sábado, 15 de octubre de 2011

Cuentos que sí cuentan: NO QUERAMOS INVENTAR EL HILO... DE LA FELICIDAD


31º eslabón. No olvidar lo de niños nos ahorra mucho camino.

       

         Salió un hombre a recorrer el mundo en busca de la felicidad ¿Dónde se encontrará? Preguntó a un monje tibetano. “Deja el mundo y la encontrarás.”


         Más al sur, en el oriente medio, un viejo sufí del islám: “Vuélvete hacia ti y encontrarás lo que buscas con tanto anhelo”.


         Otro  más le dijo: “Amigo, la felicidad, según un ilustre filósofo, consiste en el secreto de tener la mente iluminada y las ideas bien claras”.


         Y así siguió su búsqueda, sin encontrar la felicidad. Después de largos años, convencido de no poder encontrarla se regresó a su casa.


         Estando el hogar ya vecino, vio tirado a un anciano al borde del camino. “¿Qué te pasa buen amigo?” Dijo, sin darse cuenta de que el anciano estaba mal herido.


         Tuvo que acercarse más para ver sus llagas y las tristes huellas que le habían dejado los malhechores del camino.


         Movido a compasión lo tomó del brazo, lo llevó a su casa y lo cuidó con todo esmero y atención. A medida que el anciano recuperaba el color de la cara, al viajero le parecía que ya había visto a este hombre antes, en algún momento de su vida. ¿Quién sería?

         Una vez recuperado, el anciano marchó feliz e inmensamente agradecido. No pudo contener el darle un fuerte abrazo a su benefactor y, ahora, amigo.
 

         ¿Y nuestro viajero? Nuestro incansable viajero algo sintió vibrar en lo hondo de su corazón. ¿Sería esto la felicidad? ¿La había encontrado a través de un anciano que le resultaba conocido de antaño?

         Tal vez. Lo que sí era claro es que un recuerdo fuerte inundaba ahora su vida, algo que de pequeño había aprendido: que la felicidad la poseemos si nos damos cristianamente al hermano.


         Seguramente aprendimos de niños, en casa, en el colegio, en la iglesia, que la felicidad está en darse a los demás. Y tal vez en más de una ocasión hicimos “nuestra buena obra” del día, cosa que seguramente nos llevó felices, esa noche, a la cama. Pero, quizá,  fuimos dejando de hacerla; fuimos soñando felicidades y placeres extraños; fuimos buscando nuevas emociones; y al final, seguramente, nos quedamos sin nada.

          Si olvidamos al hermnano, al prójimo, al otro, olvidamos la felicidad, y aunque empecemos a buscarla en mil lugares, no encontraremos nada.

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