domingo, 7 de agosto de 2011

reflexión seria: QUIÉN ES DIOS

(continuación de la entrada Quién soy yo)


¿Que qué es el hombre para que te acuerdes de él? No. Más bien, ¿quién eres Tú? ¿Quién eres Tú que has diseñado esta grandeza a penas impensable que es el Universo? ¿Quién eres Tú que has modelado con tus dedos tal magnitud de fuerza y energía? ¿Quién eres Tú que con un solo pensamiento diriges semejante cantidad de materia, semejante espacio sideral y el vértigo de su velocidad?

Eres inteligencia total para mis dudas y suprema voluntad para mis debilidades. Eres infinita belleza para mis sentidos, bondad exquisita para mis males y ardiente caridad para mis entrañas. Y lo más impresionante de todo: eres padre y madre, hermano y amigo, compañero y esposo. Lo eres todo.


El pino de primavera

Me da risa el hombre ridículo
que presume, abajo, de potencia,
que arriba cree que tiene ciencia,
y que se burla del “pobre” Dios
pues “sólo es espíritu y continencia”.
Me da pena porque no se da cuenta
que un solo pino en primavera
echa a bajo toda su potencia,
y esfuma su ridícula ciencia.

Porque ¿has visto un pino cargado
esperando una ráfaga de viento?
En él hay vida para preñar
miles de hectáreas baldías.
En él, que es una pequeña fibra
de Aquél que es todo potencia.

Y cuando nuestro hombre ridículo
pasa, ignorante, junto a ese pino,
un viento suave, mano de lo alto,
esparce al aire la sobreabundancia
capaz, casi al instante, de preñar
miles de hectáreas baldías.

Y el hombre ridículo, penoso,
siente un escozor en sus ojos,
y piensa, ignorante, con su ciencia,
que es una simple mota de polvo
fastidiándole la existencia.
 
¿Qué nos creemos los hombres que es Dios? ¿Qué concepto ridículo nos hemos formado de Él? Qué peligro rebajar a Dios a nuestros esquemas mentales. Qué fácil creernos lo que el mundo quiere vendernos de Dios. ¿Cuántos piensan que pueden “manejarlo” al antojo de su conciencia torcida? Dios es bueno pero no es tonto. Somos nosotros los tontos cuando nos elevamos en el pedestal de la soberbia: estamos más a tiro del “sentido del humor” de Dios, una de sus mejores armas para colocarnos en nuestro lugar.

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