jueves, 13 de octubre de 2011

Los jueves con Edu y Marta: formación humana II


b)      Educar para la madurez



       En todo hay que ver el fin, y el fin de la educación del adolescente es que llegue a la madurez. ¿A quién se puede considerar maduro? Se puede considerar madura a la persona que ha adquirido la capacidad habitual de obrar libremente, es decir, de hacer opciones conscientes y responsables, sin arrepentirse después de ellas y, menos aún, pasarse la vida replanteándose sus decisiones, por no haber adquirido una seguridad y una certeza válida sobre ellas. Se puede considerar madura a la persona cuyas fuerzas emo­tivas están bajo el dominio de la razón, que no vive de sentimentalismos, de impulsos, de tendencias, sino que se rige por principios y convicciones, aunque a veces las emociones o los sentimientos vayan en dirección contraria.



       El hombre maduro es también aquél que está siempre en actitud de donación, de apertura, de servicio, de entrega a los demás, mien­tras rechaza todo tipo de egoísmo, de encerramiento, de particula­rismo, de individualismo. Es en esto precisamente en lo que el formador de adolescentes debe tener puesta su mirada. La sociedad de hoy, los medios de comunicación, las modas, tiran hacia lo contrario: crear adolescentes “obsesionados por su ombligo”, mirándose sólo a sí mismos. El formador no puede dormirse. Pero es lógico que no siempre le tocará ver frutos acabados pues, por definición, el adolescente es el que está en camino hacia esa madurez.





c)      Educar la voluntad



       El hombre “es más hombre, o lo es de verdad, por el dominio de sus facultades superiores sobre sus instintos, en cuanto haya logrado formar esta facultad, la voluntad. Porque aunque la inteligencia nos ilumina, la memoria nos recuerda y la fe nos enseña, el actuar o no actuar como hombres libres y creyentes, honestos y rectos, depende del grado de finura y robustez que hayamos logrado obtener en esta facultad timonel que es la voluntad”.



       Una voluntad bien formada es la clave de todo el desarrollo poste­rior de la formación espiritual, humana e intelectual. La falta de voluntad puede convertirse en la guillotina de todas las aspiraciones y esfuerzos en el camino hacia la plenitud de vida. Por ello se debe luchar para que los educandos no conozcan derrotas definitivas; y, sin duda alguna, la voluntad es un arma imprescindible para evitarlas.



José María era un compañero y amigo del colegio. Era brillante. Tenía una memoria excelente y era muy rápido en las deducciones. Empezó a los 16 años a fumar marihuana. Todavía recuerdo sus lágrimas cuando hablábamos a cerca de su lucha para dejar la droga. Imposible. La cosa fue a más y él fue, poco a poco, a menos... Pienso ahora que si, en otros aspectos de su personalidad, José María hubiera forjado su voluntad, estoy seguro que podría haber luchado con más éxito contra el yugo de la droga, especialmente cuando la cosa no había hecho que comenzar...  Hoy en día, forzados por el ambiente, por las modas o la curiosidad, o por sus traumas personales, muchos adolescentes empiezan con el “porro”. Basta un poco de voluntad forjada, y un poco de conciencia informada, para dejar de lado esta “diversión”. Pero sin voluntad, la “diversión” se vuelve drama, porque la cosa casi siempre va a más. Y dígase lo mismo del tabaco, alcohol, u otros vicios. La clave: tener voluntad. Porque en el fondo, la mayoría de los chicos saben que eso no les conviene para nada; pero falta voluntad.



       No esperar, ni mucho menos, a la preadolescencia. Crear hábitos de esfuerzo, de constancia, de acabar siempre lo comenzado, de pequeñas renuncias por un bien mayor, de superación en metas humanas, intelectuales, deportivas... Y no se trata de hacer cosas excepcionales, grandes esfuerzos titánicos en momentos puntuales de la vida. La voluntad se forja en la vida ordinaria, en el día a día, desde que uno se levanta (a la primera), hasta que se acuesta, cansado de haber aprovechado al máximo todo el tiempo del día. 



Yo llegué a comentarle a José María un caso de voluntad firme que por aquel entonces ya me había llamado la atención; el famoso caso de Demóstenes, el orador griego. Cuando éste habló por primera vez en el areópago todos se burlaron de su tartamudez. Se dijo para sí que era la última vez que le ocurría eso. Durante años practicó, habló, gritó con piedras en la boca... Su voluntad, formada día a día con paciencia, le llevó a ser el gran Demóstenes. A mi amigo José María de nada le sirvió el ejemplo, porque donde no hay voluntad real, previa a las grandes caídas, poco se puede hacer.

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