jueves, 5 de mayo de 2011

los jueves con Edu y Marta: DEFINICIÓN DE EDUCACIÓN Y PAPEL DEL EDUCADOR


Definición de educación y papel del educador




1.        Una definición de educación

2.       Elementos esenciales en la definición de educación

3.       Resoluciones inmediatas en la mente de padres y educadores

4.       La educación como acompañamiento

5.        Un compendio de la vocación formativa: Enseñar, Educar, Evangelizar





1.      Una definición de educación

      

       Ya vemos, por la misma etimología de la palabra (educere, sacar de dentro), que la educación nunca podrá ser una mera transmisión, desde una posición más o menos enfrentada, de contenidos o de una doctrina, menos de hábitos o valores, etc. Educar incluye enseñar, pero no al revés.

       Puestos lo fundamentos de la educación, tal como hemos intentado en el capítulo anterior, podemos definir el proceso educativo como una relación interpersonal e intencionada (que parte de una persona ‑el padre, el educador, maestro, director espiritual‑ y se dirige a otra persona ‑el hijo, el educando, alumno, dirigido‑), en un ambiente adecuado, para lograr de modo gradual el crecimiento integral e integrado del ser humano (plenitud existencial: corporal-sensitiva, intelectiva, volitiva-moral, trascendente…), mediante actitudes, principios, contenidos, habilidades y herramientas pedagógicas concretas.

       Por tanto, mucho más importante que los contenidos, que los métodos y medios (en los que muchas veces se centra la educación de las personas), lo es la relación personal que se entabla (verdadero encuentro) y el ambiente que se consigue. Si esto no queda claro y asimilado, no se puede seguir adelante. El resto de este libro debería ser sólo eso, una ayuda para lograr la relación y el ambiente educativo adecuados.

  


2.     Elementos esenciales en la definición de educación



       Desentrañemos un poco más los cinco elementos fundamentales en la definición de educación que acabamos de dar:



a)     En primer lugar, el ele­mento personal y relacional. La educación es ante todo una relación entablada. Una relación que debe ser auténtica y que debe llevar a una transformación que no se puede quedar en una sola de las partes (del educando). Si la relación es auténtica, el padre o el educador estarán abiertos a ser transformados también ellos, a ser enriquecidos. Empezar con la actitud “soy yo quien te va a enseñar”, es empezar mal; más si hablamos de adolescentes y jóvenes. Debemos entender que, en el desarrollo de nuestra propia personalidad y de nuestra propia vida, necesitamos también enriquecernos mientras somos educadores. Educar no es meramente dar. Hay que saber recibir, saber aprender mientras se entabla una relación de educación; saber ser verdaderamente humildes.

La educación es algo muy humano, requiere la participación de los hombres y de todo el hombre, es decir, se requiere empeñar todas las fuerzas espirituales, psicológicas y fisiológicas tanto de parte del educando como del educador.

El adolescente perciben de inmediato si se están entregando enteramente a él, a su formación, buscando sólo su bien, o si bien se está “cumpliendo” meramente con los mínimos requeridos. Por su lado, el educador debe calibrar el grado de interés con que se reciben los elementos formativos que él quiere transmitir, si ha logrado una verdadera relación (un encuentro fructífero), si sus esfuerzos son compensados.  En definitiva, como se suele decir, el educador debe ante todo ver si ha conectado con el chico.

      Todo esto, obviamente, descarta un concepto de educación “a distancia”, “de masas”. Así se podrá informar, pero no formar. No nos equivoquemos: estudiar a distancia, sí, si no hay remedio; educar a distancia, jamás. Educar es imposible sin acompañar personalmente, presencialmente, sin contacto y sin firme compromiso personal.



Hay familias que tiene la oportunidad de mandar a sus hijos a estudiar al extranjero. Estupendo si pueden. Pero cuidado que no haya una mentalidad pragmática o academicista. Cuidado que no sea una válvula de escape. Cuidado que se prolongue por años… Cuántas familias mandan fuera a sus hijos adolescentes cuando empiezan los problemas serios y la impotencia pedagógica. No dudamos que pueda ser muy útil un “cambio de aires”, que ayude al chico a valorar lo que tiene, a encontrar un ambiente de disciplina en un internado. Pero cuidado que ese periodo no signifique simplemente “retrasar” la solución a los problemas. Una cosa es encontrar alternativas para resolver situaciones difíciles y otra cosa muy diferente es no afrontar y resolver esas situaciones. Hay que lograr relaciones sanas y estables donde puedan encajarse bien las problemáticas concretas y las situaciones complejas que nunca faltarán.



b)     En segundo lugar, la necesaria intencionalidad para dar inicio al proceso educativo. No toda relación humana es de por sí educativa. Se requiere una intencionalidad objetiva y concreta, es decir, se requiere el querer explícito de  una actitud educativa; actividad que buscará llegar, lo más posible, a toda la actividad espiritual y corporal, intelectual, volitiva y afectiva, a todas las acciones concretas del educando. El educador busca en todo momento influir sanamente, enriquecer, guiar, llevar a plenitud la vida y la personalidad del educando, mediante esa relación transformante y mediante el resto de elementos que abordaremos en breve. Con el paso de tiempo ese querer ser educador se irá haciendo más implícito y espontáneo; pero no se puede dar por supuesto desde el inicio.

        Al­gunos anti-pedagogos, iluminados de nuestro tiempo, han pre­tendido identificar esta mediación del educador en la vida del educando como una manipulación. Pero, pretender vivir en una "burbuja de cristal" donde nadie pueda recibir influencias de otros,  ¿acaso no es una utopía o un falseamiento de la naturaleza humana? Hay muchos fac­tores que influyen, y deben sanamente influir: personas, alimentación, clima, lugar de nacimiento, épo­ca histórica, etc. Es más, el hombre es un ser social y no alcanza su pleno desarro­llo si no es en contacto con otros hombres.



¡Cuántos sistemas y métodos educativos han caído en las últimas décadas por ineficaces! Y casi todos estaban basados en principios como el de “dejar hacer al chico…”, “no agobiarle con tareas y exámenes, con renuncias…”, “cero imposiciones”,  “mera asertividad”,  “que se exprese tal cual y que sea natural” (a costa, por ejemplo, del respeto al profesor, del pensar en los demás, etc., etc.). ¿Qué estamos haciendo con nuestros hijos? ¿Qué principios educativos se esconden detrás de nuestras posturas concretas? ¿Qué clase de comodidad egoísta ha invadido nuestros hogares y nuestras aulas, solapada en una mentalidad progresista e innovadora? No dejaremos de repetirlo: enseñar sin adoctrinar, educar sin moralizar, proponer sin imponer, acompañar sin agobiar pero tampoco sin abandonar.

          

c)      En tercer lugar, el ambiente adecuado. Como la atmósfera nos protege y nos mantiene vivos, así hay que crear un ambiente educativo que preserve y facilite el desarrollo de la relación educativa. Es un círculo virtuoso que hay que consolidar. Si la relación es la adecuada, aparecerá el ambiente propicio. Si logramos cuidar ese ambiente (con detalles y elementos muy concretos), lograremos preservar la relación y llevarla a su plenitud. Cuando el ambiente es irrespirable ni la más sólida de las relaciones se mantiene. Ocurre con el matrimonio, ocurre en el trabajo, ocurre con los amigos, ocurre, obviamente, en el proceso educativo.

      A lo largo de este libro intentamos dejar consejos concretos para crear ese ambiente educativo propicio. Corresponde a los padres y educadores preguntarse con frecuencia sobre el estado real de ese ambiente; observar si hay síntomas internos o externos de descomposición; y analizar objetivamente cuáles son los motivos concretos de esa descomposición.




d)     En cuarto lugar, el fin de esa relación y de ese ambiente que se han creado: lograr de modo gradual el crecimiento integral e integrado del ser humano. Repitamos lo dicho: no se trata simplemente de lograr avances académicos, ni hábitos más o menos arraigados (virtudes), ni simple crecimiento mental y corporal, se trata de que el ser humano logre paulatinamente, y por ello sin pausas o sin agobios innecesarios,  una plenitud existencial armónica. Éste es otro de los  fines principales de este libro, dar buena cuenta de esa integralidad y de cómo lograr integrar todas las facetas en la vida del chico, el insistir en no quedarnos en medios concretos o en dimensiones aisladas de la persona, y específicamente del adolescente (toda la segunda parte).

      La educación, como hemos señalado, no es un camino fortuito ni un camino de coacción, mucho menos de avasalla­miento. Es un camino buscado y aceptado para la promoción de toda la persona. Lograr que las personas descubran que han de abrazar un estilo de vida, una serie de convicciones y valo­res, y de rechazar otros contravalores, no porque los propone y, menos aún, los impone el padre o madre de familia, el director, maestro o consultor, sino porque los descubre y acepta como un bien objetivo para su condición de persona humana. Éste es un sistema fundado en una filosofía personalista y de los valores, pero que requiere de un educador con visión trascendente y que sabe que la naturaleza humana necesita perfeccionarse con las virtudes teologales y las virtudes cardinales (infusas). Esto es lo que hemos denominado una visión teo-antropológica. Esto es responder a las inquietudes propias de los muchachos, evidenciando el DNA de esas inquietudes, lo que hay de más humano y de trascendente en esas inquietudes (los valores y el sentido de fondo que se esconden en las manifestaciones típicas de los adolescentes).

    

Un educador puede caer en la tentación de basar toda su actividad educativa en un programa preestablecido construido sobre un perfil ideal de chico al que hay que llegar (no queremos negar con esto la necesidad de ese perfil o de ese programa). Tentación de enfocarse, como hemos dicho en el primer capítulo del libro, en la acción educativa y programada. Otro educador (habiendo asimilado bien ese programa y ese perfil ideal) puede centrarse en el chico en sí y en sus inquietudes concretas. Si el chico está sufriendo, por ejemplo, un rechazo por parte de sus compañeros de clase, esa es su vida y esa es probablemente su mayor preocupación. Ahí caen todos los programas y perfiles ideales posibles; ahí caen todas las clases y todos los sermones que vayan en otra dirección. Ahí es donde el educador debe acompañar, logrando que el muchacho asuma, afronte e integre esa situación; que el chico pueda descubrir el sentido último de esa situación que está viviendo, los valores que puede fomentar desde esa situación, y también los anti-valores que se le pueden “pegar” a partir de esa situación. Parafraseando la cita ya señalada de la Gaudium et Spes: que el chico sea capaz de superar las contradicciones que la vida le presenta (y que le va a seguir presentando), englobándolas en el todo de su formación.



e)     Y en quinto lugar, los medios que nos permiten alcanzar nuestro fin: las actitudes, principios, contenidos, habilidades y herramientas pedagógicas concretas. La estructura de esta primera parte del libro (de los apartados C al F), se ha construido para ser una guía que sobre estos medios que deben desplegarse en el proceso educativo.


 

3.     Resoluciones inmediatas en la mente de los padres y educadores


       Una vez se ha asimilado (esperamos) en qué consiste el proceso educativo, abordemos brevemente tres resoluciones que deberían brotar, de inmediato, en la conciencia educadora:



a)     Primero, tomar plena conciencia de la importancia y del valor de la tarea edu­cativa y sacar resoluciones concretas. Se trata, ni más ni menos, de “dar vida” a la persona ofreciéndole relaciones auténticas. Se trata de formar la conciencia y el corazón de las personas para que lleguen a serlo en plenitud; acompañando y construyendo, ejemplo tras ejemplo, consejo a consejo, con cada motivación y cada corrección, con oraciones y sacrificios, el futuro y la eternidad de los educandos. Esto es algo muy serio que hay que meditar constantemente. Además, el adolescente "es como un árbol tierno, rebosante de savia joven. Si se torció y no hubo quien lo enderezase, quedó torcido para siempre". Formar, dice Pietro Braido, es algo más que un concepto o una teoría, es un encauzar la persona hacia su plenitud y madurez, que equivale a orientarla hacia el fin último de su vida, su ideal, la voluntad de Dios. Formar es colaborar en la construcción del hombre nuevo paulino en cada persona que sale a nuestro encuentro y nos es encomendada.

                 Las personas que se dedican a la enseñanza y a la formación en general deben tener bien clara la importancia y trascendencia de su misión, ya que colaboran a fraguar el futuro de las personas, de las familias y de todo el entramado social y cultural de la humanidad. Deben sentirse estre­chos colaboradores de los padres de familia, a quie­nes compete primariamente la educación de sus hijos. Sabemos que la vocación de educador hoy en día está vista en muchos ambientes como de segundo rango: “el que no puede crear su negocio, el que no puede trabajar de directivo o de investigador en una empresa… Acaba de profesor”. Semejante barbaridad se ha filtrado en la mentalidad de todos, de los padres de familia, de los chicos y de los mismos educadores. Es urgente recuperar la vocación de maestro y educador como una de las de mayor rango. Claro, están mal pagadas muchas veces, y por eso… ¡Qué pena de sociedad y qué pena esta mentalidad!         Y seamos claros: un padre o un educador que no toma nunca plena conciencia de su misión, difícilmente él mismo logrará su plena realización y su felicidad personal. Porque en lo más profundo de nuestro ser está escrito que nuestra felicidad está en cumplir nuestra misión esencial en la vida, que nada tiene que ver con lo que tenemos o en lo que trabajamos, sino con lo que somos y con lo que damos de nosotros mismo a los demás. Y la misma sociedad debe conformarse como subsidiaria y solidaria de esa misión de cada persona y de la familia.

                   

No hace mucho la prestigiosa revista Forbes sacaba la lista de los empleos que mayor felicidad provocan. Todos, empezando por el de sacerdote que ocupa el primer lugar, son empleos vocacionales, mal pagados, pero altamente satisfactorios por la interacción de personas. Por supuesto que ahí están, al inicio de la lista, los maestros y los dedicados a la educación especial.



b)     En segundo lugar, decidirse a lograr una actualización permanente. El buen educador no se contenta con lo ya adquirido sino que trata de profundi­zar más, trata de actualizarse, de estar al día. Es necesario observar constantemente a los que van por delante y que más frutos recaban; hay que saber preguntar, dejarse aconsejar; y hay que leer también buenos libros. Un buen formador busca capacitarse constantemente con el fin de ofrecer un adecuado servicio en su misión; y sabe aprender a partir de su propia experiencia. La falta de preparación no se suple con nada. El desconectarse de la realidad inmediata, el no comprenderla o no aceptarla, es camino seguro para no lograr conectar con el educando y, por tanto, para fracasar en la propia misión.

El educador, padre o maestro, debe desempeñar su labor con responsabilidad y diligencia; mantenerse permanente­mente informados sobre las materias que enseña y sobre los métodos pedagógicos más probados. Ha de ser consciente del influjo que ejerce en el muchacho y de la fuerza que tienen su tes­timonio y su consejo. Y esto le debe mantener en un espíritu de aprendizaje constante y responsable.



Qué pena los padres de familia que ven las escuelas de padres, ofrecidas por algunas instituciones, como algo superficial o innecesario. Qué pena los profesores que ven los seminarios de capacitación que les ofrecen sus centros como algo farragoso e incómodo. Qué pena los hombres de Iglesia, empeñados en la educación, que piensan que con haber estudiado filosofía y teología pueden pasar por alto una formación más esmerada en pastoral, psicología y pedagogía.



c)     Y en tercer lugar, tener en cuenta los diversos objetivos secundarios de la actividad educativa (pero no quedarse en ellos): transmisión de conocimientos necesarios, madurez humana y social, desarrollo afectivo y corporal sano, formación de la conciencia moral, amor a la verdad, promoción de hábitos, de los valores humanos y las virtudes cristianas, etc. Todos objetivos buenos y necesarios, pero al servicio del fin principal de la educación: la persona en sí y su plena realización como persona y como hijo de Dios.   Efectivamente, algunos educadores se ciñen solamente al que parece el más obvio de estos objetivos secundario, en nuestra sociedad: la transmisión de unos conocimientos. Y para ello se escudan en el papel inmediato que desempeñan: “profesor de matemáticas ¡y basta!”, por ejemplo. Pero la acción del profesor, y de todo educador, puede y debe llegar mucho más lejos. No hay que olvidar que cada palabra o gesto, cada omisión o acción, todas las actitudes del educador deben ser plenamente formativas. Del mismo modo, cada palabra, cada gesto y actitud del educando requieren ser formados según el estilo de muchacho que buscamos, un hombre íntegro y un cristiano de verdad. No olvidemos que en cada detalle se refleja el ser de la persona; por eso, atendiendo a cada detalle, puede llegarse al corazón del chico, para modelarlo según el ideal humano y cristiano.



Comentaba un profesor, de una prestigiosa institución, que usaba bastantes palabrotas en su conversación con los adolescentes  porque “es algo que te acerca mucho a ellos”. Esto es algo, más bien, cuestionable. Es verdad que no hay que atosigar al muchacho por cada palabrota que diga, que no hay que escandalizarse por cada insinuación morbosa que suelte. Pero ¡cuánto ascendiente real gana el educador que sabe guardar distancias, que da ejemplo de corrección en el trato y  que sabe corregir acertadamente! Entre la cómoda permisión  y la rigidez agobiante hay un amplio margen (más bien, todo un universo) de recta y positiva educación. ¿Qué visión real tengo yo de mi papel como educador? ¿Estoy seguro que tengo las actitudes y principios adecuados para educar? ¿Tengo la firme resolución de capacitarme y formarme permanentemente? ¿Tengo ya claro que lo primero y radicalmente es la persona en cuanto tal, su realización como persona y como hijo de Dios, por encima de otros fines secundarios?




4.     La educación como acompañamiento



a)     Es necesario en este apartado un espacio específico, aunque breve, para seguir profundizando en el tema del acompañamiento; y que sirva como recapitulación de lo dicho hasta ahora. Hemos expresado que como fundamento de la educación está la persona, la persona del otro en su integralidad y trascendencia. Hemos señalado que educar es ante todo crear una relación (un encuentro de calidad), en un ambiente adecuado, que haga crecer a la persona, que le permita sacar de su interior lo mejor de ella misma, y que pueda vivir su vida en plenitud. Si esto nos lo tomamos en serio, deberíamos sacar como conclusión lógica: “al muchacho hay que acompañarlo”. Forma parte de la esencia del ser educador.

A primera vista se podría objetar que para un padre o madre de familia la educación es más que acompañamiento: es proteger y proveer, es dirigir y tutelar, etc. Para un profesor es, sobre todo, enseñar y evaluar. Para un sacerdote, pastor de almas, es catequizar, orientar, alimentar espiritualmente. Efectivamente, esta aclaración nos debe enfocar en el sentido correcto de la palabra acompañamiento, que está muy lejos de una posible actitud pasiva o de simple expectación, con las que se puede confundir.

García San Emeterio en su precioso libro sobre el acompañamiento espiritual dice que éste es una mediación que posibilita la toma de conciencia y la personalización del encuentro de libertad, de gracia y de amor entre el ser humano y Dios. Y nosotros añadimos para todo tipo de acompañamiento: es una mediación estable que posibilita la toma de conciencia y la personalización del encuentro del adolescente consigo mismo y con su mundo, con su familia (y su gran familia la Iglesia), con sus amigos (y su gran Amigo), con toda la sociedad. Mediación en la libertad, en la gracia y el amor; desde donde está realmente el chico (y no desde donde nosotros queremos que esté) y gradualmente hasta la plenitud vivencial de esos encuentros. Quien acompaña de verdad al muchacho es quien le deja a él el protagonismo de su propia educación, sin imposiciones, sin ritmos preestablecidos, sin propuestas desencarnadas de la propia vida.

El acompañante deber ser también acompañado por alguien y sentirse acompañado en su propio equipo de trabajo, sentirse y ser parte (los llaneros solitarios ya no tienen cabida en nuestra sociedad). Es imposible ser formador sin tener formadores, educar sin recibir una educación permanente, acompañar bien sin estar uno mismo bien acompañado, conseguir frutos si no hay conciencia de ser parte de una comunidad educadora (no basta coordinarse para educar, hay que ser comunidad, ser equipo formador). Acompañar se realiza, en definitiva, más desde el ser que desde el estar.



b)     El mismo autor propone cuatro funciones del acompañante, en concreto del espiritual, y que nosotros queremos aplicar a todo tipo de educador, sea cual sea su función más específica. En los capítulos finales hablaremos más detenidamente de lo que siempre se ha conocido como dirección espiritual, y que hoy se gusta llamar, no sin motivos (pero tampoco sin confrontaciones innecesarias), acompañamiento espiritual. Veamos estas cuatro funciones:



                      i.            Función objetivadora: es misión del educador, que quiere acompañar de verdad, el situar al joven ante la verdad objetiva sobre sí mismo, sobre su familia, sobre el hombre y el mundo de hoy, sobre Dios. El acompañante, señala este autor, hace de espejo y devuelve la imagen. En este sentido es referente, disipa falsas expectativas, ensancha horizontes, abre el apetito. Y lo hace acompañando no adoctrinando. Qué pena que tantos educadores omitan esta función tan importante.



                    ii.            Función confrontadora: el educador guía al joven en el descubrimiento de las propias incoherencias y carencias, de su situación real en los diversos ámbitos de su vida y de su formación.  Ayuda a que el chico relacione lo que dice con lo que hace realmente, el cómo cree que son las cosas con el cómo realmente son. Le ayuda a la personalización, a que se vaya aclarando, a desenmascarar sus engaños, incongruencias, trampas... Y, muy importante, detecta los valores que afloran en medio de sus sentimientos, aspiraciones y deseos, y la cizaña de los anti-valores que pueden estar brotando. También muchos educadores evaden esta función, tantas veces incómoda, de confrontar al chico con su realidad.



                  iii.            Función pedagógica: se trata a crecer en la asimilación de esos valores (contenidos, herramientas pedagógicas, etc.) mediante la programación y evaluación de las acciones y las experiencias correspondientes a cada ámbito educativo. Aquí, como veremos, se impone la ley del crecimiento constante. Muchos educadores, consciente o inconscientemente, restringen su labor a esta función, y no se dan cuenta de la importancia transcendental de las otras funciones para que, también en ésta, haya frutos.



                  iv.            Función estimuladora: educar acompañando es animar a valorar el crecimiento y las conquistas alcanzadas; es apoyar y estimular el camino emprendido, especialmente en los momentos de oscuridad y de crisis, a veces tantos y tan largos en la adolescencia… Veremos actitudes y herramientas que ayudan a esta función. Qué lejos de esto se encuentra la figura del padre o profesor que simplemente dice o explica, decreta o manda, reprocha o premia y que, en definitiva, desaparece en cuanto puede.



                                
 El amor verdadero acompaña sabiendo cuándo hay que usar mano izquierda (como antes se decía) y cuándo no. El amor verdadero nunca rompe y a la vez nunca consiente. El amor verdadero no se desentiende en los momentos difíciles ni se limita a esperar; acompaña prudente y pacientemente. ¿Me puedo considerar un acompañante? ¿O mis relaciones con los educandos están, en definitiva, constituidas de “líneas” que apenas confluyen, o incluso peor, que van en direcciones antagónicas sin posible intersección?





5.     Un compendio de la vocación formativa: Enseñar, Educar, Evangelizar



Lo proponemos como resumen y lema para el formador cristiano, para las instituciones y centros de enseñanza católica.



a)     Enseñar: es la acción más externa en el papel del formador o de la institución. Es ofrecer conocimientos y habilidades a las facultades intelectuales, contenidos de todo tipo: académicos-curriculares, culturales, también de doctrina cristiana, etc. La excelencia académica y los sistema didácticos eficaces no pueden faltar; más en nuestro tiempo donde muchas familias, presionados por la competitividad laboral, priorizan estos elementos a la hora de elegir colegio para sus hijos. La Iglesia, desde los primeros monasterios y las primeras universidades, ha ido a la cabeza de la investigación y del desarrollo de la cultura. Con energía debemos retomar este reto que a gritos nos está pidiendo una sociedad confundida por el mecanicismo y el cientifismo (ideologías emanadas de una falsa concepción de la ciencia). Sabemos que las verdades de este mundo no sólo no están reñidas con la Verdad, sino que la percepción existencial de esa Verdad facilita el camino para una creciente comprensión científica del mundo.



Esa fue la percepción que permitió la revolución copernicana. Copérnico (por cierto, era sacerdote) se decía así mismo que Dios era sencillo y que las leyes de su creación debían serlo también. Por eso intuyó como erróneas las ecuaciones, complejísimas, necesarias en astronomía para mantener el sistema ptolemaico. Todo era más sencillo si se pensaba la Tierra alrededor del Sol (toda una metáfora para nuestro tiempo). Obviamente, era una intuición que había que demostrar científicamente.

Albert Einstein (1879-1955), fundador de la física contemporánea, premio Nobel en 1921 (Teoría de la Relatividad): “Todo aquel que está seriamente comprometido con el cultivo de la ciencia, llega a convencerse de que en todas las leyes del universo está manifiesto un espíritu infinitamente superior al hombre, y ante el cual, nosotros con nuestros poderes debemos sentirnos humildes”.

Max Plank (1858-1947), fundador de la física cuántica, premio Nobel en 1918: “Nada pues nos lo impide, y el impulso de nuestro conocimiento lo exige… relacionar mutuamente el orden del universo y el Dios de la religión. Dios está para el creyente en el principio de sus discursos, para el físico, en el término de los mismos”

Allan Sandage (1926-), astrónomo, calculó la velocidad de expansión del universo y la edad del mismo por la observación de estrellas distantes: “Era casi un ateo prácticamente en la niñez. La ciencia fue la que me llevó a la conclusión de que el mundo es mucho más complejo de lo que podemos explicar. El misterio de la existencia solo puedo explicármelo mediante lo Sobrenatural”.



b)     Educar: es poner y mantener las condiciones y medios necesarios para que la persona pueda desarrollar y perfeccionar todas las dimensiones de su humanidad y de su personalidad, para lograr actitudes correctas, valores y virtudes fundamentales, mente ordenada y potenciada, afectos y pasiones encauzadas, voluntad consolidada, personalidad integrada. Todo ello, como hemos señalado, ajustado y armonizado desde la dimensión base de la vida humana: una espiritualidad trascendente. Objetivo de este libro es proponer a todos los formadores (también los dedicados a la enseñanza curricular) las pautas para ser verdaderos educadores. ¿Se puede ser un buen enseñante sin ser buen educador? ¿Los centros de enseñanza acaso están olvidando en la práctica que deben ser centros educativos?



“El contexto socio-cultural actual corre el peligro de ocultar « el valor educativo de la escuela católica, en el cual radica fundamentalmente su razón de ser y en virtud del cual ella constituye un auténtico apostolado ».(8) En efecto, si es cierto que en los últimos años se ha prestado mayor atención y ha crecido la sensibilidad por parte de la opinión pública, de los organismos internacionales y de los gobiernos hacia los problemas de la escuela y de la educación, también hay que señalar una extendida reducción de la educación a los aspectos meramente técnicos y funcionales. Las mismas ciencias pedagógicas y educativas aparecen más centradas en los aspectos del reconocimiento fenomenológico y de la práctica educativa, que no en aquéllos del valor propiamente educativo, centrado sobre los valores y perspectivas de profundo significado. La fragmentación de la educación, la ambigüedad de los valores, a los que frecuentemente se alude obteniendo amplio y fácil consenso, a precio, sin embargo, de un peligroso ofuscamiento de los contenidos, tienden a encerrar la escuela en un presunto neutralismo, que debilita el potencial educativo y que repercute negativamente sobre la formación de los alumnos.” (Carta La escuela católica en los umbrales del tercer milenio, n.10)



c)      Evangelizar: es llevar al chico a la experiencia y al encuentro definitorio de toda su vida y su existencia. Como señala Benedicto XVI, al inicio de su encíclica Deus Caritas est, el cristianismo no es una doctrina ni una moral, es una Persona. Y esa Persona viene a traer salvación y a mostrar ese sentido definitorio para todo hombre, para cada hombre. Privar al muchacho de esa experiencia y de ese encuentro es, en último término, engañarle en sus expectativas y vaciar de sentido todo su esfuerzo por aprender y educarse.



Continua la carta sobre la escuela católica: “Es, por tanto, necesario que también hoy la escuela católica sepa definirse a sí misma de manera eficaz, convincente y actual. No se trata de simple adaptación, sino de impulso misionero: es el deber fundamental de la evangelización, del ir allí donde el hombre está para que acoja el don de la salvación.”



       Muchos formadores y centros educativos católicos han perdido esta dimensión de su misión, o al menos ya no saben cómo afrontarla. Sin asegurar el encuentro real con Jesucristo tratan de enseñar doctrina, y acaban adoctrinando (y por ello aburriendo, como mínimo). Sin lograr que el chico haga una experiencia viva de la amistad y del amor misericordioso de Jesucristo, tratan de enseñar moral, y acaban moralizando (y por ello saturando, como mínimo). Y, en definitiva, sin hacerles atractiva la necesidad de pensar y vivir “en cristiano”, toda su formación acaba siendo fagocitada por la mentalidad reinante: competitividad individualista, consumismo materialista, relativismo desintegrador…



El documento para el Sínodo sobre la Nueva Evangelización (n.5) señala que la tarea de la evangelización se encuentra frente a nuevos desafíos que cuestionan prácticas ya consolidadas que debilitan caminos habituales y estandarizados. Pide a las instituciones y a los cristianos que tengan un primer momento de auto-verificación y de purificación para reconocer los vestigios de temor, de cansancio, de aturdimiento, de repliegue sobre sí mismo, que la cultura en la cual vivimos haya podido generar en ellos. Y pide, en el segundo momento, el urgente impulso (en el Espíritu) de la experiencia de Dios como Padre, que el encuentro vivido con Cristo nos permite anunciar a los hombres.



       En este sentido invitamos a todos los educadores a volver a repasar el final del primer apartado del libro: encuentros, convicciones  y decisiones, desde las preguntas que tocan la vida real. Un método existencial para ponerse acertadamente delante del muchacho y para lograr ponerlo a él delante de Jesucristo, con entusiasmo y convicción transformantes. Dejamos este precioso testimonio relatado por el cardenal Christoph Schonborn:



Les voy a contar brevemente mi pequeña —muy pequeña— experiencia, para a continuación dejar a alguien añadir unas palabras en torno a la cuestión.

En primer lugar, aunque evangelizar directamente suponga un gran gozo, existe también un inmenso temor a hacerlo. Yo soy un auténtico cobarde cuando se trata de hablarle a alguien de mi fe cara a cara y en plena calle; y creo que no soy el único en temer ese gesto tan simple de anunciar el kerygma, ¡la buena nueva! Sin embargo, cada vez que he vivido una experiencia de este tipo, me he sentido inmensamente feliz. Echo de menos este acto de evangelización. A veces nos hacen falta experiencias negativas para darnos cuenta de lo que Jesús quiere de nosotros.

Un día, estando en el tren, entró una pandilla de jóvenes que iban bastante bebidos. Acababan de aprobar la selectividad y acudían a una «megafiesta» por ese motivo. Yo estaba leyendo piadosamente mi breviario y me interrumpieron. En Austria el Cardenal es bastante célebre, así que en cuanto me reconocieron comenzaron a intercambiar burlas y comentarios. Me di cuenta de que buscaban alguna reacción por mi parte y, ejercitándome en la virtud, les dirigí alguna sonrisa. Cuando se bajaron en Salzburgo, ya sabía que tenían intención de viajar a Turquía, donde en los grandes botellones que se organizan para los estudiantes el sexo está a la orden del día, y los preservativos y la píldora se reparten de forma gratuita. Es un espectáculo lamentable. Una vez se hubieron bajado del tren, sentí lástima de mí mismo: te han puesto delante a una veintena de jóvenes que, a pesar de las pullas, obviamente esperaban algo de ti: el Cardenal, ¡su Cardenal!, está ahí, en el tren. Al menos podía haberles preguntado: «¿Qué tal la selectividad? ¿Habéis aprobado? ¡Felicidades!». Sólo unas palabras... Pero no quería que me molestasen, porque estaba rezando el breviario.

Aún continúo poniéndome rojo cuando pienso que aquellos jóvenes se fueron a Turquía (con todas sus consecuencias) sin que yo, como hizo Jesús con la samaritana, les anunciara el Evangelio: «Dame de beber». Una palabra cercana, oportuna. Podrían haber dicho: el Cardenal ha hablado con nosotros y nos ha felicitado por la selectividad. Se trata de no desperdiciar el momento cuando Jesús nos lo pide: «Ve y anúnciales el Evangelio; no hacen falta muchas palabras: basta con tu presencia».

A la hermana Catalina de la Trinidad, de la Comunidad de las Bienaventuranzas, le pido ahora que nos enseñe a sacerdotes y obispos la manera de evangelizar a los jóvenes…. «En compañía de mis hermanas de la Comunidad, en compañía de estudiantes, de seminaristas, y a veces de sacerdotes jóvenes que se unen a nosotros por temporadas de ocho a quince días, repetimos esta aventura cada verano a lo largo de seis semanas. Yo, en concreto, llevo dieciocho años participando en estas misiones de evangelización que realizamos en las playas. Todas las noches presentamos una serie de animaciones callejeras en una docena de ciudades y pueblos turísticos de la costa, y entre las doce y las dos o las tres de la madrugada salimos en busca de los jóvenes allí donde se reúnen: en las inmediaciones de las discotecas —e incluso dentro de ellas—, en playas y parques. Cuando los neófitos le preguntan a la hermana Clara, una de las formadoras del grupo, qué decir y qué hacer con los jóvenes que se van a encontrar, ella les contesta: «Queredles como son, con sus preguntas, con sus ideas a veces tan penosas, con su rabia, con sus rebeliones contra Dios. Y quererles significa ante todo escucharles, escucharles de corazón, sin pretender a toda costa tener respuesta para todo».

Una noche la hermana Verónica y yo conocemos a Romain —diecinueve años—, que se planta delante de nosotras cuando estamos charlando con sus dos colegas: «Todo eso que estáis contando es una estupidez». Y nos suelta un montón de blasfemias y de ordinarieces. Nosotras nos limitamos a escuchar, porque sabemos que en ese momento las palabras no sirven de nada, que toda esa violencia esconde en realidad un profundo sufrimiento. Al final Romain acaba explotando: «¿Dónde está ese Dios amoroso vuestro cada vez que mi padre se lía a golpes con mi madre, y yo me llevo más de uno intentando separarles?». Verónica le dice con suavidad: «Hoy no nos hemos encontrado contigo por casualidad. Es como si Dios quisiera echarse a tus pies, apenado porque en esos momentos difíciles has creído que Él no estaba allí. Pero lo estaba, como lo está aquí esta noche; lo está». El joven se echa a llorar, conmovido por la presencia de Dios».


                   



                                                            


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