viernes, 29 de julio de 2011

Reflexión seria y amena: entrevista a un Tuareg

(En la Contra del periódico catalán La Vanguardia)


- No sé mi edad: nací en el desierto del Sahara, sin papeles...!
Nací en un campamento nómada tuareg entre Tombuctú y Gao,
al norte de Mali. He sido pastor de los camellos, cabras, corderos
y vacas de mi padre. Hoy estudio Gestión en la Universidad
Montpellier.
Estoy soltero. Defiendo a los pastores tuareg.
Soy musulmán, sin fanatismo
- ¡Qué turbante tan hermoso...!
- Es una fina tela de algodón: permite tapar la cara en el desierto
cuando se levanta arena, y a la vez seguir viendo y respirando
a su través.
- Es de un azul bellísimo...
- A los tuareg nos llamaban los hombres azules por esto:
la tela destiñe algo y nuestra piel toma tintes azulados...



- ¿Cómo elaboran ese intenso azul añil?
- Con una planta llamada índigo, mezclada con otros
pigmentos naturales. El azul, para los tuareg, es el color
del mundo.
- ¿Por qué?
- Es el color dominante: el del cielo, el techo de nuestra casa.
- ¿Quiénes son los tuareg?
- Tuareg significa "abandonados", porque somos un viejo pueblo nómada del
desierto, solitario, orgulloso: "Señores del Desierto", nos llaman. Nuestra etnia
es la amazigh (bereber), y nuestro alfabeto, el tifinagh.
- ¿Cuántos son?
- Unos tres millones, y la mayoría todavía nómadas.
Pero la población decrece... "¡Hace falta que un pueblo desaparezca para que
sepamos que existía!", denunciaba una vez un sabio: yo lucho por preservar
este pueblo.
- ¿A qué se dedican?
- Pastoreamos rebaños de camellos, cabras, corderos, vacas y asnos en un
reino de infinito y de silencio...
- ¿De verdad tan silencioso es el desierto?
- Si estás a solas en aquel silencio, oyes el latido de tu propio
corazón. No hay mejor lugar para hallarse a uno mismo.
- ¿Qué recuerdos de su niñez en el desierto conserva con mayor
nitidez?
- Me despierto con el sol. Ahí están las cabras de mi padre. Ellas
nos dan leche y carne, nosotros las llevamos a donde hay agua y
hierba... Así hizo mi bisabuelo, y mi abuelo, y mi padre... Y yo.
¡No había otra cosa en el mundo más que eso, y yo era muy feliz
en él!
- ¿Sí? No parece muy estimulante. ..
- Mucho. A los siete años ya te dejan alejarte del campamento,
para lo que te enseñan las cosas importantes: a olisquear el aire,
escuchar, aguzar la vista, orientarte por el sol y las estrellas...
Y a dejarte llevar por el camello, si te pierdes: te llevará a donde
hay agua.
- Saber eso es valioso, sin duda...
- Allí todo es simple y profundo.
Hay muy pocas cosas, ¡y cada una tiene enorme valor!
- Entonces este mundo y aquél son muy diferentes, ¿no?
- Allí, cada pequeña cosa proporciona felicidad.
Cada roce es valioso. ¡Sentimos una enorme alegría por el simple
hecho de tocarnos, de estar juntos! Allí nadie sueña con llegar a
ser, ¡porque cada uno ya es!
- ¿Qué es lo que más le chocó en su primer viaje a Europa?
- Vi correr a la gente por el aeropuerto.. . ¡En el desierto sólo se
corre si viene una tormenta de arena! Me asusté, claro...
- Sólo iban a buscar las maletas, ja, ja...
- Sí, era eso. También vi carteles de chicas desnudas:
¿por qué esa falta de respeto hacia la mujer?, me pregunté...
Después, en el hotel Ibis, vi el primer grifo de mi vida: vi correr
el agua... y sentí ganas de llorar.
- Qué abundancia, qué derroche, ¿no?
- ¡Todos los días de mi vida habían consistido en buscar agua!
Cuando veo las fuentes de adorno aquí y allá, aún sigo sintiendo
dentro un dolor tan inmenso...
- ¿Tanto como eso?
- Sí. A principios de los 90 hubo una gran sequía, murieron los
animales, caímos enfermos... Yo tendría unos doce años, y mi
madre murió... ¡Ella lo era todo para mí! Me contaba historias
y me enseñó a contarlas bien. Me enseñó a ser yo mismo.
- ¿Qué pasó con su familia?
- Convencí a mi padre de que me dejase ir a la escuela.
Casi cada día yo caminaba quince kilómetros. Hasta que el
maestro me dejó una cama para dormir, y una señora me daba
de comer al pasar ante su casa... Entendí: mi madre estaba
ayudándome...
- ¿De dónde salió esa pasión por la escuela?
- De que un par de años antes había pasado por el campamento
el rally París-Dakar, y a una periodista se le cayó un libro de la
mochila. Lo recogí y se lo di. Me lo regaló y me habló de aquel
 libro: El Principito. Y yo me prometí que un día sería capaz de
 leerlo...
-Y lo logró.
- Sí. Y así fue como logré una beca para estudiar en Francia.
- ¡Un Tuareg en la universidad. ..!
- Ah, lo que más añoro aquí es la leche de camella... Y el fuego
de leña. Y caminar descalzo sobre la arena cálida. Y las estrellas:
allí las miramos cada noche, y cada estrella es distinta de otra,
como es distinta cada cabra.
Aquí, por la noche, miráis la tele.
- Sí... ¿Qué es lo que peor le parece de aquí?
- Tenéis de todo, pero no os basta. Os quejáis. ¡En Francia se
pasan la vida quejándose! Os encadenáis de por vida a un banco,
y hay ansia de poseer, frenesí, prisa... En el desierto no hay
atascos, ¿y sabe por qué? ¡Porque allí nadie quiere adelantar a
nadie!
- Reláteme un momento de felicidad intensa en su lejano desierto.
- Es cada día, dos horas antes de la puesta del sol: baja el calor,
y el frío no ha llegado, y hombres y animales regresan lentamente
 al campamento y sus perfiles se recortan en un cielo rosa, azul,
 rojo, amarillo, verde...
- Fascinante, desde luego...
- Es un momento mágico... Entramos todos en la tienda
y hervimos té. Sentados, en silencio, escuchamos el
hervor...
La calma nos invade a todos: los latidos del corazón se
acompasan al pot-pot del hervor...
- Qué paz...
- Aquí tenéis reloj,…
 … allí tenemos  tiempo.

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