viernes, 29 de julio de 2011

Los jueves con Edu y Marta: PRINCIPIOS PEDAGÓGICOS II

PRINCIPIOS pedagógicos fundamentales

1.       De persona a persona 
2.       De auto-convicción     HOY
3.       De formación integral
4.       De gradualidad y flexibilidad
5.       De conocimiento y crecimiento constante
6.       De eficacia metodológica
7.       Cristocentrismo 



 Principio de auto-convicción




       El principio de auto-convicción es uno de los más importantes en la sana pedagogía cristiana. No basta que el ambiente, los educadores, las herramientas de trabajo se encuentren en óptimas condiciones. Si el educando no desea formarse, si no pone lo mejor de su parte, sencillamente, no se formará. Llegará a tener una forma­ción endeble y superficial que no calará hasta el interior; y por más acompañamiento o medios que el educador ponga (no nos engañemos), al final los aparentes logros, si se llegan a dar, serán simples pompas de jabón o meros vuelos de aviones de papel... El proceso educativo de los muchachos se basa en la interiorización del comportamiento, de las actitudes y de los valores; por tanto, el formador debe forjar en ellos un gran espíritu de convicción y sinceridad, para que no hagan nada inducidos por coacción externa, miedo o presión ambiental. Cuántos problemas se habrían ahorrado tantas instituciones educativas de antaño –y de no tan antaño- si hubieran aprendido a aplicar este principio.



No se me olvida el caso de un chico, muy bueno, pero que era un auténtico desastre en el colegio y en el centro juvenil: inquieto, desordenado, capaz de romper un objeto por día. El padre no lo podía creer, no lo aceptaba, su hijo era impecable en casa… Y es que el chico seguía unas estrictas normas de orden en casa… Pero bajo la presión de un padre autoritario, estupendo en valores fuertes, pero que no había logrado que sus hijos interiorizaran esa formación, ni la auto-convicción en los principios inculcados. Y su posición de “padre perfecto” no le permitía ver la realidad de su hijo de puertas para afuera, lejos del “firme hogar”.



       A simple vista podría pensarse que la auto-convicción consistiría en dejar solo al educando para que alcance las metas que él crea conveniente. Es evidente que no se trata de esto. En esta línea se mueven aquellos que rechazan, por ejemplo, la dirección disciplinar, académica o espiritual, aduciendo el ya conocido argumento de la “manipulación”. Apelan a que la educación es una relación inter­personal que se inserta en las estructuras de la comunicación hu­mana, cuyo presupuesto fundamental es el respeto a la libertad de la persona. Por lo mismo –añaden- la orientación disciplinar, académica o espiritual debería ser “no‑di­rectiva", es decir, la educación no tendría que imponer una guía, consejo o solu­ción determinada para respetar dicha libertad.

       ¿Qué se ha de responder a esa postura que busca “manipulación” en la exigencia educativa? Ante todo, hay que disipar un equívoco de fondo: una cosa es suplantar a quien ha de tomar una dirección determinada, y presionarlo para que la si­ga; y otra, muy distinta, inhibirse de toda ayuda orientadora y directiva que se pida, para poder buscar y seguir caminos racionales de maduración y discernimiento en la vida. El “no imponer” no significa no proponer, no inculcar y no exigir sanamente. Por más que mu­chos psicólogos y pensadores promuevan la liberación y la desinhibición de la persona en el abandono más completo a sus pasio­nes, caprichos y ocurrencias, margi­nar al chico en el momento más cru­cial de su vida, cuando se abre precisamente con mayor inquietud e ilusión a su propio futuro, equivaldría a un verdadero crimen mo­ral.

       Queda claro, pues, que el principio pedagógico de auto-convicción debe ir acompañado, por parte del pedagogo, de una clara conciencia directiva y orientadora. En la segunda parte de este libro se afrontará el modo como el adolescente, más o menos inconscientemente, espera ser dirigido en medio de sus incertidumbres y necesidades; manifiesta así el deseo innato de todo hombre de ser orientado (exigencia constitutiva de la naturaleza humana). Poco a poco, con el paso de los años, la persona irá adquiriendo seguridad, conocimiento de lo que tiene entre manos, y así poder caminar por la vida basada en sus propias convicciones, libremente aceptadas.         

       Aquí entra en juego la varia­ble libertad, que hace que no siempre se logren los resultados deseados, por muy intenso que haya sido el esfuerzo. Es necesario que el muchacho empeñe toda su per­sona para conseguir el fin; de lo contrario, la formación recibida puede reducirse a una ligera capa de barniz. El formador debe poseer la pericia para despertar en el educando el deseo sincero de formarse: sugiriéndole el camino auténtico de la felicidad, el de la donación y el amor; ofreciéndole grandes modelos e ideales; mostrándole las urgentes necesidades del mundo y la gran misión que tiene entre manos; suscitándole la satisfacción de ser un hombre responsable y del trabajo bien hecho; lanzándole el reto ambicioso de forjarse una gran personalidad  para servir mejor a Dios y al prójimo y construir así una sociedad más justa y solidaria. Estos motivos, entre otros,  se deberían usar de modo espontáneo y natural para despertar el “apetito” de la formación.



Quién no ha visto la escena del típico adolescente con cara de aburrido, con los ojos hacia arriba, diciendo en su interior: “aguanta, aguanta”, mientras su padre le da el típico sermón o mientras el profesor explica sin la más mínima emoción la materia de turno. Quién no ha visto, por otro lado, la típica película (desde viejos clásicos como Sonrisas y lágrimas, Rebelión en la aulas o El diario de Ana Sullivan a los más actuales: La sociedad de los poetas muertos, Diario de la calle, Cadena de favores, El club de los emperadores, La vida es bella…) donde el padre o maestro logran conectar y despertar el hambre de formación. Al respecto, unos buenos cineforums para educadores serían sumamente enriquecedores.


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