lunes, 14 de marzo de 2011

Situaciones complejas: la iniciación a las drogas

Hay dos problemas distintos que se combinan en la práctica: a) la auténtica toxicomanía (dependencia física con síntomas de abstinencia) y b) la relación con la droga y el mundo de la droga.

En España, hace algunos lustros no existía problema de drogas entre los jóvenes (excepto con el alcohol). En los años sesenta hubo una epidemia mundial de uso de drogas, especialmente entre jóvenes, que llegó a nosotros con retraso pero muy virulenta.

En el contacto con la droga están implicados una serie de factores socioculturales, en realidad toda una filosofía de la vida que se les ha inculcado por los «apóstoles de la droga» y que en sus posiciones extremas se sintetiza así: el trabajo es una explotación del hombre, sólo tiene justificación cuando apetece y es creativo (en el sentido de autorrealización espiritual, no de creación o adquisición de bienes materiales que dan por supuesto que «tiene » que proporcionárselos «la sociedad»). La generación de sus padres está irremisiblemente corrompida por las falsas premisas de la sociedad de consumo, y es inútil el diálogo con ellos. Lo único que importa es el placer «hoy», y el afecto a los demás libre y generosamente expresado a través de relaciones sexuales promiscuas y desinhibidas.

Esta libertad sexual es imprescindible para la «sinceridad», premisa básica de su ética; y la única conducta inteligente es la de la potenciación de las fuentes de placer por cualquier sistema. Uno de los trampolines que permiten saltar a niveles superiores de placer, de conocimiento de sí mismo, y del cosmos y de la autorrealización, es el uso de las drogas. La consecuencia es que hoy casi todo adolescente tiene que enfrentarse, como un ceremonial de pubertad, con este fenómeno y adoptar una postura ante él, precisamente cuando no está capacitado por falta de experiencia, y no puede saber qué es cierto y qué no entre lo que oye repetido como dogma.

La edad a la que están expuestos a este influjo es la misma en que hace unos años lo estaban al trabajo, en los primeros cursos escolares, hacia los diez años de edad. La iniciación suele ocurrir con el cannabis (hachís, marihuana, «chocolate», etc.). Sus apóstoles predican a los jóvenes que: «El alcohol es la droga de los adultos, la nuestra es la hierba. Los médicos hacen terrorismo intelectual afirmando que la hierba es peligrosa; es mucho más inofensiva que el alcohol y, además, en vez de ponernos violentos da paz, es la droga de la paz, la paz es buena, haz el amor y no la guerra», etc.

No siempre se realiza el proselitismo de la droga bajo este esquema.
Por supuesto, el cannabis no tiene los peligros de los opiáceos y la cocaína, y son multitud los adolescentes que tras probarlo por curiosidad, o por presiones del grupo (para ser «aceptados») o por inducción de un habituado (el fenómeno del proselitismo es una constante en todas las drogas), son capaces de abandonar la droga sin más consecuencias. Un grupo, cuyo número va en vertiginoso aumento, queda prendido en el hábito, que no es al principio una «dependencia de la droga», sino básicamente una «dependencia del grupo» y de sus patrones de comportamiento. Poco a poco la situación cambia, mezclan el cannabis con otras drogas (incluido el alcohol pese a las afirmaciones de rechazo), y con cualquier fármaco o substancia que sus amigos cuentan que da más vigor a la experiencia (generalmente anfetaminas, barbitúricos, LSD y medicamentos que contienen codeína). Los «viajes alucinatorios» con LSD tienen para ellos especial atractivo inicial (hasta que se hacen monótonos), pues presentan un contenido de vivencias pseudomísticas, de «iluminación interior », que les sirven para sentirse superiores al «rebaño» de los no iniciados, y para atenuar sus sentimientos de culpa y fracaso, pues ya en este período bajan de rendimiento escolar y tienen conflictos con sus padres. Abandonan el estudio y cualquier esfuerzo continuado (como una seria preparación deportiva).

El consumo de drogas tienden a realizarlo en grupo, con relaciones sexuales (para muchos las primeras), y las «sesiones» adquieren un lógico magnetismo; al hacerlas frecuentes están poco motivados para renunciar a ellas y volver al esfuerzo de estudiar. Al poco tiempo toda su actividad gira en torno a la adquisición de drogas y experimentación con ellas. Si logran terminar los estudios preuniversitarios, fracasan en la universidad. Para autojustificarse suelen adoptar una de estas dos posturas ideológicas: o el que en España llamamos «pasotismo» («pasan» de las mezquinas ambiciones comunes) o un ideario ideológico radical (el trabajo una explotación, la sociedad alienante, etc.), pero en estos últimos casos su vinculación es sólo verbal, pues ya son incapaces de prestar una colaboración eficaz a los grupos políticamente activistas en cuanto se les exige algún esfuerzo mantenido. Se limitan a la exhibición de símbolos y frases, y a la participación vociferante en alguna manifestación radical (si ésta no se convoca a una hora incómoda), por lo que los líderes radicales los rechazan, acusándoles de haber «sustituido la acción idiotizante de la televisión por la televisión química». La propia dinámica del grupo, en el que varios miembros son ya drogadictos graves, los lleva a la emulación con «experiencias más valientes» con heroína o sus equivalentes y entran rápidamente en una drogadicción. (Antonio Vallejo Nájera)

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