sábado, 5 de noviembre de 2011

Cuentos que sí cuentan: ANTÍDOTO PARA EL EGOISMO

34º eslabón. Esto sí fue un milagro, y de los buenos.

  

          En una ciudad europea, no hace mucho, un mu­chacho de catorce años salía al recreo de media mañana, después de una cansada clase de mate­máticas. Tenía que descargar mucha adrenalina, tenía que ganar al fútbol a toda costa. Jugó con todas sus ganas.



          Pero tuvo mala fortuna. Recibió un duro golpe en la espalda y la cabe­za. En un primero momento los compañeros no le hicieron mucho caso, pero cuando vieron que no se levantaba se acercaron; estaba inconsciente...



          El parte médico, contundente, no daba opción. El daño parecía irreversible: debía de perma­necer en silla de ruedas, paralítico.



          Ahora, lógica­mente, este muchacho era el centro de atención. Los amigos continuamente lo visitaban. Su familia estaba atenta a todas sus necesidades. Todos eran conscientes de su drama. ¿Y él, lo aceptaría? 



          Poco a poco, con los días, el am­biente se enrarecía. El mucha­cho no soportaba la situación. Necesitaba que las miradas se pusieran en él. Incrementaba sus peticiones de ayuda. Se hizo, cada vez más, exigente en su relación con los demás.



          Quienes estaban alrededor del mucha­cho, no lo decían, pero empezaban a cansarse. Los amigos, poco a poco, fueron dejan­do de visitarle. Los mismos hermanos lo rehuían. Sólo su padre y su madre conti­nuaban atendiendo cariñosamente sus reclamos.



          En el periódico leyó un día sobre los trenes de la esperanza, que de diver­sas partes de Europa salían hacia Lourdes, donde la Virgen se apareciera hace más de un siglo y donde, aún hoy, se diagnostica algún que otro  mila­gro. Estos trenes viajaban con numerosos enfermos que poseían en su corazón la esperanza de ser cura­dos.



           El muchacho, ardido por su hastío, llamó bruscamente a su madre, como tantas veces, y le expresó su deseo de subirse a uno de esos trenes. La madre respondió temerosa. “Hijo mío, la cosa no es tan fácil, es Dios quien dispone... A esa gente le mueve la fe...” El muchacho la interrumpió: “Esas cosas no me interesan, yo estoy harto de esta silla. Quiero ir a Lourdes”. 



          Los acontecimientos se precipitaron. El padre consintió.



          El muchacho y su madre se encontraban ya en la pequeña ciudad del sur de Francia. Dos inmensas filas de sillas y camillas hacían valla a un sacerdote que iba pasando sosteniendo la custo­dia con la hostia eucarística. Con ella iba dando la bendi­ción, haciendo cruces al aire, frente a los enfermos. Cuando llegó donde estaba nuestro muchacho, el sacerdote se paró con la custodia y empezó, lenta y solemnemente, a darle la bendición. El muchacho miraba fija­mente lo que tenía delan­te. La madre, a su lado, cerraba fuertemente los ojos. Fueron unos pocos segundos.



          El sacerdote terminó y siguió su camino. La madre abrió los ojos; bañada en lágrimas pre­gun­tó: “¿Has pedido, hijo mío, por tu curación?”



          La respuesta fue entrecortada: “No mamá, no. Porque cuan­do el sacerdote me daba la bendición, yo veía, detrás de él, al mucha­cho de enfrente, todo deformado, retorciéndose sobre su camilla. En lugar de pedir por mí... pedí para que él se curara.”



          La madre, emocionada, ­había comprendido el milagro que se había realizado.

  

          El verdadero milagro es encontrar corazones plenamente generosos, aun en los momentos difíciles de la vida. Si pidiéramos a Dios ese tipo de milagros, en lugar de rezar “para que nos aprueben sin estudiar”, “para que llegue la moto sin merecerla”, etc., etc., las cosas irían mejor en nuestra vida y haríamos con ella algo grande y útil para los demás.



          Hagamos todo lo posible para curar la parálisis del egoísmo, ese cáncer que va carcomiendo nuestra alma y que nos impide ver las necesidades más urgentes y grandes del prójimo. Ese cáncer que nos impide encontrar la felicidad auténtica de vivir para los demás.


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