jueves, 9 de junio de 2011

Los jueves con Edu y Marta: ACTITUDES II

1. Coherencia y realismo
2. Confianza y compromiso    HOY
3. Liderazgo y autoridad 
4. Cariño y exigencia
5. Paciencia y constancia
6. Calma y resolución
7. Apertura y provocación


Confianza y realismo


El formador de adolescentes debe tener una gran certeza de lograr la buena cosecha, por su confianza ilimitada en la acción de Dios, primer interesado en la vida de esos muchachos. Hay que recalcarlo: es necesario, como condición de posibilidad de la labor educadora, tener gran seguridad de que se va a lograr el fruto anhelado para los chicos (que no siempre acaba plasmándose según ciertas expectativas y tiempos marcados por los educadores).

En la lucha sin tregua contra toda clase de obstáculos hay que armarse de un gran espíritu de fe y de una confianza inmensa. ¡Cuántas madres desanimadas apenas comienzan en casa los problemas de los pubescentes! Hay que luchar siempre con gran fuerza y energía, pero ante todo con las fuerzas que vienen de lo alto... El carácter de formador cristiano exige un espíritu sobrenatural recio y una gran perseverancia divina en la lucha por el éxito en el negocio más grande que tenemos entre manos: nuestros hijos y nuestros educandos.

El buen formador es consciente de estar construyendo sobre la acción de la gracia. Con esta conciencia busca contagiar su amor al ideal cristiano alimentándose de una frecuente vida de oración y de una buena dosis de auto-renuncia generosa y alegre, que garantice la fecundidad trascendente de su acción. ¿Cuántas veces se nos ocurre rezar antes de tomar una decisión sencilla, como la de poner un castigo, o una más seria, como la de decidir el colegio que vamos a dar a nuestros hijos?

Por otro lado es necesaria, además, una buena dosis de realismo que lleva al compromiso efectivo; “a Dios rogando...”. Una acción es eficaz, a nivel humano, cuando hay una mente realista que observa, analiza, determina con prudencia y ejecuta con resolución. Esta visión realista sin duda debe quedar encuadrada en una visión de fe; sin embargo, una no anula la otra. El formador cristiano puede errar en la dirección de su acción si le falta una correcta adaptación a la realidad. Como se suele decir: mirada en el cielo, pero los pies en la tierra. Por esto mismo, el formador no se pregunta qué podría hacer, sino qué hay que hacer; es decir, siempre actúa mirando cara a cara las situaciones concretas, después de haber pedido luz y de haber reflexionado lo necesario, aplicando con prudencia los principios pedagógicos generales.

Se podría decir, de otro modo, que para educar es imprescindible el sentido común aplicado en abundancia y con generosidad. Sentido común que se puede desarrollar simplemente con observar cómo funciona la vida misma y cómo actúa la gente sabia y de experiencia, la gente que tiene cuatro principios claros en la vida y no se complica con teorías raras y pseudo-científicas. Para aplicar el sentido común en el trabajo pedagógico hay que evitar toda extravagancia, así como el rigorismo formativo. El hombre realista no se deja arrastrar ni de modas fáciles ni de prejuicios intelectualistas; no se queda anclado en el pasado, con lamentaciones inútiles de lo mal que está ahora la juventud, ni se deja sorprender de los esnobismos pedagógicos que, muchas veces, son fruto de mentes traumadas por malas experiencias, o enfermas de modernidad a ultranza.

Realismo que pone en constante movimiento al formador, en la búsqueda del bien de la persona encomendada. Un realismo que sabe que la vida del adolescente implica una disponibilidad permanente, no sólo reactiva, sino proactiva ante todo. Un realismo que sabe que el “acomodamiento pedagógico” es un craso error.

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