica  el valor de la integridad, de la transparencia y de la sinceridad en medio de las posibles miserias humanas. El adolescente debe comprender lo triste que es vivir con máscaras, dividido, con dobleces e hipocresías; debe comprender el peligro que supone el ir deformando la conciencia poco a poco, mentira tras mentira. Que aprenda a comportarse con rectitud en todo momento, abriéndose con confianza a quienes lo dirigen espiritualmente, no pactando nunca con el pecado, la hipocresía ni la mentira; y que sea consciente de que siempre se encuentra delante de Dios, y que con la insinceridad al único que se engaña es a sí mismo. 

                                                               

Al hablar sobre la insinceridad tengo que recordar los casos más tristes con que me he encontrado en el trato con los adolescentes. Ya  me lo dijo alguien cuando iba por primera vez a trabajar en uno de nuestros colegios: “si con algo no hay transigir es con la insinceridad. Es la manzana podrida que hay que retirar antes de que contamine todo el cesto”. El caso de Andrés fue patético, porque vi vivir a ese muchacho lleno de máscaras, una para cada circunstancia; y lo vi morir... ¡con una máscara! Una máscara de cera, pues en el tanatorio, antes del velorio y de que lo viera su madre, le tuvieron que recomponer con cera el rostro, destrozado en un accidente de tráfico cuando regresaba borracho de una fiesta. Aquella figura del ataúd nunca la podré olvidar. Me preguntaba en esos momentos si alguien, alguna vez, había conocido el rostro auténtico de Andrés.

         

       Es imprescindible tener en cuenta la educación social. No es indiferente la forma como el muchacho se presenta ante la sociedad y ante los demás. La educación social es la “tarjeta de presentación”, la puerta por donde se entra a la vida de los demás, ganando su confianza y su colaboración. El formador debe aprovechar toda circunstancia para educar al muchacho y a la chica en esta dimensión social, enseñándoles el valor de los detalles de la educación social, haciéndoles gustar la posesión de una personalidad atenta y educada, fina en el trato, afable y acogedora. Es importante evitar el peligro de pensar que la formación social es sólo una máscara, una serie de ritos externos, una especie de representación para quedar bien ante los demás. Es obvio que se puede caer en eso, si detrás de las formas sociales lo que hay es superficialidad y vacuidad.

       Y queremos anotar que la gratitud debe ser algo más que una convención social. Debemos lograr que entiendan que, en su vida, todo es don, y que por ello deben ser profundamente agradecidos. Los chicos que alcanzan a vivir una gratitud real nunca serán soberbios u orgullosos, nunca despreciarán la formación, la ayuda o el perdón que se les ofrece. Las personas agradecidas logran más fácilmente el amor real a los suyos, a sus educadores y a sus amigos, a su mundo y a Dios.




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