jueves, 18 de agosto de 2011

Los jueves con Edu y Marta: PRINCIPIOS PEDAGÓGICOS V

PRINCIPIOS pedagógicos fundamentales

1.       De persona a persona 
2.       De auto-convicción   
3.       De formación integral
4.       De gradualidad y flexibilidad
5.       De conocimiento y crecimiento constante  s  HOY
6.       De eficacia metodológica
7.       Cristocentrismo 


Principio de gradualiad y flexibilidad


       Ligamos este principio a la consabida enseñanza clásica: “conócete, acéptate, supérate”. La pregunta por la propia identidad es necesaria y lógica, ya que la reali­zación personal y el cumplimiento del propio destino en el mundo tie­nen una importancia capital en la vida humana. Además, a la resolución de la pregunta sobre la propia identidad están ligadas la felicidad, la plenitud personal y el sentido de la propia vida. “El primer paso para poder hacer algo en la vida es conocerse bien, saber lo que se quiere con precisión y claridad y cuál es la meta a que se quiere lle­gar, así como los medios justos y con­cretos que se deben emplear para alcanzar esa meta”.
                  

       El educador debe inculcar este principio al muchacho o a la chica, y debe proporcionarle todos los elementos, también prácticos, para que lo pueda realizar en su vida cotidiana. De lo contrario, el formador se encontrará con sorpresas desagradables, y a veces con consecuencias irreversibles en la vida del chico. No es difícil interesar a un adolescente en el tema de su propia personalidad. Lo difícil es lograr que se conozca objetivamente, que se acepte tal como Dios le quiere y que se supere a partir de su situación real.

                                                        

Andrés tenía 16 años. Cuando estaba en una convivencia, al final del curso, se  puso a llorar como niño pequeño. ¡Él que era tan gallito! Decía que siempre se había creído la gran cosa, el chavalote de su generación. Y ahora, después de un par de años de idealismos pueriles, se daba cuenta de que era de los más limitados, intelectual y humanamente, de entre sus amigos y compañeros. Ahora se daba cuenta de una gran verdad que le había intentado inculcar hace tiempo: en la pre-adolescencia, entre los 10 y 12 años, el muchacho líder suele ser el deportista nato; luego lo es, al menos aparentemente, el más gallito y bravucón. Con el paso de los años el chico responsable y maduro, en sus estudios y en sus relaciones con los demás, es el más buscado y querido por todos... Esto conviene ponderarlo, de antemano, a todos los adolescentes.

                                         

       Del conocimiento propio, que viene principalmente del auto examen positivo y de una dirección académica y espiritual asidua, se debe pasar a la aceptación, al saber apreciar y agradecer a Dios las propias cualidades, y a reconocer maduramente y sin complejos las propias limitaciones. Los chicos deben aprender a no envidiar las cualidades de otros; cualidades que muchas veces no son sino intrascendentes o simples apariencias. Es muy importante infundir esta actitud, pues de no lograrse será el inicio de muchos traumas y, no pocas veces, del alejamiento de Dios, a quien se verá como un ser injusto “porque no reparte a todos los mismos dones…”. No podemos olvidar que vivimos en una cultura donde se fomenta sistemáticamente la envidia, no importa cómo se quiera llamar: competitividad a toda costa, comparaciones constantes, luchas de clase sin cuartel, etc.

       La superación vendrá como exigencia de tener que enfrentar fallos, deficiencias, caídas. No basta decir "yo soy así". Recordemos lo ya dicho de Hyde: “líder es todo aquél que quiere serlo, a condición de que reconozca sus propios errores”, cambiando la palabra líder por la de adulto. Al muchacho le debe quedar claro que tiene que emprender una lucha continua por superarse cada día; que no recibe una personalidad acabada, que la debe construir poco a poco con el propio esfuerzo y la propia libertad. Tiene que estar convencido de que el camino de la propia superación nunca termina. El día que se dice: “¡hasta aquí llego!”, ese día se empieza a retroceder.

       Y como anunciamos al hablar de la gradualidad, afirmamos ahora que sólo el educador que lucha para que los muchachos se superen constantemente puede estar tranquilo de estar usando acertadamente la necesaria adaptación, el principio de flexibilidad y gradualidad.





     

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