domingo, 5 de junio de 2011

Cuentos que sí cuentan: religión sana y verdadera

 13 º eslabón. Una historia “boscosa” que une a Dios y al hombre en sana religión.  

 Hace mucho tiempo existía un bosque al que no le faltaba nada: interminable y frondoso, con su río lleno de piedras pulidas y sus pájaros exóticos. Incluso, desde hacía siete siglos, en medio del bosque se levantaba una ermita callada.

Estaba construida por fuera de piedra tallada; por dentro labrada de madera noble. Nidos de pájaro completaban los huecos de sus recios muros; algunas telarañas adornaban las vigas más altas.

Y en esa región vivía un muchacho estupendo. Le gustaba, después de la escuela, darse por ahí una vuelta, contemplar la armonía del bosque, correr esquivando los troncos, cruzar el río entre las piedras, silbar con los pájaros y, como buen muchacho, cazar algún grillo ruidoso.

   No faltaba una visita a la vieja ermita. Le gustaba sentir el frío duro de la piedra en sus rodillas postradas; le gustaba mirar la madera añeja de la figura crucificada.

  Un día el muchacho iba como de costumbre, después de la escuela, por el bosque. Pero ni corría entre los árboles, ni saltaba las piedras, ni cazaba grillos, ni entró a la pequeña iglesia.

   Silencioso se sentó junto al roble más viejo y más sabio del bosque.

   “¿Qué te pasa esta mañana? –le preguntó el roble al muchacho, con voz dulce de sabio–. Ni corres, ni saltas, ni silbas, ni cazas. Y no has entrado en la ermita para hacer tu visita.”

  “Es que el maestro, hoy en la escuela, mientras hacíamos un examen, se preguntaba en voz alta, porqué los hombres talaban los bosques, por qué tallaban las piedras, por qué cazaban animales. Se preguntaba porqué el hombre construía para Dios iglesias, destruyendo la naturaleza. Decía, si acaso no era más impresionante el templo de la naturaleza por Dios creada.”

          “No estés triste, muchacho –le respondió el viejo árbol–. Escucha y entiende esto que te digo; cuando Dios me creó, fíjate lo que me dijo: `Te daré la imponente belleza, pero no la libertad para amar y buscar la verdad. Te daré la fuerza para que me glorifiques con tu grandeza... Pero mi criatura predilecta es el hombre y su compañera; a ellos quiero amar y, por ello, les daré espíritu y libertad´.”

  El muchacho miró con grandes ojos al frondoso árbol. “Es verdad que el hombre a veces abusa… –continuó el sabio roble, un poco nostálgico–, que tala sin replantar, que talla y raya pedruscos por donde va, que caza a veces con rabia y saña. Pero... ¡tú no sabes!;  hace siete siglos las piedras del río se peleaban por ser muros de la ermita. Mis antepasados se entristecían por no haber sido elegidos para transformarse en fuertes vigas para el techo de la pequeña iglesia. Y mira cómo en la ermita, todavía, los pájaros mantienen sus nidos y las arañas sus telarañas.”

          El muchacho, entusiasmado, corrió al interior de la callada ermita. Probó, una vez más, arrodillado, el frío de la piedra; y miró las vigas y el leño tallado. Silbó como los pájaros, acarició una telaraña, cazó un grillo para el crucificado…

     Y entonces, un acto de amor puro, humano, se elevó al cielo; y el bosque entero, perfecto, crujió emocionado.

         
 ¿Por qué no vamos a darle a Dios lo que se merece? El hombre desde siempre ha elevado grandes obras en honor a Dios, porque grande era su fe y  su amor hacia el Creador.

Toda la naturaleza es un canto de amor a Dios y a Él hay que darle lo mejor de ella. No se trata de destruir innecesariamente la naturaleza, pero sí de saber usarla de la mejor forma posible, para dar gloria al Señor de todo.

Si hoy hay gente tan tacaña con Dios es porque falta fe y amor, y mucha gratitud. Lo de defender la naturaleza, muchas veces, es excusa barata.

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