jueves, 23 de junio de 2011

Los jueves con Edu y Marta: ACTITUDES IV

1. Coherencia y realismo
2. Confianza y compromiso
3. Liderazgo y autoridad 
4. Cariño y exigencia      HOY
5. Paciencia y constancia
6. Calma y resolución
7. Apertura y provocación



Cariño y exigencia



Un buen educador entiende que debe guardar el equilibrio entre la intransi­gencia desmedida y la excesiva suavidad. Porque “toda pedagogía auténtica se funda en el amor y en la bondad rectamente concebida”. Efectivamente, un corazón noble muestra siempre actitudes bondadosas y comprensivas, verdadero cariño por la persona del educando. Para orientar a un alma se necesita saber llegar a su corazón y esto sólo se logra con la aceptación de la otra persona tal cual es.

       Sin embargo, cuántos padres se deshacen en mimos hacia sus hijos pequeños y a la vuelta de unos pocos años se ven obligados a deshacerse en improperios contra unos adolescentes malcriados, impertinentes y maleducados. No confundamos el cariño con los mimos.  En Italia se llama mammoni a esos chicos que a sus trece o más años son todavía peinados, ayudados a vestirse por su madre, esos que nunca se han arreglado la cama o limpiado la habitación; esos mismos que cuando se casan tienen serios problemas porque sólo pueden comer la comida que le hace su mamá...

       Vivimos en una sociedad en muchos sentidos esquizofrénica, y corremos el peligro de educar esquizofrénicamente a nuestros hijos. Por una lado se alaba el esfuerzo personal, pero por otro se sobreprotege y se hace rehuir del sacrificio. Una vez más insistimos: cuidado con la sobreprotección. Los golpes son necesarios para aprender a sobrevivir, y para vivir en plenitud.



Ponen en boca de un famoso boxeador, que llegó a ser un gran campeón, estas palabras: “Recuerdo uno de mis primeros combates profesionales. Yo tenía agarrotados todos los músculos del cuerpo. Eran los nervios y la figura imponente de mi adversario. La verdad, estaba aterrado. Las motivaciones de mi entrenador no hacían su efecto. Tenía ganas de salir corriendo. Por otro lado yo sabía que me jugaba mi carrera. Pocas veces te dan otra oportunidad. Sabía que podía perder, pero no por K.O. Comenzó el combate y, efectivamente, mi contrincante se abalanzó sobre mí como una apisonadora. Yo me protegía como podía; retrocedía. Pero pasó algo que no me esperaba. El primer gancho al hígado, en lugar de dolerme, hizo que mi cuerpo reaccionara. Luego vino un golpe a la cabeza. En lugar de aturdirme, cosa que tanto temía, me hizo ver las cosas más claras: o me ponía al ataque o estaba perdido; o abandonaba mis miedos o perdía mi profesión; perdía lo que necesitaba para vivir, lo que, en definitiva, me daba vida. Desde ese momento todo cambió. No sólo no perdí de K.O., gane por algunos puntos. Ahí aprendí que los golpes en la vida son necesarios, y que si los sabes encajar, te ayudan a triunfar. Y aprendí también que no podía empezar nunca más un combate con la idea de que ya me iba bien perder mientras no fuera de K.O.”



       Hay que procurar exigir lo má­ximo según las posibilidades de cada quien, sin condescendencias, sin blandengue­rías ni bonachonerías, pero al mismo tiempo con suavidad, afabilidad, caridad auténtica. Ya lo enseñaban los clásicos: Suaviter in forma, fortiter in re (suave en las formas pero fuerte en el contenido). Todo un programa educativo tan costoso como necesario. Sólo el hombre prudente es capaz de discernir la dosis que se requiere aplicar en cada momento: “el formador humilde sabe ser prudente, sabe emplear aquellos medios que me­jor le ayuden a realizar la obra de educar. En ocasiones será exigir sin contemplaciones, como el médico cuando ha de zanjar un tumor maligno con el bisturí. Otras veces, será esperar, aceptar la andanada o el chaparrón provocado por las pasiones desencadenadas del educando”. 



El padre de Guillermo siempre se equivocó en esto de la exigencia. A cada rato le gritaba, le humillaba, parecía que Guillermo no hacía nada bien. A pesar de que aparentaba seguridad con los amigos, bravuconería, chulería, lo que padecía Guillermo era un enorme complejo de inferioridad, una inseguridad extrema. Llegó a ser enfermiza su actitud de celos por su novia. Casi ni se la podía saludar. Toda su inseguridad la había volcado en la “posesión” de esa novia y le era insoportable ver a alguien acercarse a ella, a ella que era su única seguridad. ¡Cuántos conflictos y cuántos sufrimientos a causa de  esto! Y todo empezó en un padre que sólo hacía que humillarle en plan bravucón.




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