jueves, 22 de septiembre de 2011

Los jueves con Edu y Marta: formación intelectual II

Hábitos y estructura mental


Además de la enseñanza de los contenidos necesarios, están las herramientas inmediatas para poder asimilarlos debidamente. Es básico que les enseñemos a pensar por sí mismos, a usar esas herramientas de modo adecuado. Los formadores se apresuran en“explicar” los contenidos al muchacho, pero muchas veces no se paran a pensar si el muchacho ya tiene la capacidad de asimilar lo que está escuchando, si ya sabe captar el núcleo de lo que se le dice, diferenciándolo de lo que es secundario o anecdótico, si sabe estructurar mentalmente las ideas que recibe, etc.


La inteligencia tiene una forma de actuarse: es necesario conocerla y ejercitarla. Son los llamados “buenos hábitos men­tales” (reflexión, capacidad de juicio, capacidad de análisis y síntesis, etc.), que nos permiten actuar bien nuestra inteligencia. En este sentido, a los educadores les corresponde un papel funda­mental. Ellos, además de transmitir unos conocimientos, tienen que formar esos hábitos intelec­tuales en sus educandos. No tienen que dar nada por supuesto (que el chico entiende, que sabe sacar conclusiones desde unas premisas, que asimila y retiene, etc.). No pueden eludir esta responsabilidad.

  
Hay dos formas elementales de perfeccionar los hábitos. En primer lugar, mediante la repetición de actos apropiados (cada vez con mayor perfección); y, en segundo lugar, realizando actos cada vez más complejos. Esta metodología debe estar presente de modo especial en el trabajo con los niños y adolescentes: repetir sin cansarse y exigir, poco a poco, cada vez más. De ahí la importancia de promover las actividades que fomenten estos hábitos: estudios dirigidos, concursos de memorización y redacción, actividades dinámicas como debates, mesas redondas, etc. Y, por supuesto, las buenas lecturas (historia novelada, historia sagrada, vidas ejemplares, etc.). Sería una grave omisión que los formadores no tuvieran siempre a la mano un buen libro para recomendar a los muchachos.

 
                                                      


Respecto a los estudios dirigidos y a los repasos de materias que hacen algunos profesores particulares o ciertos padres, hay que decir que no se suelen hacer bien. Normalmente en estas repeticiones se tiende a volver a explicar la materia al muchacho. No se trata de eso. Estas clases particulares son el mejor momento para enseñar al chico a pensar por sí mismo, a que él descubra por qué no ha entendido al profesor en el colegio, cuando éste le ha explicado la materia. Si un chico le dice a su profesor particular que no sabe hacer, por ejemplo, un problema de matemáticas, el profesor debe vencer la tentación inmediata de volverle a explicar; menos aún, de hacer el problema delante del chico. ¡Qué error! El profesor, ante ese problema de matemáticas, debe preguntar al chico, primero, dónde está la teoría que necesita saber para resolver dicho problema. Le debe exigir que busque esa teoría, que la lea; y preguntarle, luego, si ya la ha entendido; ir paso por paso.   Después de esto, que sea el chico el que empiece a resolver el problema; detenerle si el proceso resolutivo no lo hace bien; hacerle pensar en dónde se ha equivocado; esperar a que él se dé cuanta dónde y cómo resolver cada paso, etc. Esto es mucho más difícil que explicarle de nuevo la materia, que resolverle rápido al chico el problema. Pero es el método adecuado para que él empiece a pensar y a resolver los problemas por sí mismo.





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