jueves, 7 de julio de 2011

Los jueves con Edu y Marta: ACTITUDES VI

1. Coherencia y realismo
2. Confianza y compromiso
3. Liderazgo y autoridad 
4. Cariño y exigencia
5. Paciencia y constancia
6. Calma y resolución    HOY
7. Apertura y provocación

Calma y resolución


Un buen formador nunca se deja agobiar por las circunstancias que le rodean. La serenidad inquebrantable es un medio eficaz para poder infundir valor a los demás en los momentos de mayor lucha y turbación. Estas virtudes definen la altura del liderazgo que ejerce el formador. Es un gran reto cuando se trabaja con adolescentes, pero el educador debe aprender a controlar el nerviosismo si quiere hacerse respetar.

  
Un recuerdo de juventud: en el colegio había un profesor que se ponía muy nervioso cuando escuchaba murmullos en la clase. La misión de los alumnos, como buenos adolescentes, era sacarle de sus casillas. Había un acuerdo para entonar en medio de la clase todo un concierto de murmullos; éstos iban apareciendo y desapareciendo rítmicamente durante la hora de clase. El único recurso que tenía el buen hombre era llamar al tutor, o al mismo director... Los profesores y educadores deberían tener muy claros dos principios que los adolescentes emplean casi de modo sistemático: “provocar hasta que reviente” (el profe, ¡claro!); y “el que se enoja pierde” (¡cómo saborean los muchachos la victoria ante un profesor que ha perdido los papeles!).



Habrá ocasiones en que, quizá, la "retirada" será la aptitud más sensata: mejor no intervenir antes que hacerlo con pasión o con sumo nerviosismo. Se pierde mucho ascendiente con las reacciones intempestivas, frutos del orgullo herido y no del deseo educativo. Mucho cuidado y mucha honestidad en esto. Y no vale el “yo soy así”. Hay que ejercitarse; lo que haga falta. Hay que humillarse, lo que haga falta; pero no condescender con la ira y la soberbia.

En otros momentos habrá que afrontar la situación con firmeza, pero siempre bajo el dominio personal. El formador se encontrará en situaciones difíciles donde deberá tomar una serie de decisiones; debe ser muy sincero consigo mismo para evidenciar los verdaderos motivos que le llevan a una determinada postura o a dar una indicación “por el bien del chico o la chica”. Es muy triste ver cómo decisiones que pueden marcar el rumbo de un chico (como la expulsión definitiva del colegio), son tomadas de forma impulsiva y hasta rencorosa.

Hay que fomentar también la capacidad para resolver problemas. Las condiciones ideales para el trabajo con adolescentes nunca se van a dar. Los problemas y dificultades serán parte constitutiva del trabajo cotidiano. Es necesario desarrollar una actitud resolutiva. Es inútil estar quejándose de las dificultades, de la falta de medios y de apoyo. El formador cristiano tiene que despertar su capacidad de iniciativa, sin esperar a que le den todo hecho. Debe trabajar con sentido de competencia resolutiva y de conquista de metas. Sí, sabe que los frutos dependen de Dios, de su cuando y su como Él quiera; pero también sabe que él debe poner las condiciones necesaria para que puedan darse en algún momento (es eso lo que puede y debe evaluar). Esa es la pedagogía habitual de Dios, que no se salta las causas segundas (la libre y responsable acción del hombre). Sería una grave omisión dejarse llevar de la improvisación o del trabajo con metas raquíticas. Además, los resultados objetivos han de ayudarle a ser realista y sanamente inconformista; a saber rectificar el camino cuando sea necesario (sin olvidar lo dicho sobre los cambios excesivos que confunden al chico). Es verdad que con los adolescentes los resultados no se  pueden  ver  de modo inmediato; pero sí se puede evaluar de forma precisa todos los medios, los recursos metodológicos, el tiempo real que se está empleando para el bien de las personas encomendadas.



Una profesora de religión, en México, se lamentaba continuamente de no ver en sus alumnos una respuesta cristiana inmediata. Pero lo cierto es que muchos ex alumnos la recordaban con cariño, y aunque fueran unos trastos tenían bien aprendido lo fundamental. “Si algo me quedó de todas las clases de religión –me comentaba uno-, es que al final de mi vida tendré que rendir cuentas a Dios. Pero que es un Dios misericordioso que me ama como soy”. No es poco logro.

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