jueves, 6 de octubre de 2011

Los jueves con Edu y Marta: formación humana I

 
Formación humana


a)      Educar la afectividad y los sentimientos


       Partamos de lo básico: se ha de procurar la integración de las fuer­zas afec­tivas y emotivas bajo el control firme de la razón, de la voluntad y de la fe y el amor sobrenaturales. De no lograr esto nos encontraremos con una personalidad enfermiza o, al menos, incompleta en su realización.
 

       Se pueden definir los sentimientos como reacciones del cuerpo y la psique al verse afectados por personas, cosas, aconteci­mientos, circunstancias, etc. Si son muy intensos y breves, los llamamos emociones. Hay diversas clases de sentimientos: están los corporales (hambre, sed, cansancio, etc.), más correctamente llamados sensaciones físicas –aunque repercuten también en la psique-; los sentimientos de índole psíquica, como la tristeza que oprime, la alegría que exalta, la gratitud que conmueve, el amor que enternece; y, finalmente, los sentimientos espirituales que corresponden a una simpatía afecti­va o empatía con el bien y la virtud, suscitados en el alma por la presencia o ausencia del bien moral (gratitud, amistad, caridad, pureza, piedad). Dentro de esta variedad de sentimientos es importante que se dé una justa jerar­quía.
 

       Es fácil, en nuestra sociedad de la imagen, caer en el peligro de dar a las sensaciones y los sentimientos una papel central. El sentimentalismo es el enemigo número uno de toda formación sólida y cons­tante. En lugar de regir la razón y la voluntad, gobier­na las sensaciones, el sentimiento, lo variable. Por eso, apoyar una formación sobre “lo que siento” “lo que me apetece”, es exponerse a un fracaso cier­to y a repetir la insensatez de aquel señor que edificó su casa sobre la arena movediza: vinieron los vientos, la lluvia, y todo se perdió.
 

       Pero no hay que irse tampoco al otro extremo, es decir, al desprecio de los sentimientos. Cuando estos son gober­nados por el entendimiento y la voluntad, se convierten en potencias enriquecedoras de la personalidad, necesarias para obtener el fin propuesto. Un hombre que no cultiva los sentimientos es un ser incompleto. No cultivar los sentimientos significa, además, no cultivar la sensibilidad humana, moral y religiosa, significa cerrarse a la percepción del mundo real que me rodea y me necesita, como yo necesito de él.

       

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