domingo, 11 de septiembre de 2011

Cuentos que sí cuentan: QUÉ HACEMOS CON LA PUREZA


26º eslabón. Una historia a dos tiempo... y que cada quién escoja.



          El viejo rey sabía que tenía contados sus días. Llamó a la princesita Elena, su hija predilecta. Alrededor de ella desplegó un inmenso ajuar de joyas y una multitud de riquezas maravillosas. La princesita estaba radiante de felicidad ante tanta belleza, ante la generosidad sin medida de su padre amado.



El rey dijo a su querida Elena: “Hija mía, para ti he guardado lo mejor de mis tesoros. Todo esto es reflejo de un amor que a penas puedo manifestarte. Yo parto pronto, la muerte me reclama.”



La princesita Elena tornó su emoción en lágrimas: “¡No, papá!”. El viejo rey la consoló y tranquilizó: “Es ley de vida, mi pequeña Elena. Pero bien sabemos que nos hemos de encontrar en la vida futura. No estés triste. Disfruta de todas estas riquezas y acuérdate de mí cuando tengas que utilizarlas.”



El rey apartó con sus dedos las lágrimas de los hermosos ojos de la niña: “Mira, mi princesita, sólo te pido una última cosa. Hubiera querido estar en tu boda y darte en ese día el mejor de mis regalos. Dado que no estaré presente, te dejo ahora este pequeño cofre con la joya más hermosa. Es mi gran deseo que no lo abras hasta el día de tu boda. Así, tu gozo será más intenso y mi presencia más fuerte en ese día. Este cofrecito es mi regalo de boda, lo mejor que puedo dejarte para ese día y el resto de tu vida.”



La princesa Elena, emocionada, guardó con cariño el cofrecito y prometió a su padre que no lo abriría ni se pondría la joya hasta el día de su boda.

                                      

La princesa Elena creció y en pocos años era la mujer más solicitada del Reino. Tristemente las cosas fueron cambiando en su hermosa vida. La frivolidad fue penetrando sus entrañas. La princesa se entusiasmó con sus pretendientes. Los atraía con su belleza y con el brillo de las joyas que su padre le había dejado. No pasó mucho tiempo cuando Elena se dejó seducir y se entregó al pretendiente más atrevido. Pero después de éste, lamentablemente, fueron otros lo que invadieron la intimidad y la vida de la joven Elena.



Vino el tiempo en que Elena debía asentar cabeza y encontrar al que sería el rey de su vida y el de todo su reino. Encontró un joven discreto y bueno. Llegó el amor verdadero; y se concertaron los días festivos para la boda.



Llegado el gran día, y en recuerdo de su padre amado, Elena se acercó con entusiasmo al pequeño cofre cerrado. Triste sorpresa se llevó Elena al ver sus ojos lo que en él había. Sólo un pedazo de papel, firmado por alguno de sus muchos pretendientes pasados: “Muchas gracias, Elena, por haberme dado tu belleza y por haberte dejado robar tu joya más hermosa, ésa que nunca tus ojos verán”.



Ese día de boda transcurrió sin gozo ni alegría. La princesa Elena no lucía ninguna joya nueva y su hermosura estaba opacada por la tristeza.

              


          ¡Triste!, ¡mal final! Hubiera sido mejor algo así:



          Elena creció hermosa y sencilla. Pronto el mundo y los hombres le acosaron con sus impertinencias. Ella, fortalecida con el ejemplo de su padre, supo vivir su juventud con la cabeza bien sentada. Muchos la pretendían... pero nadie la amaba aún con autenticidad.



          Pero pasó el tiempo y encontró un joven discreto y bueno. Llegó el amor verdadero; y se concertaron los días festivos para la boda.    



          El día de la boda Elena abrió el cofre que tanto tiempo estuvo cerrado. En él encontró una rosa misteriosa, totalmente fresca, y con un olor penetrante, una flor preciosa. Y junto a la flor una nota con la letra de su padre: 



          “Hija mía, te deseo mucha dicha. Esta rosa es tu vida que has sabido conservar limpia y fresca... Esta rosa fresca es el gran tesoro. Si te hubieras dejado cegar por las riquezas y las pasiones de tu corazón, hoy, día hermoso de tu boda, la encontrarías marchita...”

         

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