jueves, 10 de noviembre de 2011

Lo jueves con Edu y Marta: FORMACIÓN HUMANA VI: LAS PASIONES Y LA CONCIENCIA MORAL

   Educar las pasiones
 

       Al hablar de las pasiones no hay que olvidar que, por la huella del pecado original, han quedado desequilibradas, y que, por tanto, los educandos se ven seriamente afectados por ellas: la soberbia, que es la reina de las pasiones; la vanidad y la envidia, que son hijas de la soberbia. Los muchachos experimentarán, también, la lucha por vencer la tendencia a la comodidad, al hedonismo, a la posesión desenfrenada de las rique­zas y de los bienes materiales. Todas estas luchas y enemigos se presentan, día tras día, en la vida de los hombres; por lo que es un error prometer a los adolescentes una vida fácil y sin problemas, si son “niños buenos” que no se meten en líos.

       El punto de partida para la formación de las pasiones consiste en tener en cuenta que no se puede querer extirparlas, sino que se trata de saber encauzarlas adecuadamente. No hay que olvidar que la fuerza pasional, que puede desviarse hacia la soberbia y la sensualidad,  debe reorientarse para ayudar a la conquista del ideal de formación, a la conquista de uno mismo, a la transformación en un cristiano auténtico. “La vida del hombre sobre la tierra es una continua lucha”, y en “combatir el buen combate” consiste el premio y la felicidad del hombre.    Como señalamos arriba, las pasiones quedan dañadas desde el pecado original. Esto significa que sólo con la ayuda de la gracia se logrará un dominio real de éstas. Como diremos más adelante, el formador que quiera logros en la vida turbulenta del adolescente, debe lograr acercarlo a la vida de oración y a los sacramentos.

                                                    

  Educar la conciencia moral


       "Nos toca vivir en una época en la que es muy fácil la desorientación de los criterios morales y éticos. En efecto, estamos asistiendo a una desorientación gigantesca de la conciencia individual y social, hasta el punto de que a muchos les resulta difícil distinguir los límites de lo bueno y lo malo... Por ejemplo, nunca como hoy ha sido el hombre tan sensible a su libertad y nunca ha hecho peor uso de ella: así, por un lado, escribe una carta de los derechos humanos, y, por otro, los suprime de raíz por el aborto, la eutanasia... Por un lado, proclama a los cuatro vientos la propia madurez y, por otro, adopta como pauta de comportamiento normas tan volubles como la opinión pública, los eslóganes de moda y los modelos culturales y sociales del momento”.

       Hay que poner especial énfasis en los valores morales que norman el comportamiento humano. Pero como base para la recepción de dichos valores es necesario ayudar a las per­sonas a formar una conciencia recta, cuyas normas de conducta se fundan en la ley objetiva que el hombre descubre y reconoce en su naturaleza humana, con ayu­da de la rec­ta razón, y cuya formulación general se resume en el adagio latino: Bonum est faciendum, malum vero vitandum (hemos de hacer el bien y evitar el mal). En resumen, la conciencia recta es la que actúa según el bien objetivo que le presenta la ley natural y la ley divina.

       Puesto que la conciencia es centro de la persona y guía del obrar natural, hay que lograr que los muchachos se esfuercen activamente por formarla recta y madura, temerosa de Dios, abierta siempre al bien, capaz de discernir lo bueno de lo malo y la verdad de la men­tira, evitando toda clase de insinceridades y la inautenticidad.

       Está de por medio, es cierto, la lucha contra todo el relativismo imperante. Y es éste, como señala Juan Pablo II, el peor de los peligros de nuestra sociedad. Pero hay que empezar de alguna forma esta lucha; quizá baste al inicio el lograr que los muchachos entiendan que sin criterios objetivos de conducta la convivencia se hace imposible. Y a partir de ahí es más fácil comprender la necesidad de una verdad objetiva, la existencia del bien y el mal objetivos, más allá de las impresiones, gustos y criterios personales, con los cuales algunos iluminados quieren establecer los parámetros de convivencia social y de moral particular.

       Por otro lado, se debe explicar claramente al muchacho los tipos de conciencia (laxa, recta o escrupulosa; subjetiva u objetiva; dudosa o cierta) y ayudarle a discernir cómo es la suya. Ya sabemos que la ideal es la conciencia recta, objetiva y cierta. Asimismo, hay que presentarle los medios más adecuados para la formación de la conciencia: ser fiel a ella de modo habitual; el conocimiento y la obediencia a la ley de Dios y al magisterio de la Iglesia; la obediencia a la autoridad legítima; la dirección espiritual; el examen de conciencia, etc.



Como muy bien decía un profesor mío en Roma: “la conciencia comienza a deformarse cuando deja de ser la voz del Amigo que nos pide hacer tal bien concreto o rehuir tal acción negativa”. Cuando la voz de la conciencia se ve como algo frío, fuera de una relación de amor y amistad, comienzan los problemas. Es cuando nuestro hombre viejo quiere imponerse como único dueño de nuestras vidas, con sus egoísmos, recelos, envidias, sensualidades y odios.




2 comentarios:

  1. Conozcamos a Dios y tendremos conciencia.

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  2. Totalmente de acuerdo. Un abrazo

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