domingo, 10 de abril de 2011

Ateismo agresivo

Manifestación atea en jueves santo

Ignacio Laymuns | analisis@arcol.org


Una “procesión atea” por las calles de Madrid en Jueves Santo. Esta es la convocatoria hecha por una serie de grupos (Asociación de Ateos y Librepensadores de Madrid, Asamblea Vecinal ‘La Playa de Leganés’, Ateos en Lucha, Grupo Anarquista Voila y Albatros). Explicando cuál sería la naturaleza de su obra, el vocero de Ateos en Lucha,  en entrevista a radio Ela, dijo que su grupo es “un frente de ideas, ideológico, que existe exclusivamente para castigar a la conciencia católica”; y explicaba que “la procesión, inevitablemente y lógicamente, tiene una componente de ofensa y de ofender la religión católica porque es consustancial con la propia convocatoria". Expresaba, además, que la quema de Iglesias sucedida en los años 30 durante la república española es para ellos “una referencia imprescindible”.

La convocatoria por parte de estos grupos autodenominados ateos y libre pensadores suscita varias perplejidades. En lugar de exhibir el  elevado pragmatismo que sugiere su nombre, manifiestan una beligerancia difícil de entender a simple vista pero que obedece a una lógica profunda. De sus expresiones se deduce que el cristianismo  para ellos no pasa de ser una terrible lacra que hay que eliminar y en modo alguno es una religión que promueve un sistema racional capaz de responder a las preguntas del  hombre sobre Dios, el mundo y sobre sí mismo.  

La mentalidad moderna sugiere que las preguntas existenciales sobre la vida, la muerte, la felicidad, no merecen ser respondidas. El diktat de la técnica ha decretado que son preguntas ociosas; el hombre no pasa de ser un animal sofisticado que debe resignarse a la muerte. En este caso, la Iglesia no sería más que una institución anacrónica, un ignorante y contumaz dictador del pasado que encuentra sus respuestas en un libro supersticioso. ¿No es acaso mejor menospreciar las preguntas de nuestro corazón, resignarse serenamente al hecho que esta vida no termina más que en podredumbre e ignorar a cualquiera que sugiera la trascendencia?     

Pero eso es imposible. El hombre no es capaz de aceptar serenamente la muerte ni de hacer a un lado los anhelos de su corazón; las preguntas saldrán siempre a flote: la única salida será ahogar la conciencia que las promueve. En esa necesidad de olvido se basa la actividad frenética y el vértigo del placer, colmando así el tiempo, que a pesar de los esfuerzos de ser llenado pasa inexorable. La Iglesia entonces ya no es un simple residuo sino un enemigo, un ente desestabilizador del precario equilibrio de la conciencia dormida, alguien que recuerda que el corazón del hombre tiene un fondo falso que abre al infinito. Es entonces que el hombre se aferra a su trastocado concepto de libertad y rechaza con ira toda racionalidad que amenace su narcotizada posición. En palabras de Hans Urs Von Balthasar, “la humanidad preferirá renunciar a toda pregunta filosófica – marxismo, positivismo de todos los colores– antes de aceptar una filosofía que encuentre su respuesta última en la Revelación de Cristo”.   

La Iglesia es por tanto no sólo un incómodo recuerdo de que mi sistema no es perfecto: es un enemigo temible que busca poner ante mí un problema que me supera, que busca despertarme del apacible sueño en que conscientemente me he metido para olvidar que las inquietantes interrogantes de la vida. En defensa propia, no puedo más que reaccionar con rabia contra esos oscuros, ridículos, violentos, ignorantes, hipócritas y sobretodo amenazantes sacerdotes. En defensa propia, reacciono contra esa iglesia torturadora y asesina que tiene el descaro de pretender ser santa. En defensa propia me enrosco sobre mí mismo como una serpiente amenazada dispuesta a morder.  

Unamos a todo lo anteriormente dicho la manipulación histórica sobre la Iglesia, la difamación y la ignorancia, sacerdotes indignos en primera plana del periódico. Agreguemos también la actitud falsa de muchos católicos y la falta de santidad del clero y su preparación deficitaria y encontraremos una explicación bastante plausible del aparentemente insalvable abismo que existe entre la real naturaleza del cristianismo y la concepción del hombre moderno.  

Que palabras como las de Ateos en Lucha se den en países como España, Italia y Francia, donde la Iglesia continua teniendo una importante presencia en la sociedad, y no en la secularizada Suecia, con un 82% de agnósticos (según algunas fuentes), confirma de alguna manera lo que venimos diciendo.

La profanación de la capilla de la Universidad Complutense y el rechazo a la visita de Benedicto XVI a la Universidad de la Sapienza, en 2008, son sólo una muestra más del extremo al que puede llegar el hombre en su relación con el catolicismo. La Iglesia Católica representa, pues, un golpe a la conciencia que algunos desean dormir completamente; un enorme peso que no deja caminar hacia la libertad al mismo paso que otros países que ya han superado casi por completo la superstición.

Todo esto representa enormes desafíos para la Iglesia: mostrar una renovada santidad que le permita vivir aquello que predica: la comprensión, el perdón, el ser para el otro, la fe, la esperanza, el amor. Es necesaria también una propuesta maciza a nivel de conceptos que hagan brillar el Bien y la Verdad. Dos ideas clave pueden ser la libertad y la lógica divina. El primero es una inconmensurable huella de Dios en el hombre y explicación de todo lo demás; el segundo es una lógica nueva que revela al hombre cosas desconocidas para él. En esta dinámica, la libertad del hombre debe ser oblativa como es la de Dios. En definitiva, el hombre para ser hombre debe comportarse como Dios y  este en el cristianismo es un Dios que se dona a sí mismo. Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda sólo; pero si muere produce mucho fruto (Jn 12, 23-28). Sin estos dos elementos la manera en que se opera la redención nos  parecerá nada más que mitología hueca; con ellos nos parecerá que  la racionalidad de lo cristiano responde a los dramáticos anhelos del hombre que a pesar de los esfuerzos por silenciar, nunca podrán ser acallados. 

La violencia con que se ataca a la Iglesia no debe engañarnos: esa serpiente enroscada en realidad es un hombre que  se siente indefenso y desconcertado y la agresividad no es más que un esfuerzo por esconder su fragilidad.  La actitud violenta del perseguidor es una invitación a poner la otra mejilla, a abrazar a quien me persigue, a curar con el amor.

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