jueves, 11 de agosto de 2011

Los jueves con Edu y Marta: PRINCIPIOS PEDAGÓGICOS IV

PRINCIPIOS pedagógicos fundamentales

1.       De persona a persona 
2.       De auto-convicción   
3.       De formación integral
4.       De gradualidad y flexibilidad    HOY
5.       De conocimiento y crecimiento y constante
6.       De eficacia metodológica
7.       Cristocentrismo 

  
1.      De gradualidad y flexibilidad



       Aunque gradualidad y flexibilidad no son sinónimos van de la mano, y por ello los hemos unido como un único principio pedagógico. A fin de cuentas, estos dos conceptos reclaman una misma actitud: saber adaptarse.

       El educador debe saber adaptarse a la realidad concreta en la que se encuentra el adolescente. Gran error de muchos educadores es no tener la capacidad de ofrecer el ideal, que quizá ellos tienen muy claro y asimilado, a la medida de las posibilidades reales de cada uno. Hay mucho nerviosismo e impaciencia cuando no se entiende la gradualidad en la educación: no se puede dar un filete a quien todavía no tiene dientes. Y el criterio para aplicar bien la gradualidad no es lo que los manuales dicen de cómo se debe comportar un chico a cierta edad. El criterio es cada chico en cada momento determinado de su vida, de su desarrollo, de su realidad específica.

       En el estudio de la teología moral  uno aprende que “no es lo mismo la ley de la gradualidad que la gradualidad de la ley”. Mientras lo primero señala lo que nosotros queremos explicar como sana adaptación a las posibilidades de las personas (un principio pedagógico), lo segundo se refiere al peligro que existe de desvirtuar el ideal a alcanzar en la vida de las personas (la sutil corrosión de cualquier principio). Sea como sea, debe quedar claro que “la manga ancha” nada tiene que ver con el justo deseo de adaptación a las posibilidades de la persona. Quizá el criterio para discernir un concepto del otro, y saber si se está educando bien o no, sería la presencia en la intencionalidad del educador de otro principio pedagógico, el que explicaremos en el siguiente apartado.



Este principio podría aplicarse en muchas circunstancias.  Y casi diríamos que “los que más saben” que se cuiden más. Los expertos en algunos temas suelen ser expertos en “atiborrar” de conocimientos, sin darse cuenta que los muchachos son incapaces de asimilar tanto. Los más “perfectos” (o que se lo creen) también a veces suelen ser los menos perfectos a la hora de adaptarse pedagógicamente. Sólo el verdadero sabio llega a la sencillez de rebajar todo su conocimiento a la capacidad real del educando.



       Desde otra perspectiva la flexibilidad aborda la misma cuestión: saber adaptarse a la circunstancias. Cuando tenemos planes educativos, cuando hemos preparado con esmero una actividad, cuando tenemos todo organizado para lograr algo concreto, pero vemos que los resultados no están siendo los esperados, sea por lo que sea, hay que ser flexibles. Hay que saber adaptarse rápido a esas circunstancias, a esa retroalimentación que nos llega de forma inesperada.

       Su mayor o menor flexibilidad hace ver al educador si realmente está colocando en el centro de su tarea a la persona, y no su anhelo o empeño profesional, los programas o los medios pedagógicos. La verdadera profesionalidad del educador le hace “echar por la borda”, cuando lo ve necesario, ese profesionalismo con el que tenía todo preparado y organizado para “dar una lección magistral”; le hace romper esquemas y ver como poca cosa toda su experiencia anterior, disponiéndolo para aprender de la realidad tal cual se presenta. Es aquí donde se ve claro quién tiene claro lo esencial para educar. El formador mediocre se parapeta y escuda en ciertas teorías, ciertas técnicas y viejos trucos que quizá le han funcionado bien en mucha ocasiones, y por ello “no se baja del burro” aunque sea evidente que no le están funcionando en esta ocasión.


       Es hasta ridículo ver cómo algunos educadores son incapaces de cambiar el chip, como suele decirse. Hablan y hablan,  siguen con la actividad, y mientras tanto los chicos  totalmente desconectados. Parece que no quiere ver lo absurdo de la situación; o lo ven pero son incapaces de darle la vuelta. Es mejor inventarse cualquier excusa para interrumpir la actividad, antes de seguir “desgastando” la propia imagen de educador. El mínimo sentido común, de flexibilidad, nos debería hacer ver esto con suma claridad.

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