martes, 19 de abril de 2011

los jueves con Edu y Marta: FUNDAMENTOS DE LA EDUCACIÓN

1. La persona al centro

2. Una visión integradora

3. Una visión trascendente

4. El método ECyD




1.      La persona al centro


a)     Afirmamos como punto de partida que en el centro de una pedagogía sana debe estar la persona humana, la persona concreta, cada persona tal cual es. Esto, que parece evidente, deja de serlo cuando constatamos que muchos métodos y enfoques educativos de hoy en día se centran en otros aspectos; y que la adaptación de tales enfoques a cada persona suele ser nula.


      Algunos métodos se fijan más en lo sociológico: el problema de la inserción familiar o social, lograrla a toda costa para que el “conjunto juvenil” no cause problemas a lo establecido, para que los adultos puedan vivir serenamente… Otros enfoques, tal cual, son creación de la mercadotecnia para el negocio de la educación.


      Otras visiones de la educación se centran en una concepción utilitarista y mercantil de las personas. Se busca así tener “buenos” centros de enseñanza media y superior que tengan contentos, por el alto rendimiento, a los padres. Se implantan métodos centrados en la especialización o en la simple competitividad intelectual, técnica o comercial: la organización anticipada del futuro flujo de la oferta y la demanda en una sociedad globalizada.


     Que no se engañen tantos padres de familia: el parámetro de aprender bien inglés o mandarín,   por  ejemplo, está en sus mentes y en sus decisiones muy por encima de otros parámetros educativos. Y la excusa de que ellos, como padres, suplen en casa otros elementos (los consabidos valores), se queda tantas veces por desgracia en eso, en excusa.
                                                     
       
La carta (que ofrecemos completa como apéndice del libro) de la Congregación para la Educación Católica, La escuela católica en los umbrales del tercer milenio, señala al inicio de su n. 9: “La escuela católica se configura como escuela para la persona y de las personas….”

b)     Poner la persona al centro. Se dice fácil, pero las implicaciones son numerosas y el llevarlas hasta sus últimas consecuencias es el gran reto de toda institución educativa y de todo educador que quieran aportar algo que valga la pena para el futuro de las personas y de nuestra sociedad. La capacidad de romper esquemas, estructuras, horarios, modos de actuar, la capacidad de renovarse e innovar, se hacen imperantes para todo educador que pone su corazón, no tanto en su trabajo o en una supuesta responsabilidad, sino en la persona con la que trabaja o de la que es responsable.


El filósofo Kant lo llamaba y se deleitaba en: el deber por el deber. Profesionalismo, rigorismo, moralismo, ritualismo, metodismo, mecanicismo… Qué fácil es pensar que estamos actuando bien simplemente porque con “voluntarismo” aplicamos responsabilidad, métodos, sistemas, moral… Qué fácil es olvidarse poco a poco, así, de las personas. Ya lo dijo hace tiempo alguien… “Las normas son para el hombre y no el hombre para las normas”.


      Este es uno de los “trabajos” más importantes del educador de hoy; y de las comunidades dedicadas a la educación. En una sociedad cada vez más estructurada y globalizada, donde es fácil tener a la mano herramientas múltiples, mucha información y buena formación profesional, se corre el riesgo, tan real como sutil, de poner al centro de todo la organización y el trabajo concreto, el qué y el cómo, incluso el quién, pero no el para quién. Y no nos referimos a un para quién genérico, que sí se tiene en cuenta en los diseños de programas educativos (perfiles de ingreso y de egreso de los educandos), sino a un para quién concreto, vivo, diferente, único. Viktor Frankl diría que muchos educadores de hoy han caído en la hiper-intencionalidad: el exceso de querer hacer bien las cosas en la educación (exceso también analítico y casuístico) ha desenfocado el trabajo, ha apartado inconscientemente la mirada del protagonista real y, sin querer, ha atrofiado las buenas intenciones educativas.


Con un poco de atención,  uno se da cuenta de este desenfoque en muchos ámbitos. Un padre de familia que mientras oye lo que le dice su hijo no lo escucha (muchas veces ni lo mira), porque ya está pensando la respuesta perfecta que “el chico necesita”. El educador que responde a su alumno con la respuesta típica, con el tópico, porque “es lo que toca responder”.  La institución que no logra la flexibilidad en sus programas y estructuras, porque “ante todo es la ortodoxia y la eficacia comprobada”…


c)      Poner la persona del otro al centro. En una sociedad netamente individualista (más aún,  con modelos de familia creados para satisfacer las carencias del propio individualismo sin salir de él), es mucho decir “poner al otro al centro”. Las estadísticas sociológicas de la familia actual son rotundas: gran parte de las parejas se construyen sobre expectativas que no salen de ese individualismo. Por eso, cuando empieza a “doler” ese “compromiso”, pasa lo que pasa. Hoy en día en Europa uno de cada dos matrimonios (o parejas de conveniencia) se rompe. ¿Cómo hablar de poner al centro al otro, empezando por la parte más débil, el hijo? 
   

      Aquí hace falta mucho más que un manual de pedagogía para educadores. Hay una cuestión de fondo que nuestra sociedad y cada uno de nosotros debe dirimir en lo más profundo de su corazón: si ponemos al centro nuestra realización personal-profesional, y en ella el núcleo de nuestra felicidad, o si ponemos un proyecto común de amor y realización, incluyendo aquí a unos hijos a quienes educar (sin que ese proyecto común tenga que ir necesariamente en contradicción con las propias expectativas de realización profesional). El que esté leyendo esto (seamos claros), si no tiene como libro de cabecera unos Evangelios, no sacará conclusiones que valgan la pena. El educador, padre de familia o no, que no haya hecho una opción por el amor, y por la experiencia de olvidarse de sí mismo y de dedicarse al otro (y de hacerlo con frecuencia creciente), nunca será verdadero educador, ni padre o madre de familia.


      La naturaleza no engaña. Las mismas estadísticas que hablan de ese individualismo creciente, nos dicen también que el valor más anhelado sigue siendo: la familia. Una tremenda contradicción, una división entre la realidad, a la que somos empujados, y la convicción existencial de que sin los otros íntimos no podremos ser realmente felices.
        

Sabemos que los problemas se tienen que solucionar de raíz. Cuántos padres vienen urgiendo métodos, consejos, secretos, trucos, libros… El sistema moderno de “lea las instrucciones” no funciona ni funcionará nunca en la educación. El “problema” de la educación pasa por el problema de la propia “conversión permanente”. Conversión diaria para vivir la verdad de la propia existencia, y para vivirla en el amor. Quien entienda que esto es una reflexión piadosa, y no la esencia y la base firme para una verdadera labor pedagógica, la verdad no entiende nada, y ningún fruto sacará de la lectura de este libro. Es evidente que poner la persona al centro, y la persona del otro, es poner al centro de la propia vida cotidiana el amor real y comprometedor. Juan Pablo II lo dijo, de modo muy sencillo pero contundente, en la Redemptor Hominis: el hombre no puede vivir sin amor (n.10).
 

Entre risa y risa los Simpsons aportan un estilo de familia, un estilo de pensar, un estilo de vivir que no sabemos si es una crítica o si es un revulsivo para el desenfoque en el que viven tantas personas de hoy. Poner la persona al centro de nuestra labor educativa pasa por entender que persona significa ser para el otro; pasa por comprender de modo definitivo que sólo es feliz, que sólo se realiza plenamente quien pone al otro como término de todas sus aspiraciones y de su propio ser. La regla aurea sobre la que se ha construido Occidente: “considera al otro como un fin y no como un medio”,  ¿tiene fecha de caducidad?



2.     Una visión integradora


a)     Es obvio que la visión que se tiene del hombre determina las líneas pedagógicas que se quieren implantar en la sociedad y en la familia. En el siglo XX proliferaron muchos humanismos de tipo horizontal, también en ambientes cristianos. Humanismos que prometieron lo que no podían dar. Visiones filosóficas y pedagógicas que no han llegado a dar una respuesta plena y satisfactoria a la pregunta sobre el hombre. La evidencia de esta realidad no necesita mayor demostración; basta constatar con creciente insatisfacción y tremenda pena los “frutos que van cayendo…”


     Efectivamente no han faltado las respues­tas sobre el hombre; pero la mayoría se han quedado cortas, hasta raquíticas y, por tanto, injustas. No hacen honor al hombre, o lo degradan a la condición de casi animal o de máquina de producción, o lo ven, en visiones rigoristas y moralistas, como un espíritu desencarnado. O se dan las respuestas que han dejado al hombre estresado, en una concepción triunfalista y engañosa de su poder personal y de su auto-realización en la acción desenfrenada; y de ahí a la depresión, llevándolo a una at­mósfera de nihilismo existencialista. ¡Cuántos ensayos y experimentos en el concepto de persona, de familia y de sociedad moderna!

          

Sigue el citado documento obre la escuela católica: “Se trata en especial de la crisis de valores, que sobre todo en las sociedades ricas y desarrolladas, asume las formas, frecuentemente propaladas por los medios de comunicación social, de difuso subjetivismo, de relativismo moral y de nihilismo. El profundo pluralismo que impregna la conciencia social, da lugar a diversos comportamientos, en algunos casos tan antitéticos como para minar cualquier identidad comunitaria. Los rápidos cambios estructurales, las profundas innovaciones técnicas y la globalización de la economía repercuten en la vida del hombre de cualquier parte de la tierra. Contrariamente, pues, a las perspectivas de desarrollo para todos, se asiste a la acentuación de la diferencia entre pueblos ricos y pueblos pobres, y a masivas oleadas migratorias de los países subdesarrollados hacia los desarrollados. Los fenómenos de la multiculturalidad, y de una sociedad que cada vez es más plurirracial, pluriétnica y plurirreligiosa, traen consigo enriquecimiento, pero también nuevos problemas. A esto se añade, en los países de antigua evangelización, una creciente marginación de la fe cristiana como referencia y luz para la comprensión verdadera y convencida de la existencia.”


b)     Una sana pedagogía debe contemplar al hombre es su totalidad y debe saber armonizar en él todas sus dimensiones, poniendo como base y como fin la dimensión que puede dar sentido e integrar a todas las demás (¿cuál será?).


      Por tanto, no basta con asegurar que se aborden en la educación todas las facetas y dimensiones del hombre, de forma más o menos integral. Es necesaria una visión integradora que logre la unidad radical, la totalidad armónica y la paz entendida como tranquilidad del orden (tranquilitas ordinis).


Esto nada tiene que ver con la saturación a la que son sometidos algunos chicos por parte de sus padres (saturación de actividades complementarias, de altas expectativas en el colegio, de exigencias añadidas…). Hablaremos en su momento de la formación integral, sin duda necesaria. Pero de nada servirían todos esos esfuerzos y todas esas facetas si no se logran armonizar en “el todo” de la vida de los muchachos.  Qué diferencia de unos a otros. A unos chicos se les ve siempre desbordados por las tareas y actividades múltiples; se sienten sobrecargados, atosigados; no saben el porqué de tantas cosas que llevan a cabo, no saben qué es lo más importante y qué lo secundario. Se les ve, simplemente, perdidos, divididos, desintegrados… A otros, en cambio, se les ve centrados y equilibrados. En este sentido, cuántos educadores son espejos vivos, donde los chicos se ven proyectados.

Un hombre íntegro, nos dirá Juan Pablo II en la Christifideles laici (n.59), es el que posee la capacidad (desarrollada con la ayuda de alguien) de vivir una vida unitaria que supera las contradicciones.


c)      Recalquemos lo que acabamos de afirmar: que el logro de la armonía en la educación se da si se pone como base lo que algunos se empeñan en poner al final o a mitad del camino (casi a modo de cubierta o, peor aún, a modo de simple decoración). Para explicar esto un poco, y como conexión con el siguiente apartado (donde se entenderá mejor), tomemos prestado, de modo muy sintético, el pensamiento de dos grandes autores.


      En primer lugar santo Tomás de Aquino, quien señala que en la verdadera definición de algo (cuánto más de alguien) debe estar su causa final (Comentario al De Anima II,3). Y nos recuerda que ese fin último está ya de alguna forma en el ser, desde el inicio, como intención; y que ese fin marca (debería poder marcar) todo el desarrollo y perfeccionamiento del ser concreto, de su existencia cotidiana. Pensar en un chico y no tener presente su fin último (como intención, no como imposición), y no dejar que éste fin acompañe todo el proceso educativo, quizá es el mayor y gravísimo error de muchos educadores. ¿Cuál o quién será este fin? ¿Cómo podrá acompañar al chico en su vida?


      En segundo lugar una afirmación (que hay que rumiar) de Viktor Frankl: “decir que el sentido de la vida está en la vida misma no es una forma tautológica, sino paradójica” (Homo Patiens). Las teorías y principios pedagógicos, los argumentos normativos, las buenas actitudes y las mejores motivaciones… Todo acabará siendo incomprensible e inútil si se desgarra de la vida misma, si no brotan y no acaban confrontándose con ella; con la vida concreta del chico concreto. Todo sistema o proceso educativo acaba siendo un agobio, o una contradicción infructífera, si se aleja de la vida real, si no es para la vida real.


      Expresado de otra forma a modo de primera conclusión: el educador debe velar para que el chico viva en plenitud su vida. En su vida concreta puede tener todo lo que necesita: su sentido inmediato y el último; y su potencia de realización. Su misma vida debe ser el lugar de encuentro con todo lo que necesita para llegar a la plenitud. La educación no puede ser un “sacarlo de su vida real” para lograr un supuesto crecimiento. Más bien será un ayudarle a “interiorizar su misma vida” para encontrar en ella el sentido de todo: de sus carencias, de la conciencia que lo interpela y lo norma, de las circunstancias que le golpean, de sus íntimas aspiraciones… Enseñarle a verse en su verdad y a ver en ella la Verdad de su existencia. Como dice la Gaudium et Spes (n.14) del Concilio Vaticano II: “entrando en sí mismo el hombre es capaz de oír la voz misma de Dios que le invita a la comunión con Él” (fin anhelado por una criatura con sed de infinito).


"Porque la gloria de Dios es que el hombre viva, y la vida del hombre es la visión de Dios…" (San Ireneo de Lyon, Contra los herejes).

 

3.     Una visión transcendente

a)     Esto sugiere que todo intento del hombre de autodefi­nirse a sí mismo, con las fuerzas de la sola razón y su ciencia, no produce un re­sultado satisfactorio. Su deseo de auto-determinarse lo ha llevado a ser paradójicamente un Prometeo encadenado.


      Hay en el hombre un mis­terio que se siente, pero del que la razón, por sí sola, no alcanza a dar ra­zón. Hay personas no creyentes que ostentan un elevado grado de moralidad y de coherencia, pero debido a la ausencia de fe, ulteriores dimensiones de su dinamismo espiritual se han quedado frustradas. Y, quizá, ciertas personas carentes de esa dimensión trascendente son las que ensayan una y otra vez con conceptos erróneos de persona, de familia, de cultura y sociedad. Y ya sabemos: es la “crónica de una muerte anunciada”. Muerte de un experimento de hombre (¿Light?, ¿metrosexual? ¿bisexsual?...), de familia (¿dos varones?, ¿un trío?, ¿dos mamás?...) o de sociedad (¿post-moderna?, ¿laicista? ¿extra-liberal?...) Experimentos que por desgracia se llevan, con su vano y nefasto aluvión, mucha gente por delante… Empezando por los más indefensos.



b)     Por eso afirmamos desde el inicio de este libro que no basta una buena base antropológica para formar al hombre, sino que se necesita un criterio de fe y una perspectiva verdaderamente cristiana (y no se confunda esto con un posible fundamentalismo cristiano u otros errores que iremos señalando); dado que se trata de formar a hombres creados por Dios y transformados –en virtud de la gracia- en hijos suyos. ¿A qué viene tanto miedo de padres y educadores cristianos de formar cristianamente a sus hijos o alumnos, o de retrasar indefinidamente una formación religiosa más específica?



“La pretendida neutralidad de la escuela, conlleva, las más de las veces, la práctica desaparición, del campo de la cultura y de la educación, de la referencia religiosa” (carta La escuela católica).


      Es verdad que se pueden haber cometido abusos pietistas o fundamentalistas en la historia de la pedagogía cristiana. Es verdad que ha habido etapas de un formalismo religioso quizá muy vacío, o de un rigorismo moralista, en ciertas corrientes educativas, altamente nocivo. Es cierto que se ha dado, en algunas épocas y lugares, mucho adoctrinamiento y poca experiencia viva de la fe. Pero la solución ¿es irse al extremo contrario? ¿Es olvidar que la ley evangélica es la única que lograr sanar, guiar y llevar a plenitud al hombre?



En Barcelona, en un colegio de abolengo y tradición muy católica, hace unos pocos años decidieron eliminar la catequesis para la primera comunión, “porque las familias hacían de este sacramento una cuestión meramente social”. Aunque el análisis de la situación pueda ser correcto, ¿lo es la decisión de quitar la catequesis? ¿No hubiera sido más correcto hacer un replanteamiento de cómo fundamentar bien y dar bien la catequesis a los niños y jóvenes, y de cómo ésta debía llegar también a las familias? ¿Qué tipo de experiencia religiosa ofrece la familia a sus hijos? ¿Qué atractivo tienen las clases de religión y qué valores viven los profesores de las otras asignaturas en los centros de inspiración cristiana? ¿Y qué orientación y enfoque hay dentro de los programas curriculares? ¿Qué tipo de “ley evangélica” se vive en los entornos familiares y escolares? ¿Qué parámetros concretos implantamos para verificar que la pedagogía, los contenidos y los métodos educativos tienen bases en una visión completa, integral  integradora del hombre? ¿Logramos llevar a plenitud a las personas? Tan si quiera ¿logramos sanarlas y guiarlas? Ojalá Mafalda tuviera razón… Pero cuando Dios desaparece del mapa no hay fundamento alguno que sostenga sólidamente la defensa del más mínimo derecho humano.


     Las decisiones y acciones, la prudencia y la habilidad del educador deben brotar de una referencia habitual al plano trascendente. Y con esto no se quiere decir que desde el inicio del proceso educativo debe estar en boca de todos la palabra religión, ni si quiera necesariamente la palabra Dios, y muchos menos unos contenidos doctrinales. Qué mal hace, por ejemplo, el uso (peor el abuso) de frases como: “Diosito te va a castigar si no…” “Tú reza y olvídate de…”. Si fe y razón no se contradicen y se buscan espontáneamente, como no se cansa de repetir Benedicto XVI, qué importante es no entrar en el juego “pedagógico” de los métodos de cariz fideista, que usan a Dios y a la religión como armas arrojadizas contra la inteligencia humana y contra la vida y los problemas reales de los muchachos.


“El cristiano sabe cuándo es tiempo de hablar de Dios y cuándo es oportuno callar sobre Él, dejando que hable sólo el amor”. (Benedicto XVI, Deus Caritas Est, n.31)


c)      Centrarse en el hombre en cuanto hombre, en sus necesidades más existenciales, es ya un reclamo más o menos implícito a su trascendencia (porque su existencia está indeleblemente marcada, como hemos dicho, por su fin último, presente ya como intención). Es mostrar desde el inicio un respeto sumo por lo que el hombre es, por lo que representa, por su misterio radical. Es dejar que el hombre sea lo que tiene que ser. Dejarle la puerta abierta a su fin verdadero, a su realización completa. Así se responde a sus anhelos más existenciales, sin necesidad de adoctrinar o moralizar (cosas muy distintas que enseñar o educar), logrando que la persona misma perciba su verdadera grandeza, su anhelo de eternidad; que sea ella quien descubra, o al menos valide, las respuestas auténticas (siempre insuficientes en esta vida), que transcienden su cotidianidad.


      No hay que olvidar la apelación de la Constitución pastoral Gaudium et Spes (n.22): “Sólo en el misterio del Verbo encarnado se esclarece el misterio del hombre”. Únicamente el educador que sabe acercarse al muchacho con una visión trascendente es capaz de ayudarle a formarse verdadera e íntegramente. Porque sólo ese educador conocerá la rica complejidad del espíritu y la corporalidad humanas; y sólo él conocerá los inmensos recursos con que, gracias a Dios, contamos para lograr la misión educativa. Pero insistimos que eso no significa acercarse al chico con la boca llena de palabras religiosas, o tan siquiera espirituales.


      ¿Cuántos educadores piden, sinceramente y sin descanso, luz y fortaleza? ¿Cuántos, antes de educar, han experimentado en sí mismos la fuerza transformante de la experiencia de fe? ¿Cuántos han comprendido la auténtica grandeza del ser humano? ¡Y vaya si hace falta esto para guiar bien a los adolescentes!



Aunque un poco extensa, vale la pena leer la epístola del francés Jean Jaurés, ateo y fundador de L’Humanité, razonando con su hijo sobre la necesidad del estudio de la religión en la escuela:


            “Querido hijo, me pides un justificante que te exima de cursar religión, un poco por tener la gloria de proceder de distinta manera que la mayor parte de los condiscípulos y temo que también un poco para parecer digno hijo de un hombre que no tiene convicciones religiosas. Este justificante, querido hijo, no te lo envío ni te lo enviaré jamás.


            No es porque desee que seas clerical, a pesar de que no hay en esto ningún peligro, ni lo hay tampoco en que profeses las creencias que te expondrá el profesor. Cuando tengas la edad suficiente para juzgar, serás completamente libre pero, tengo empeño decidido en que tu instrucción y tu educación sean completas, y no lo serían sin un estudio serio de la religión.


            Te parecerá extraño este lenguaje después de haber oído tan bellas declaraciones sobre esta cuestión; son, hijo mío, declaraciones buenas para arrastrar a algunos pero que están en pugna con el más elemental buen sentido. ¿Cómo sería completa tu instrucción sin un conocimiento suficiente de las cuestiones religiosas sobre las cuales todo el mundo discute? ¿Quisieras tú, por tu ignorancia voluntaria, no poder decir una palabra sobre estos asuntos sin exponerte a soltar un disparate?


            Dejemos a un lado la política y las discusiones y veamos lo que se refiere a los conocimientos indispensables que debe tener un hombre de cierta posición. Estudias mitología para comprender historia y la civilización de los griegos y de los romanos y ¿qué comprenderías de la historia de Europa y del mundo entero después de Jesucristo, sin conocer la religión, que cambió la faz del mundo y produjo una nueva civilización? En el arte ¿qué serán para ti las obras maestras de la Edad Media y de los tiempos modernos, si no conoces el motivo que las ha inspirado y las ideas religiosas que ellas contienen? En las letras ¿puedes dejar de conocer no sólo a Bossuet, Fenelón, Lacordaire, De Maistre, Veuillot y tantos otros que se ocuparon exclusivamente de cuestiones religiosas, sino también a Corneille, Racine, Hugo, en una palabra a todos estos grandes maestros que debieron al cristianismo sus más bellas inspiraciones? Si se trata de derecho, de filosofía o de moral ¿puedes ignorar la expresión más clara del Derecho Natural, la filosofía más extendida, la moral más sabia y más universal? –éste es el pensamiento de Juan Jacobo Rousseau-. Hasta en las ciencias naturales y matemáticas encontrarás la religión: Pascal y Newton eran cristianos fervientes; Ampere era piadoso; Pasteur probaba la existencia de Dios y decía haber recobrado por la ciencia la fe de un bretón; Flammarion se entrega a fantasías teológicas.


            ¿Querrás tú condenarte a saltar páginas en todas tus lecturas y en todos tus estudios? Hay que confesarlo: la religión está íntimamente unida a todas las manifestaciones de la inteligencia humana; es la base de la civilización y es ponerse fuera del mundo intelectual y condenarse a una manifiesta inferioridad el no querer conocer una ciencia que han estudiado y que poseen en nuestros días tantas inteligencia preclaras.


            Ya que hablo de educación: ¿para ser un joven bien educado es preciso conocer y practicar las leyes de la Iglesia? Sólo te diré lo siguiente: nada hay que reprochar a los que las practican fielmente, y con mucha frecuencia hay que llorar por los que no las toman en cuenta. No fijándome sino en la cortesía en el simple ‘savoir vivre”, hay que convenir en la necesidad de conocer las convicciones y los sentimientos de las personas religiosas. Si no estamos obligados a imitarlas, debemos por lo menos comprenderlas para poder guardarles el respeto, las consideraciones y la tolerancia que les son debidas. Nadie será jamás delicado, fino, ni siquiera presentable sin nociones religiosas.


            Querido hijo: convéncete de lo que digo: muchos tienen interés en que los demás desconozcan la religión, pero todo el mundo desea conocerla. En cuanto a la libertad de conciencia y otras cosas análogas, eso es vana palabrería que rechazan de ordinario los hechos y el sentido común. Muchos anti-católicos conocen por lo menos medianamente la religión; otros han recibido educación religiosa; su conducta prueba que han conservado toda su libertad. Además, no es preciso ser un genio para comprender que sólo son verdaderamente libres de no ser cristianos los que tienen la facultad de serlo, pues, en caso contrario, la ignorancia les obliga a la irreligión. La cosa es muy clara: la libertad exige la facultad de poder obrar en sentido contrario. Te sorprenderá esta carta, pero precisa hijo mío, que un padre diga siempre la verdad a su hijo. Ningún compromiso podría excusarme de esa obligación.


            Recibe, querido hijo, el abrazo de TU PADRE”.


d)     Podemos describir así esta visión teo-antropológica que ofrece nuestra pedagogía educativa: “Imbuido del espíritu evangélico, nuestro ideario educativo tiene, acerca del hombre y del mundo, una mirada llena de amor, de profundo respeto, de admiración y de esperanza. Es consciente de los grandes valores que el hombre lleva en sí, de las aspiraciones que lo mueven, de su real capacidad para el bien y para el progreso moral, pero también tiene presente el espectáculo doloroso de las múltiples miserias materiales y morales que lo afligen, que entorpecen y detienen su marcha hacia el bien y le hacen olvidar su vocación divina.” Sin olvidar la realidad de la fatiga humana (“la vida del hombre sobre la tierra es lucha” dice el libro de Job), afirmamos la radical positividad del hombre: es proyecto divino; y en ese proyecto Dios ha puesto, como se suele decir coloquialmente, toda la carne en el asador.


     Sí, debemos buscar ante todo, que ese hombre, que sabemos creado y llamado a la inmortalidad y a la eternidad, realice su vocación divi­na. Es ésta, sin duda, una visión del hombre muy elevada (y hoy en día atrevida); pero no por ello deja de ser la visión más real y auténtica. Todo hombre, como señalan los Santos Padres, está llamado a la divinización en Cristo; y esto por el desarrollo en su vida (siempre plenamente humana) de la gracia, de las virtudes sobrenaturales y de los dones del Espíritu Santo. Así el hombre, cuanto más cerca de Dios, será más humano, más natural, menos raro e incompleto. Quienes están llamados a ser educadores deben, por tanto, rendir cuentas del logro de esa vocación divina a la que cada hombre ha sido llamado. Deben cambiar, si es necesario, toda falsa concepción sobre la fe y lo sobrenatural, y sobre la visión cristiana del ser humano.


     No olvidemos que la cultura moderna se ha alimentado de esta idea: la gran elevación del hombre que nos ha legado la revelación judeo-cristiana. Pero con el paso de los siglos, por diversos motivos, se han exaltado y extrapolado sus consecuencias: libertad absoluta, autorrealización sin límites, derechos sin responsabilidades, “amor” sin compromiso... Los hombres nos hemos querido divinizar olvidándonos del Dios que nos diviniza en Cristo. El resultado: la angustia del que todo lo quiere y apenas puede nada.


Como se refleja en la famosa canción de Freddy Mercury, vocalista de Queen: “lo quiero todo y lo quiero ahora”. Y ya sabemos cómo acabó este hombre, como tantos jóvenes de nuestro tiempo: vacío, destrozado psicológica y físicamente (hasta que al final de su vida se encontró con su auténtico Salvador, como plasmó en su último álbum Made in Heaven).

            ¿Somos conscientes de ese anhelo de totalidad que tienen los jóvenes? ¿De esa urgencia de una vida intensa para llenar sus ansias de infinito? ¿Podemos pensar que, quizá, este anhelo no satisfecho podría ser la primera causa de los así llamados problemas de la adolescencia? ¿Problemas porque no hay nadie que al inicio de la adolescencia les explique convincentemente esos anhelos? ¿Porque no hay nadie que les acompañe paciente y comprensivamente? ¿Y que por eso se equivocan en las respuestas que dan a esas nuevas ansias que brotan hasta con violencia desde su interior? Cuántos muchachos ven en la moral, en cualquier norma, incluso familiar o social, un impedimento para sus ansias de felicidad juvenil. Dónde está la causa.
      

             

4.     El método ECyD


a)     El Movimiento Regnum Christi desde sus primeros años, y como parte de su carisma, ha desarrollado el ECyD como una organización (con un buen sentido de pertenencia en grupos naturales de amigos con un estilo de vida cristiana atractivo y nada mojigato) con un método para la formación de adolescentes.
      El ECyD ha nacido en el seno de la labor educativa y milenaria de la Iglesia (“nada nuevo hay bajo el sol”). Busca responder con ilusión a los retos que presenta la Nueva Evangelización; pero sobre todo buscar ser una respuesta al mismo adolescente. Ojalá su método sirva de ayuda a todos los educadores que quieran acogerlo, sin importar sus pertenencias o creencias específicas. Efectivamente, el método ECyD, si bien se lleva a plenitud dentro de la misma organización, puede orientar y dinamizar la labor educativa de todos aquellos que se acercan con entusiasmo a los adolescentes.
      No es competencia de este libro explicar y desarrollar este método y mucho menos la organización (el Manual del ECyD está abierto a todos aquellos que quieran profundizar en el tema). Nos limitamos a exponer aquí, muy sintéticamente, dos de sus elementos básicos que casan perfectamente con la propuesta y con el esquema pedagógico de este libro. Y los incluimos como conclusión de este primer apartado (a lo largo del libro irán saliendo desde diversas perspectivas) porque creemos que engloban y aciertan en lo fundamental de la pedagogía para los adolescentes

b)     ECyD: Encuentros, Convicciones y Decisiones. La vida del hombre se conforma de encuentros (ya lo hemos dicho, como persona es un ser para) y cuánto más la vida de los adolescentes, que empiezan a abrirse a nuevos y variados ámbitos de encuentro. En esos encuentros, si son de calidad, es donde el muchacho puede comprenderse, aceptarse, superarse. Se podría decir que en los desencuentros nada de bueno se encuentra. Si el educador no logra un encuentro real con el muchacho, de nada servirá el resto de lo que haga. Y si luego no logra mostrarle el camino para que él mismo sepa encontrarse consigo mismo, con los demás, con Dios, tampoco se logrará un gran qué. En estos encuentros el chico descubre los elementos y las experiencias esenciales de su vida, que le dan vida; no son meras enseñanzas, ideas, habilidades, actitudes o emociones; son eso y más. Son experiencias que se transforman en convicciones; convicciones que se graban en la mente y en el corazón como pilares firmes de su personalidad, hasta apropiárselas. De esas convicciones nacen las decisiones concretas que conforman la vida diaria del chico y van diseñando su futuro. Decisiones que deben llevar, ante todo, a encuentros cada vez más ricos y profundos (consigo mismo, con Dios y con los demás), consolidando así las convicciones y proyectándolas como rampas de lanzamiento para decisiones cada vez más coherentes, responsables y de envergadura. Todo un círculo virtuoso: de encuentros verdaderos a convicciones fuertes y de éstas a decisiones valientes. Todo un círculo virtuoso: de encuentros verdaderos a convicciones fuertes y de éstas a decisiones valientes. O más que un círculo, toda una espiral existencial cuya fuerza centrífuga lleva a los adolescentes a encuentros cada vez más profundos y consolidados,  a una mayor integración con su fe (pero también con el grupo y la organización en donde la vive); y cuya fuerza centrípeta los lleva a abrirse cada vez más a todos los hombres (a otros grupos y organizaciones) y a darse con más empuje y entusiasmo a más personas (en el aquí y ahora del buen samaritano, como señala Benedicto XVI en la Deus Caritas est, n.15).
c)     Está claro que si de método hablamos debemos centrarnos en el acompañante, porque él es la base del método (el formador, el equipo de formadores, la misma institución). El acompañador, como dice García San Emeterio, es el Espíritu.
        ¿Qué debe hacer el acompañante, básicamente, para poner en marcha y para tener bien “engrasado” este mecanismo existencial?:     

o Si lo que interesa es la vida concreta del muchacho, lo primero que debe hacer el educador es saber despertar en él las preguntas que realmente son importantes para su vida, en su situación existencial concreta (no las preguntas que el educador cree que son importantes; y no formulándolas desde su experiencia personal, que quizá nada tiene que ver con la del chico). Sin esta habilidad no habrá inicio de encuentro con el adolescente en cuanto adolescente; en cuanto adolece de algo que necesita.
o   De ahí debe poder responder a esas preguntas sin ningún tipo de prisa. Si estamos convencidos que la interioridad humana contiene en sí toda una carga teo-antropológica (naturaleza redimida), tiene su lógica centrarse en las inquietudes más propias del muchacho (aunque al inicio parezcan o aparezcan de lo más superficiales); y centrarse en descifrar y presentarle al chico lo que de más humano y trascendente hay en sus inquietudes. Así sí valdrá la respuesta… Con esta habilidad habrá un encuentro fructífero.



o   Y acompañarle para que él mismo pueda ir plasmando en su propia vida las respuestas, verificando su autenticidad, haciéndolas convicciones, decisiones… Entender el qué y el cómo de este acompañamiento será parte importante de este libro. Con el acompañamiento adecuado los encuentros se hacen profundos, duraderos, transformantes. Verdaderos encuentros humanos que suscitan el encuentro con lo divino, con el Eterno (comunión plena con Personas tan infinitas como concretas).

En el apéndice ofrecemos completa la primera carta de la serie Cartas a un espíritu inquieto (elsentidobuscaalhombre.com). Adelantamos un fragmento:
“Lo primero que te digo es que ¡no eres raro! No te sientas extraño por tener un raudal de preguntas para las que no hallas respuestas, y a la vez un deseo enorme de enfrascarte en la vida sin esperar a tener muchas seguridades. ¡Bienvenido a la existencia! Llevamos dentro una búsqueda, una necesidad de saber para qué vivimos, de anclar nuestra vida a algo o a alguien que le dé sentido. Esta inquietud la tenemos todos. De hecho, las preguntas que me hacías el otro día eran auténticas inquietudes. No sólo se preguntan estas cosas los filósofos, los sabios o los que se dedican a la vida ociosa. Nos las planteamos tú, yo y todos los seres humanos, no importa la edad, la cultura, la forma o las palabras.
Estas preguntas vienen de dentro, no nos las mete nadie en la cabeza ni en el corazón. Salen porque somos buscadores por naturaleza, así estamos hechos. Y es muy serio lo que está en juego: el sentido de nuestra vida, de todo lo que somos y lo que hacemos.
Las preguntas que nos queman surgen cuando la realidad de la vida nos impacta de alguna manera: un dolor, una buena noticia, una decisión que se nos impone tomar... Siempre nos planteamos «¿esto por qué?, ¿para qué?». ¿Que cuándo tomé yo conciencia de que era urgente encontrar respuestas? Cuando mi hermano pequeño murió.”

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