jueves, 31 de marzo de 2011

Los jueves con Edu y Marta: INTRODUCCIÓN II




La formación de nuestros adolescentes no la podemos dejar a la improvisación de los años, mientras van surgiendo las dificultades propias de esta edad; ni basta la lectura de unos cuantos libros entretenidos, de lectura rápida. En medio de la confusión de lo que es la adolescencia, tanto para el chico como para la familia y la sociedad, siempre es necesario un faro que indique la ruta a seguir; un faro firme que mande impulsos de luz con precisión y constancia. Los muchachos se están jugando, quizá como nunca en la edad de la adolescencia, el futuro de su vida y de su existencia. Y eso es algo muy serio. Quizá, a la raíz de todo, lo que hace falta es un cambio copernicano en la concepción de la adolescencia: un mundo maravilloso por descubrir… Por parte de todos.



¿No es habitual la reacción y el comentario de la madre de Calvin? ¿Muestra una visión equilibrada y positiva de la adolescencia? ¿No debería yo cambiar, a base de profundizar, mi visión de la adolescencia? ¿No creo que deba empezar por ahí para lograr mejores frutos en mi misión como educador?



martes, 29 de marzo de 2011

Contra el trauma de ser adolescente católico

Para los que empezáis a traumaros de ser jóvenes católicos por el bombardeo de los medios de comunicación, y por los comentarios burlescos de ciertos amigotes, ojalá veáis esto con calma, lo asimiléis, y empecéis sin traumas a callar la boca (pero con mucha caridad...) a más de uno. Un abrazo.

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lunes, 28 de marzo de 2011

Quitar la obsesión del alcohol


Interesantes datos de algo que es de sentido común. Sacado de Análisis y Actualidad


Papá, ¿me das un trago?

Gabriel Ma. Abascal | analisis@arcol.org


Andrés había esperado con ansias este momento: por fin sus papás tomaron el avión hacia el Caribe. Con dos semanas de antelación su mamá se lo había hecho saber. Ella y papá habían decidido tomarse una semana de vacaciones. Él se quedaría con sus hermanos en casa de los abuelos. Casa vacía… era la oportunidad perfecta.

Mentirle a la abuela nunca fue difícil. Total, su mamá también lo hacía cuando no quería ir a visitarla… Ahora todo estaba planeado y listo. La fiesta sería el viernes en su casa y todos sus amigos estaban enterados.

Más de 90 adolescentes fueron a su casa ese viernes. Música, tabaco y… cervezas, tequila, ron, whiskey, vodka, en fin, todo tipo de botellas que sus amigos se encargaron de conseguir. Andrés no desaprovechó la ocasión. Era su fiesta… tenía que hacerse notar.

Las vacaciones en el Caribe para sus padres se acabaron pronto y dramáticamente. Esa misma noche recibieron una llamada urgente, pues Andrés había ido a parar al hospital por una terrible congestión alcohólica. La primera reacción de su mamá, envuelta en la desesperación del momento, fue hacer una pregunta retórica: “¿Pero cómo es posible, si Andy no toma…?” Ese era justamente el problema, que Andy quería dejar de ser Andy empinándose un par de botellas.

Son muchos los padres de familia que todavía prohíben a sus hijos tomar alcohol hasta que cumplan la mayoría de edad. Piensan que por ser ilegal y peligroso, podría acarrear en el futuro problemas de alcoholismo a los adolescentes. Sin embargo, los padres de familia enseñan a sus hijos cómo andar en bicicleta, cómo nadar, cómo manejar. ¿Deberían también ellos enseñarles a sus hijos cómo tomar responsablemente?

En una encuesta publicada en un artículo del The Wall Street Journal (en USA se puede tomar alcohol legalmente solo a los 21 años de edad) muestra que de entre 500,000 estudiantes de 12 a 20 años de edad, 70% de ellos tomaron alcohol en el último mes. Añade que, a comparación de la década de los 80´s, hoy los adolescentes toman menos alcohol, pero aquellos que hoy toman se emborrachan con más frecuencia. Los datos hablan por sí solos.

¿No será que los padres que crean un tabú sobre el alcohol en sus hijos se están equivocando?

Tomar alcohol con los padres de familia en casa, de manera moderada y gradual, y en circunstancias y momentos propicios, puede enseñar a los adolescentes hábitos de responsabilidad en el consumo del alcohol.

Por el contrario, cuando un adolescente ha sido reprimido en este sentido, normalmente tendrá la curiosidad sobrexcitada de saber cómo es su sabor y los efectos que produce el consumo de alcohol… Además, tenemos que reconocer que el mundo consumista y hedonista en el que vivimos, se ha encargado de darle al tema de la bebida un lugar importantísimo para la diversión y éxito de cualquier acto social.

Estudiosos de la Facultad de Medicina de la Universidad de Wake Forest confirman que enseñar a los adolescentes a  tomar en casa, puede eliminar en ellos la “novedad” y la “excitación” que provoca hacerlo con sus amigos por primera vez en una fiesta o en cualquier evento social. Un chico de 15 años que ha tomado de vez en cuando alguna cerveza con su papá, seguramente no entrará en el circulo de los “emocionados por la novedad” del alcohol, cuando hay una fiesta con sus amigos.

La Organización Mundial de la Salud reportó que 1 de 10 tomadores ocasionales, entre los 15 y 16 años de edad, en algunos países de Europa, resultó intoxicado, comparado con casi la mitad en Norteamérica. Varios países europeos tienen la costumbre de consumir vino como una realidad ordinaria.

Acompañar a los hijos en el moderado consumo del alcohol, a cierta edad y en circunstancias familiares especiales, les ayudará a ellos a darse cuenta que el vino es algo bueno y que el tomar es una actividad normal, que por sí misma no tiene nada que ver con “ser adulto” o “ser maduro”.

Por último, habría que añadir que todo lo anteriormente dicho no sirve de nada si los padres no dan ejemplo de autocontrol y responsabilidad en este sentido. Los padres de familia tienen la sagrada tarea de formar a sus hijos y en el caso de la moderación en el alcohol como en muchos otros, el ejemplo siempre será lo más efectivo.

domingo, 27 de marzo de 2011

Discoforum: chico problemático de Nach

Creo que es esta canción (que ya tiene sus añitos) es de lo mejor que se puede poner a adolescentes para hacer un buen discoforum. Tiene mucho contenido por lo que unas pocas preguntas no bastarían para abarcar toda la riqueza que se puede sacar.



¿Por qué el protagonista llegar a ser "chico problemático"? ¿Quién tiene la culpa? ¿Qué rasgos tiene ese camino emprendido hacia la auto-destrucción? ¿Qué le vende la sociedad a estos chicos? ¿Cuál es según el autor la solución a todo esto?

Siete intuiciones magníficas para el matrimonio y la familia

Para los adolescentes que quieran ir entendiendo qué es el amor verdadero... Para los novios que están buscando dar un paso más serio... Para las parejas ya inmersas en el día a día de la familia... Os recomiendo estas siete intuiciones, escritas con suma sencillez y claridad, para entender más el amor, la pareja, la familia, para entendernos más. Y sirve también para los religiosos que quieren explorar más sobre el amor y la comunicación.

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SAN SEBASTIÁN,(ZENIT.org).


Publicamos la transcripción de la charla impartida por monseñor  José Ignacio Munilla, obispo de San Sebastián, en los diversos encuentros arciprestales con  las familias de la diócesis vasca entre enero y marzo de 2011.

* * *

Quisiera hacer una exposición sencilla y humilde, que no pretende abordar sistemáticamente el tema de la familia, sino sólo ofrecer una serie de intuiciones que me gustaría compartir con vosotros. Posteriormente, en un clima de plena confianza, me gustaría que tuviésemos tiempo para hablar, y para que podáis presentar a vuestro obispo las dudas y otras cuestiones que os parezcan pertinentes. 
Más allá de este encuentro de pastoral familiar, por lo que a mí respecta, también es importante presentarme como obispo. Soy consciente de que en la Iglesia cargamos sobre nuestros hombros muchas imágenes distorsionadas y antipáticas; y la única forma que se me ocurre de poder sanarlas, es tener encuentros como éste en el que estamos ahora mismo; escucharnos mutuamente, hablar con sencillez y libertad, comprobar que no tenemos "cuernos", e ir avanzado en la vida de la Iglesia. Yo quisiera que tuviéramos esa santa confianza de comunicación y que nadie piense que el plantear ciertas cuestiones pueda ser inoportuno. Estamos en familia y, precisamente, vamos a hablar de la familia.
Mi punto de partida es la afirmación de que la Iglesia tiene una preocupación muy especial por la familia. Muchas veces hemos expresado la convicción compartida de que difícilmente vamos a poder transmitir la fe a las nuevas generaciones, a los niños, a los jóvenes, si no contamos con la familia, como el lugar "natural" para la evangelización. Es imposible transmitir la fe a una tercera generación, teniendo que pasar por encima de la segunda. ¡Muy difícil! En torno a la familia nos jugamos el futuro de la Iglesia y hasta de la misma sociedad. Más aún, como decía Juan Pablo II: "En torno a la familia y a la vida se libra el principal combate por la dignidad del hombre".
Es verdad que, afortunadamente, la familia es una institución muy valorada. Cuando se hacen por ahí encuestas, la gran mayoría afirma valorar mucho la familia; pero al mismo tiempo se va derivando hacia un concepto de familia "difuso". La familia ha pasado a ser para muchos el lugar en que recibimos una acogida confortable, cómoda, el "txoko" en el que sentirse afectivamente a gusto... Sin embargo, queda en el olvido, o muy en segundo lugar, el hecho de que la familia es también el lugar de transmisión de los valores y de la educación moral.  Se produce esta paradoja: la familia es muy valorada, pero al mismo tiempo está inmersa en una gran crisis moral. Este riesgo existe.
No creo que os descubro el Mediterráneo,  si digo que en nuestra cultura lo que prima, lo que está en alza, es la concepción autónoma del hombre; un hombre libre, independiente, que piensa: "a mí, que nadie me diga lo que tengo que hacer"; con una concepción de "liberación" en la que parece que el hombre más maduro es aquel que no depende de nadie.
Se trata de una concepción de "autonomía" y de "libertad" que no se compagina fácilmente con la vocación de la familia. Nosotros creemos que el valor supremo no es tanto la independencia del hombre, cuanto su "comunión". El hombre maduro no es el más independiente o el más aislado frente a los demás, sino todo lo contrario.
Por lo demás, recordemos que nosotros, los creyentes, creemos en un Dios que es Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios no es un ser individual, sino que Dios es familia. Y esto no es algo baladí. El hecho de que Dios sea Padre, Hijo y Espíritu Santo quiere decir que a los hombres nos ha creado con el sello de la familia; nos ha creado con una vocación a la comunión. Dicho de otra manera: no es que Dios nos crease como individuos y luego se nos ocurrió juntarnos en familias. Eso de unirse en familias no es una construcción cultural, como dicen algunos, o una invención de las religiones, sino que, muy al contrario, está inserto en nuestro ser, en nuestra personalidad; es inherente a nosotros, porque hemos sido creados a imagen y semejanza de un Dios que es familia. Éste es el punto de partida, y desde aquí  quiero comenzar: nosotros, por creación, no somos "individuos" sino "personas" en comunión. 
Desde este punto de partida, os quiero ofrecer siete claves, tal vez un poco desordenadas, que no pretenden otra cosa que hacernos reflexionar, de forma que nos ayuden a examinar la "salud" de nuestra vivencia familiar.  

1. Primera clave: el sacramento del Matrimonio es un camino para la unión con Dios.
Se trata de recordar y revivir este principio básico: El matrimonio es una vocación para la unión con Dios. Obviamente, también lo es para la unión del hombre y la mujer... Pero es que resulta que en nuestro subconsciente, está presente el concepto de que el sacerdocio o la vida religiosa, son el camino para la unión con Dios (el sacramento "religioso"); mientras que el sacramento del matrimonio sería algo así como el sacramento "no religioso", el sacramento -digamos- "mundano". Los religiosos y los sacerdotes serían aquellos que apuestan por la unión con Dios, mientras que en el sacramento del matrimonio la apuesta sería distinta, no explícitamente para la unión con Dios. Partimos así de una imagen equivocada que hemos de purificar. Porque, en realidad, subamos a un monte por una ladera o por otra -hay muchas laderas para subir al monte-, al final llegamos al mismo pico, a la misma cumbre. Y de esto tenemos que convencernos: el sacerdocio, la vida religiosa y el matrimonio suben a la misma meta, y son caminos de una vocación a la unión plena con Dios. 
Ocurre quizás que en el matrimonio, en la vida de familia, existe un innegable riesgo de quedar absorbido por muchos problemas a lo largo del "camino": los agobios, la hipoteca, los niños, enfermedades, colegios, trabajo, etc. El riesgo del matrimonio y de la familia es quedarse inmerso en estas preocupaciones, olvidándose de la "meta" a la que nos dirigimos. Por el contrario, el riesgo más inmediato del sacerdocio o de la vida religiosa, no es tanto el de olvidar la meta a la que nos dirigimos... (¡Tendría delito!, como se dice popularmente, que los sacerdotes y religiosos nos olvidásemos de que Dios es nuestra meta). El peligro principal, en nuestro caso, suele ser el de configurar nuestra vida como si fuésemos unos "solterones". (Que me perdonen los solteros, porque utilizo la expresión en un sentido negativo). Me refiero al riesgo de buscar un estatus de vida acomodada, a no entregar plenamente la vida, a no vivir enamorados de la vocación que Dios nos ha dado; a ser una especie de "funcionarios acomodados" (¡y que me perdonen también los funcionarios!).
Pongo un ejemplo para iluminar lo anterior: Cuando los sacerdotes visitamos a las familias, -a mí siempre me ha gustado mucho en mi vida sacerdotal visitar a las familias- te invitan un día a cenar, y ves lo que es una familia con todos sus niños. Y ves que en una familia hay una entrega plena, y no hay "tregua", los niños lo piden todo, y los padres no tienen nada para sí, ni un metro cuadrado ni un minuto para sí mismos, no se poseen en propiedad, son totalmente para darse entre ellos y para darse a los niños. Y, ¡cómo no!, te llama profundamente la atención esa experiencia que comparten contigo. Uno sale de esa visita admirado de cómo ellos han entregado su vida totalmente, y cuestionándose si nosotros, los sacerdotes, actuamos con la misma generosidad: ¿Voy a poner límites a mi servicio sacerdotal, reduciéndolo a unas horas de despacho, o a unas circunstancias o momentos limitados? Obviamente, los sacerdotes y religiosos tenemos el riesgo de plantearnos la vida como un solterón; y, por ello, la vida de plena entrega en el seno de la familia, es un estímulo muy grande para recordar que Dios también nos ha pedido y nos ha  ofrecido, a través del celibato, un corazón esponsal de plena entrega.
Y al revés, un sacerdote, un religioso, le recuerdan a la familia que su camino es camino de unión con Dios, que no están únicamente para solucionar los problemas de esta vida, que son muchos; sino, que en medio de todo eso, están caminando, están peregrinando hacia la misma meta que el sacerdote y el religioso: Dios. Quiero decir con esto que nuestras vocaciones, todas ellas, se complementan y se iluminan unas a otras. Mi primera consideración es ésta: recordad que el matrimonio, la familia, es una vocación para llegar a Dios, para llegar al Cielo.

2. Segunda clave: el amor de Jesucristo.
No olvidéis que en el momento de vuestra unión matrimonial, la Iglesia os recordó que el amor de Cristo ha de ser vuestro modelo de amor. El matrimonio cristiano es amarse en Cristo. Se dijo en la celebración del sacramento: "Juan, ¿te entregas a Carmen como Cristo se entregó a su Iglesia?", Y lo mismo a la esposa: "¿Te entregas a tu esposo como Cristo se entregó a su Iglesia; como la Iglesia se dejó amar por Cristo?" Por lo tanto, nuestro modelo de amor es Jesucristo, y esto no es ninguna consideración poética: uno ama dependiendo de qué modelos, de qué referencias tenga. Nuestra "referencia" y nuestra "fuente" es Jesucristo, su estilo de amor, de entrega, de donación, de "amor crucificado". Y esto nos debe ayudar para sanar el concepto de amor meramente "romántico" que existe en nuestra cultura. 
Ya sé que algunos podríais replicarme que nuestra cultura no es precisamente muy romántica. ¡Es verdad! Muy al contrario, existe una falta de finura y delicadeza muy patente. Pero sí creo que nuestra cultura es "romántica" en cuanto a su concepción del amor, reducido a mera emotividad, confundido con los impulsos y sentimientos más superficiales. ¡El amor es reducido fácilmente a lo emocional! Y para justificar la infidelidad en el amor, se aduce con frecuencia que tenemos que ser sinceros con nuestros sentimientos, con nuestras emociones; y que el amor es "cambiante". Con el paso de los años, se afirma que se ha perdido la "chispa" del amor, y que, en consecuencia, hay que buscar "la química" en otro lado... 
Por desgracia, este concepto "romántico" de amor está muy extendido; y si no, basta fijarse con un poco de detalle en las letras de las canciones de moda, o en los modelos que se presentan en las series de televisión, en el cine... El amor se reduce fácilmente a lo emotivo. Pero claro ¿qué ocurre? ¡Que eso no se corresponde con la verdad antropológica del hombre y de la mujer! Es verdad que el amor afecta a lo emocional, pero lo supera... 
Por cierto, esto es aplicable a todas las vocaciones, también a los sacerdotes y a los religiosos. No penséis que un sacerdote cuando celebra la Misa lo hace siempre con la máxima emoción y sentimiento. Hay mañanas en que te tienes que pellizcar un poco para no dormirte; en las que no estás, precisamente, lleno de devoción... Las personas consagradas a Dios también tenemos muchos momentos en los que vivimos nuestra relación con Dios en "sequedad". Algunos días no sentimos nada en la oración; pero en otros momentos Dios nos puede conceder una gran intimidad y un gran gozo en la relación con él... Es decir, no es lo mismo la fe, que el sentimiento de la fe: uno puede tener una fe muy firme, llena de afectos y emociones; pero también puede ser muy firme su fe, a pesar de que no sienta nada y carezca de afectos.
En lo que respecta al amor de pareja "romántico" (en el sentido al que me refería antes) me atrevería a afirmar que detrás de él se esconde la inmadurez: En vez de ser la razón y la voluntad las que gobiernan nuestra vida, son más bien los sentimientos y las emociones los que se acaban imponiendo y nos acaban arrastrando... La madurez se da cuando es la razón la que ilumina la voluntad, y ésta ilumina los afectos. Por el contrario, la inmadurez es patente cuando dejamos que las emociones se impongan a la voluntad, y la voluntad a la razón. 
Por ejemplo, puede ocurrir con facilidad que a lo largo de nuestra vida matrimonial o de nuestra vida consagrada, nos sobrevengan sentimientos y emociones hacia otras personas, contradictorios con nuestro compromiso de vida. ¿Y cómo deberemos actuar en ese caso? Pues obviamente, tendremos que saber decir: "Oye, para el carro, que esto que se me ha pasado por el corazón es totalmente contradictorio con la fidelidad a mi matrimonio, o con la fidelidad al sacerdocio". Ya sé que lo que he dicho entra en contradicción con la cultura "romántica" que da vía libre a las emociones, pero es que sólo el hombre y la mujer maduros, son capaces de ordenar sus afectos. Y esto no es "reprimir" nuestro mundo afectivo, como muchos dirían; sino más bien "gobernarlo".
Dicho de otra manera, amar no es sólo sentir; amar es "querer querer". Ya sé que esto que digo es un tanto "políticamente incorrecto", pero es así: ¡amar no es sólo sentir, amar es querer querer! No es sólo el amor el que hace durar el matrimonio, sino que también es el matrimonio el que hace durar el amor. El hecho de estar casado, de haber tomado una "determinada determinación" de entregar la vida en el matrimonio, obviamente, preserva el amor, en medio de muchas fluctuaciones o crisis que podamos tener a lo largo de nuestra vida. Y es que, a pesar de que la vida es corta, a su vez, es lo suficientemente larga como para que en ella tengamos que acometer numerosas crisis y pruebas. No conozco a ningún matrimonio que nunca haya tenido momentos de crisis... La vida es corta pero, ¡da para mucho! 
Supongo que os sonará la expresión que dice: "Hay que quemar las naves". Pues bien, tiene su origen en un episodio histórico. Allá por el año 335 a.C., Alejandro Magno se disponía a conquistar Fenicia. En cuanto él y sus hombres  llegaron a las playas, desembarcaron y se encontraron con que Fenicia estaba perfectamente defendida, con unas murallas que parecían inexpugnables, con muchos más defensores que atacantes. Y, claro, los capitanes de Alejandro Magno le dijeron: "Vámonos de aquí, que no hay nada que hacer. Ya volveremos en otro momento". Entonces fue cuando Alejandro Magno pronunció la famosa orden: "Quemad las naves"... Y, ante el estupor de los soldados, las quemaron. De esta forma, se encontraron entre la playa y las murallas de Fenicia, sin posibilidad de volver atrás: "Ahora, o conquistamos Fenicia, o aquí terminan nuestros días". Y, claro, ¡conquistaron Fenicia! No cabe duda de que la conquista fue posible porque las naves habían sido quemadas; de lo contrario, en el fragor de la lucha, fácilmente hubiesen caído en la tentación de retroceder y de huir... Algo de esto pasa también en la vida matrimonial cuando uno es consciente de que amar no solo es sentir emociones; sino que también es "querer querer". De esta forma, los problemas se cogen por los cuernos, sin huir ni escapar de ellos. 
Soy plenamente consciente de que el amor matrimonial maduro no está desligado de los afectos y sentimientos. Por el contrario, la afectividad y la sexualidad han de estar educadas e integradas en la vocación al amor. Pero claro, las crisis sobrevienen, y especialmente, en esos momentos es fundamental nuestro modelo y referencia de amor: Jesucristo. Ésta es la clave de los cristianos: el amor crucificado.

3. Tercera clave: la comunicación.
Nos referimos a la comunicación fluida y profunda dentro del matrimonio. Con frecuencia ocurre que, a pesar de que nos queremos mucho, sin embargo, no sabemos expresarlo; más aún, a veces ocurre que nos queremos mal, de una forma equivocada. ¡No es lo mismo quererse mucho que quererse bien! 
Los sacerdotes solemos escuchar frecuentemente las lamentaciones de quienes sienten un sufrimiento grande tras la muerte de un ser querido, por el remordimiento de no haber sabido expresarle suficientemente cuánto le querían: "Yo quería profundamente a mi madre, a mi abuelo, etc, pero nunca se lo he dicho explícitamente, sino que siempre hemos vivido como el perro y el gato, haciéndonos sufrir. No sé muy bien por qué, pero siempre he tenido una dificultad de comunicación en el hogar. Es como si hubiese reservado lo más amargo de mi carácter para los de casa". Es una paradoja bien conocida: reservamos nuestro lado más insufrible para los seres queridos, y en la calle vamos conquistando a la gente, haciéndonos los simpáticos. Como suponemos que los de casa ya están conquistados, ahí no nos esforzamos nada. ¡Es una de esas contradicciones que más nos pueden hacer sufrir!
Hace poco estaba visitando a un enfermo en el hospital, que estaba muy mal, y su mujer me decía que su esposo enfermo no solía querer que nadie se quedase a su lado, excepto su propia mujer. Me decía lo siguiente: "El caso es que a mí me trata a patadas, pero quiere que esté yo junto a él, porque no se va a atrever a tratar así a otro"...  ¡Somos un misterio difícil de expresar! Pero el mismo refranero refleja esta paradoja: "Donde hay confianza da asco". A pesar de que nos queramos mucho, tenemos dificultades para querernos bien, además de para saber expresarnos lo que sentimos. ¡Saber expresarse bien es todo un arte!
Recuerdo que en el Seminario, entre la filosofía y la teología, se nos invitó a los seminaristas a hacer libremente un curso de espiritualidad. Y dentro de ese curso se abordó algo tan delicado como el aprender a expresar lo que pensábamos unos de los otros, intentando decirlo sin ofendernos, con plena objetividad y con el deseo de ayudarnos. El experimento era muy arriesgado, porque si no se abordaba de forma adecuada, podía hacer más mal que bien. Sin embargo, lo recuerdo como uno de los pasos más importantes en mi vida: fue una verdadera educación en la comunicación y en el aprendizaje de la expresión de nuestros sentimientos y convicciones. Pues bien, en este terreno también existe una gran dificultad en la vida familiar, hasta el punto de ser una de las principales causas de las crisis y de las rupturas: la dificultad en la comunicación.
Esta dificultad, combinada con el orgullo, resulta ser una especie de "bomba", porque el orgullo dificulta mucho más las cosas. ¡El orgullo es la tumba de muchos matrimonios! En nuestra Diócesis tenemos el Centro de Orientación Familiar que trata a muchas parejas. Tiene una gran demanda, -gracias a Dios, hay parejas que quieren afrontar los problemas, sin limitarse a padecerlos- y la mayor parte de los casos que se atienden son por dificultades en la comunicación. 
Por lo tanto, no sólo tenemos que querernos mucho, sino querernos bien. Que no se diga de nosotros lo que afirma el refrán vasco: "Kalean uso eta etxean otso" ("En la calle soy paloma y en casa soy un lobo"). Tengamos en cuenta que la familia no sólo es la "escuela de todas las virtudes", sino también, "el escaparate de todos los defectos".  
Por ello, el mayor regalo que podemos hacer a la familia es la propia conversión. Es el mayor regalo que le puede hacer un padre a un hijo, un esposo a una esposa, unos hijos a una madre, etc. ¡He aquí el mayor regalo!: Ofrecer por la familia la firme decisión y el empeño de la conversión personal.

4. Cuarta clave: la donación dentro de la familia.
La familia está pensada como un instrumento privilegiado para llevar a cabo esa llamada que Dios nos ha dirigido a todos los seres humanos, de emplear "a tope" los talentos que cada uno hemos recibido, sin enterrarlos ni esconderlos. Jesús dice en el Evangelio: "El que busque su vida para sí la perderá, y el que la pierda por mí la encontrará". Pues bien, el matrimonio y la familia son un camino privilegiado para vivir esta palabra de Cristo.
Ahora bien, está claro que el nivel de donación, dentro de la familia, puede ser más grande o más pequeño. El motor puede estar a más o a menos revoluciones. Y por ello conviene hacer una revisión de la "salud" y de la "calidad" de este "motor de la vida". 
Por ejemplo -y lo digo para todos los casados, que estáis aquí- suponeos que no os hubieseis casado... ¿Qué sería de vosotros si no hubieseis formado una familia, si vuestro proyecto de vida fuese solitario? Soy consciente de que la pregunta tiene algo de ciencia ficción, pero me atrevería a deciros que habría muchas posibilidades de que fueseis más egoístas y menos santos de lo que sois actualmente. Existiría un notable riesgo de que todo girase en torno al bienestar personal, a la llamada "calidad de vida", a sentirse cómodos... 
Pues bien, la vocación familiar es muy sanadora del egocentrismo. Tiene una capacidad muy grande de hacer de nuestra vida una donación generosa para los demás. Y, además, de una forma en la que uno ni tan siquiera se percata de su propia generosidad. En la familia, uno es capaz de hacer cosas heroicas, que si tuviera que hacerlas para los de fuera de casa, sería considerado como un "santo de canonizar"... Por ejemplo, sería incuantificable si hubiese que "facturar" las horas extras, nocturnidad, riesgos, etc, que se dedican a lo largo de un año, en el seno de la familia. ¡Nos enfrentaríamos ante una factura imposible de abonar! Y, sin embargo, esto tiene lugar dentro de la familia de una forma cuasi espontánea -aunque a veces hay que reconocer que también cuesta-. Dios nos da el don de hacerlo como si no nos estuviese costando. Aquí también se cumple de alguna forma la frase evangélica: "Que no sepa tu mano derecha lo que hace la izquierda". La vocación matrimonial nos preserva en gran medida de los egocentrismos, de estar toda nuestra existencia mirándonos al ombligo; nos da una gran capacidad de sacrificio, y nos empuja a dar lo mejor de nosotros mismos. Se trata de la mejor terapia para la sanación del narcisismo, tanto para los mayores como para los pequeños. De hecho, los hijos que crecen con la experiencia de vivir y compartirlo todo en familia (de forma especial cuando ésta es numerosa), son fácilmente preservados del egocentrismo.
Ocurre que en la medida en que ha avanzado la crisis de la secularización, también se ha relajado en el seno de la familia el nivel de la entrega generosa. Pongamos otro ejemplo: con frecuencia se oye a quienes deciden casarse: "Nosotros ahora queremos disfrutar de la vida, más adelante ya tendremos hijos"... Les escuchas y piensas en tu interior: "Madre mía, ¿posponer los hijos para disfrutar de la vida?"... Si yo fuera su hijo, todavía en el seno de Dios, les gritaría diciendo, "Aita, ama, no me traigáis al mundo, que no quiero amargaros la vida". En fin, permitidme esta ironía... Nosotros hemos conocido unos padres en los que el concepto de felicidad casi se identificaba con el de entrega: absolutamente olvidados de sí mismos y absolutamente felices; y más felices cuanto más olvidados.
Por eso la secularización ha conllevado una menor generosidad de entrega en el matrimonio, de entrega a los hijos. La crisis de natalidad que tiene Occidente, es una crisis muy compleja, ciertamente, con muchos factores. Pero no sólo tiene factores y motivos coyunturales. También tiene razones morales y espirituales. La crisis de natalidad, el hecho de que Guipuzcoa tenga un índice de natalidad de 1,1 -lejísimos del 2,3-2,4 necesario para el relevo generacional-, obviamente, tiene también raíces morales y espirituales. Claro que puede haber factores externos en la disminución de la natalidad como las crisis económicas, pero paradójicamente, cuando la economía ha sido pujante, el índice de natalidad ha subido poquísimo, incluso a veces hasta ha bajado. Se trata pues, de una crisis espiritual en nuestra cultura. Es obvio que la paternidad y la maternidad lo piden todo de nosotros y eso choca frontalmente con la menor capacidad de entrega, así como la menor capacidad del olvido de nosotros mismos.

5. Quinta clave: la familia extensa. 
Me quiero referir ahora a los bienes espirituales y morales que se derivan de la familia extensa, contrapuesta a la familia nuclear (que es la reducida al matrimonio y los hijos -si los tienen-). Según ha avanzado la secularización, todos somos conscientes de que, salvo honrosas excepciones, las familias se han ido aislando en su núcleo. Si antes la familia se relacionaba de una forma mucho más amplia (tíos, primos, abuelos, etc), y eran muy frecuentes entre nosotros los grandes encuentros familiares, actualmente, nos hemos ido reduciendo a un concepto de familia mucho más nuclear, lo cual conlleva una gran pobreza y está muy en la línea de esa cultura individualista de la que hablaba al principio. Más todavía, la reducción a la familia nuclear, está muy ligada a un concepto de amor "carnal" (en el sentido de nuestra propia "carne y sangre"): por los propios hijos hacemos lo que sea necesario, pero nos sentimos ajenos a los que no han nacido de nuestra carne y sangre.
Y, fijaos bien, no hay una prueba más auténtica de amor en el matrimonio y en la familia que -por ejemplo- la capacidad de amar a la madre de su cónyuge (la suegra), como si fuese la propia madre. Es decir, el amor espiritual hace que mi suegra sea querida y tratada como mi propia madre. ¡¡Es difícil que el esposo/a perciba una prueba de amor superior a ésta por parte de su cónyuge!! (Lo mismo podríamos decir de las demás relaciones familiares extensas: que la cuñada sea como una hermana para mí, etc., etc.). Dicho de otro modo, cuando el matrimonio goza de una buena salud, los vínculos del amor superan la carne y la sangre, y espiritualizan las relaciones de la familia extensa.
Por desgracia, nos encontramos con muchos matrimonios que viven las relaciones familiares en un nivel muy "carnal": "El mes pasado fuimos a casa de tu madre, ahora ya nos toca con mi familia", etc...  Cuando se producen este tipo de discusiones y forcejeos en el seno del matrimonio, es señal de que el amor matrimonial se está viviendo de una forma muy egoísta (desde la propia carne y sangre). Es una señal de que algo está fallando; de forma que, en el mejor de los casos, suele optarse por un "pacto de egoísmos", en el que se reducen las relaciones con la familia extensa, o se reparten entre "los míos" y "los tuyos".
El reto de espiritualizar el amor matrimonial, abriéndose y enriqueciéndose con la familia extensa, no deja de ser un cumplimiento de aquellas palabras del Génesis: "Ya no serán dos, sino una sola carne". Solamente en esa unión de corazones se puede vivir la familia extensa como un gran regalo: "Tu padre es también el mío, mi madre es la tuya, y tu hermano es el mío". 
Con respecto a los abuelos, quisiera hacer una mención aparte, por el gran apoyo que están suponiendo en este momento a las familias. En mi opinión existen dos riesgos opuestos: Por una parte, el riesgo de que el apoyo que se pide a los abuelos sea excesivo; un "escaquearse" de lo que nosotros debiéramos aportar a los hijos. Por ejemplo, cuando la formación religiosa se apoya exclusivamente en los abuelos, aunque al principio parezca algo sin consecuencias, al cabo de un tiempo suscitará la crisis en los niños, quienes terminarán por decir: "Esto de la fe debe ser cosa de viejos, porque el aita y la ama se dedican a las cosas verdaderas de la vida: ganar dinero, etc". Los ojos de los niños son una auténtica cámara grabadora que todo lo capta. Por el contrario, también se da el peligro de signo contrario: cuando existen malas relaciones con la familia extensa, los niños suelen estar condenados a perder la riqueza educacional de los abuelos. No hace mucho, me decía una abuela que había ido a visitar a su nieto mientras la nuera estaba trabajando; y que la nuera le había dicho a su hijo: "Dile a tu madre que aquí no entra si nosotros no estamos, y además nos tiene que avisar de que va a venir".  Me lo decía llorando.

6. Sexta clave: el liderazgo de la maternidad espiritual y de la paternidad espiritual. 
No me estoy refiriendo aquí, a la polémica absurda de si en el matrimonio manda el hombre o la mujer. Me refiero a que exista un liderazgo espiritual coherente y coordinado entre el padre y la madre. 
¿Qué quiero expresar con el término "liderazgo espiritual de la madre"? Es obvio que el amor carnal nos suele llevar a entregarnos de una forma muy instintiva: "Yo por mis hijos hago lo que sea, si hace falta doy la vida, voy donde sea...". Sí, pero puede ocurrir que esto se compagine con la indiferencia o la omisión hacia los hijos del prójimo, "porque esos ya no son míos". A veces diferenciamos tanto el amor a nuestros hijos del resto de los mortales, que hasta parece que los estamos contraponiendo. De este grave error se suelen desprender muchas consecuencias negativas: El amor a los hijos es posesivo. Se les consiente en exceso. Se les saca la cara siempre y de forma incondicional. Se intenta evitar a cualquier precio el sufrimiento y la experiencia de la cruz...  Se trata de un "amor maternal muy carnal" que hace mucho daño, porque no ama bien. ¡Qué gran lección puede dar una madre a su hijo cuando le enseña a compartir su amor con el prójimo! ¡Es la mejor lección de justicia que podemos recibir desde pequeños!
Recuerdo haber tenido que llamar la atención a algún niño en la catequesis, en Zumárraga, y encontrarme con la paradoja de que los padres me mirasen con mala cara. Vino la madre a hablar conmigo, y durante la conversación, no terminaba de aceptar que su hijo mereciese ninguna corrección. Hubo un momento en que le dije a la madre: "Oiga, usted y yo estamos en el mismo bando, los dos queremos educar al niño". Pero, por desgracia, el concepto carnal del amor hace que cualquier corrección se perciba como un ataque. 
También existe una crisis de "paternidad espiritual". Creo que nuestra cultura, en su reacción contra el machismo, ha pasado de éste a la actitud "acomplejada". La figura del padre está todavía más en crisis que la de la madre. A la madre se le cuestiona mucho menos, pues se caracteriza por sacarnos siempre las "castañas del fuego". Pero claro, el padre se pregunta: "¿Y yo, qué posición tengo en la educación de los hijos?" Existe una crisis de liderazgo espiritual paterna, de transmisión de valores, con el riesgo de que el padre se ausente y delegue totalmente en la mujer la educación de los hijos. De hecho, uno de los modelos que más se repiten es el de una madre súper protectora, con un amor muy posesivo hacia sus hijos, combinado con un padre más bien ausente, lo cual suele derivar en grandes crisis de identidad en los hijos. 

7. Séptima clave: Educación Cristocéntrica.
En el modelo educativo que transmitimos a los hijos en la familia cristiana, en la parroquia, y en la escuela, existe el riesgo de no poner al mismo Jesucristo como clave central de la educación cristiana. O también puede ocurrir que, en vez de dar la máxima importancia al conocimiento y al amor a Dios, reduzcamos la educación cristiana a una serie de valores morales: buenos modales, solidaridad, sinceridad, etc.
Por ejemplo, llama la atención que a pesar del abandono de la práctica religiosa de muchas familias, sin embargo, no ha disminuido el número de los alumnos matriculados en la escuela católica. Incluso muchos padres no creyentes, matriculan a sus hijos en la escuela católica. ¿Por qué? Obviamente, porque existe una comprensión de la educación muy reducida a una dimensión moral o técnica de la misma, y no tanto religiosa.  Se busca en la educación cristiana una especie de "campana de cristal" que proteja a nuestros hijos de los males. Son aquellos padres que dicen: "Vamos a llevar a nuestros hijos a los frailes para que les eduquen. Mientras estén con ellos no aprenderán cosas malas...  Tú, hijo, vete al colegio de frailes, y coge lo bueno. Luego, el día de mañana, si no tienes fe, no pasa nada, pues lo importante es que hayas aprendido algo y seas buena persona". Más o menos, esto es lo que está en el ambiente; se utiliza la Iglesia como un simple medio de protección frente a los males morales, sin acoger su mensaje de fe.
Se trata de una manipulación que pretende reducir la religión católica a su dimensión ética, olvidando que se trata del camino para el encuentro con Jesucristo.  Y eso, con todos mis respetos, además de ser una manipulación, no funciona, ni puede funcionar. Los hijos difícilmente se identificarán con unos valores morales cristianos, si no han conocido y se han enamorado de la persona de Jesucristo. 
Recuerdo haber escuchado un relato, para explicar esto, referida a la caza del zorro, que practican en Inglaterra y que allí es un deporte nacional. Preparan una jauría numerosa de perros (unos veinte o treinta), los cazadores van a caballo, y se suelta el zorro. En ese momento, todos empiezan a perseguirlo. La cacería se prolonga, los perros se van cansando, pasan las horas y se van descolgando. Al final, sólo unos pocos perros (tres o cuatro) son los que alcanzan al zorro. Uno se pregunta: ¿por qué estos perros han resistido más que los que han abandonado? ¿Eran más jóvenes? ¿Estaban mejor alimentados? ¿Habían sido mejor entrenados? La respuesta es otra: Esos perros han alcanzado al zorro porque lo habían visto al principio; los demás no habían llegado a verlo. La jauría corría porque veía correr, ladraba porque veía ladrar, saltaba porque saltaban los demás. Pero conforme se alarga la carrera, uno se va cansando y se dice: "Oye, que yo no he visto nada. ¿Tú has visto algo? Pues yo tampoco... Pues dejemos ya de correr". Está claro que pegarse una carrera larga sin haber visto nada, es muy costoso. Y algo así pasa  en la vida cristiana.
No puede ser que a nuestros hijos pretendamos darles una educación moral cristiana, diciéndoles lo que deben y lo que no deben hacer, sin que al mismo tiempo les conduzcamos a la relación personal e íntima con Jesucristo, o sin conocer y amar a María, su Madre. Llegará un momento en que dirán: "Oye tú, que es más fácil dejarse llevar en la vida, es más fácil entrar por la puerta ancha que por la puesta estrecha". La educación no puede ser de corte moralista, es decir, no meramente centrada en la moral, sino centrada en Jesucristo, haciendo de Él el centro y el modelo de vida.
Aunque en teoría es obvio que el centro del cristianismo es Jesucristo, muchas veces comprobamos lo contrario. Por ejemplo, tú les preguntas a muchos jóvenes, supuestamente cristianos, qué es el cristianismo y te responden: "¿El cristianismo? Pues eso: compartir, ser una buena persona, etc". Es decir, han recibido un concepto de cristianismo reducido a un barniz ético; pero, en realidad, no tienen una experiencia de lo que es la relación con Cristo, ni de su amor. 
Concluyo con la última de las siete claves: la centralidad de Jesucristo: su persona, su vida, su Redención y su entrega por nosotros. ¡Cristo bendijo el matrimonio y la familia con su presencia en las bodas de Caná, y esto nos permite fortalecer y santificar nuestra vocación matrimonial!

sábado, 26 de marzo de 2011

reflexiones serias: sobre el amor

Me parece estupenda esta reflexión del padre Cantalamessasobre el amor . Una aproximanción a nuestra sociedad a partir de la tensión entre el amor erótico (eros) y el amor de caridad (agape). Es largo y profundo, hay que leerlo con tiempo y con calma.



P. Raniero Cantalamessa
Primera predicación de Cuaresma

LAS DOS CARAS DEL AMOR: EL EROS Y EL ÁGAPE

1. Las dos caras del amor
Con las predicaciones de esta Cuaresma quisiera seguir en el esfuerzo, comenzado en Adviento, de llevar una pequeña contribución de cara a la reevangelización del occidente secularizado, que constituye en este momento la preocupación principal de toda la Iglesia y en particular del Santo Padre Benedicto XVI.
Hay un ámbito en el que la secularización actúa de modo particularmente difundido y nefasto, y es el ámbito del amor. La secularización del amor consiste en separar el amor humano, en todas sus formas, de Dios, reduciéndolo a algo puramente “profano”, donde Dios está “de más” e incluso molesta.
Pero el tema del amor no es importante solo para la evangelización, es decir, en la relación con el mundo; lo es también, y ante todo, para la vida interna de la Iglesia, para la santificación de sus miembros. Es la perspectiva en la que se coloca la encíclica Deus caritas est del Santo Padre Benedicto XVI y en la que nos colocamos también nosotros en estas reflexiones.
El amor sufre una nefasta separación, no sólo en la mentalidad del mundo secularizado, sino también en el lado opuesto, entre los creyentes y en particular entre las almas consagradas. Simplificando al máximo, podríamos formular así la situación: en el mundo encontramos un eros sin agape; entre los creyentes encontramos a menudo un agape sin eros.
El eros sin agape es un amor romántico, muy a menudo pasional, hasta la violencia. Un amor de conquista que reduce fatalmente el otro a objeto del propio placer e ignora toda dimensión de sacrificio, de fidelidad y de donación de sí. No es necesario insistir en la descripción de este amor porque se trata de una realidad que tenemos a diario ante los ojos, de la que se hace propaganda martilleante por parte de novelas, películas, series televisivas, internet, revistas llamadas “rosa”. Es lo que el lenguaje común entiende, actualmente, con la palabra “amor”.
Más útil para nosotros es comprender qué se entiende por agape sin eros. En música existe una distinción que nos puede ayudar a hacernos una idea: la que existe entre el jazz caliente y el jazz frío. Leí en alguna parte esta caracterización de los dos géneros, aunque no es la única posible. El jazz caliente (hot) es el jazz apasionado, ardiente, expresivo, hecho de impulsos, de sentimientos, y por tanto de cabriolas e improvisaciones originales. El jazz frío (cool) es el que se hace cuando se pasa al profesionalismo: los sentimientos se vuelven repetitivos, la inspiración se sustituye por la técnica, la espontaneidad por el virtuosismo.
Siguiendo esta distinción, el agape sin eros nos parece como un “amor frío”, un amar “con la cabeza”, sin participación de todo el ser, más por imposición de la voluntad que por impulso íntimo del corazón. Un ajustarse a un molde preconstituido, en lugar de crear uno propio e irrepetible, como irrepetible es todo ser humano ante Dios. Los actos de amor dirigidos a Dios se parecen a aquellos de ciertos enamorados inexpertos que escriben a la amada cartas copiadas de un prontuario.
Si el amor mundano es un cuerpo sin alma, el amor religioso practicado así es un alma sin cuerpo. El ser humano no es un ángel, es decir, un puro espíritu; es alma y cuerpo sustancialmente unidos: todo lo que hace, incluyendo amar, debe reflejar esta estructura suya. Si la parte ligada al tiempo y a la corporeidad es sistemáticamente negada o reprimida, el resultado será doble: o se sigue adelante de forma faticosa, por sentido del deber, por defensa de la propia imagen, o bien se buscan compensaciones más o menos lícitas, hasta los dolorosísimos casos que están afligiendo a la Iglesia. En el fondo de muchas desviaciones morales de almas consagradas, no puede ignorarse, hay una concepción distorsionada y deformada del amor.
Tenemos por tanto un motivo doble y una doble urgencia de redescubrir el amor en su unidad originaria. El amor verdadero e íntegro es una perla escondida entre dos valvas, que son el eros y el agape. No se pueden separar estas dos dimensiones del amor sin destruirlo, como no se pueden separar entre el hidrógeno y el oxígeno sin privarnos con ello mismo del agua.
2. La tesis de la incompatibilidad entre los dos amores
La reconciliación más importante entre las dos dimensiones del amor es esa práctica que tiene lugar en la vida de las personas, pero precisamente para que esta sea posible es necesario comenzar con reconciliar entre sí eros y agape también teóricamente, en la doctrina. Esto nos permitirá entre otras cosas conocer finalmente qué se entiende con estos dos términos tan a menudo usados y malentendidos.
La importancia de la cuestión nace del hecho de que existe una obra que hizo popular en todo el mundo cristiano la tesis opuesta de la inconciliabilidad de las dos formas de amor. Se trata del libro del teólogo luterano sueco Anders Nygren, titulado “Eros y agape” [1]. Podemos resumir su pensamiento en estos términos. Eros e agape designan dos movimientos opuestos: el primero indica ascensión y subida del hombre a Dios y a lo divino como al propio bien y al propio origen; la otra, el ágape, indica el descendimiento de Dios al hombre con la encarnación y la cruz de Cristo, y por tanto la salvación ofrecida al hombre sin mérito y sin respuesta por su parte, que no sea la sola fe. El Nuevo Testamento hizo una elección precisa, usando, para expresar el amor, el término agape y rechazando sistemáticamente el término eros.
San Pablo es el que con más pureza recogió y formuló esta doctrina del amor. Después de él, siempre según la tesis de Nygren, esta antítesis radical fue perdiéndose casi en seguida para dar lugar a intentos de síntesis. Apenas el cristianismo entra en contacto cultural con el mundo griego y la visión platónica, ya con Orígenes, hay una revaloración del eros, come movimiento ascensional del alma hacia el bien y hacia lo divino, como atracción universal ejercida por la belleza y por lo divino. En esta línea, el Pseudo Dionisio Areopagita escribirá que “Dios es eros[2], sustituyendo este término al de agape en la célebre frase de Juan (1 Jn 4,10).
En occidente una síntesis análoga la realiza Agustín con su doctrina de la caritas entendida como doctrina del amor descendente y gratuito de Dios por el hombre (¡nadie ha hablado de la “gracia” de manera más fuerte que él!), pero también como anhelo del hombre al bien y a Dios. Suya es la afirmación: “Nos has hecho para ti, oh Dios, y nuestro corazón está inquieto hasta que no reposa en ti”[3]; suya es también la imagen del amor como de un peso que atrae al alma, como por la fuerza de la gravedad, hacia Dios, como al lugar del propio descanso y del propio placer [4]. Todo esto, para Nygren, inserta un elemento de amor de sí, del propio bien, y por tanto de egoísmo, que destruye la pura gratuidad de la gracia; es una recaída en la ilusión pagana de hacer consistir la salvación en una ascención a Dios, en lugar de en el gratuito e inmotivado descenso de Dios hacia nosotros.
Prisioneros de esta síntesis imposible entre eros y agape, entre amor de Dios y amor propio, siguen siendo, según Nygren, san Bernardo cuando define el grado supremo del amor de Dios como un “amar a Dios por sí mismo” y un “amar a sí mismo por Dios” [5], san Buenaventura con su ascensional “Itinerario de la mente en Dios”, como también santo Tomás de Aquino que define el amor de Dios efundido en el corazón del bautizado (cf. Rm 5,5) como “el amor con el que Dios nos ama y con el que hace que nosotros le amemos” (amor quo ipse nos diligit et quo ipse nos dilectores sui facit”) [6]. Esto de hecho vendría a decir que el hombre, amado por Dios, puede a su vez amar a Dios, darle algo suyo, lo que destruiría la absoluta gratuidad del amor de Dios. En el plano existencial la misma desviación según Nygren, se tiene con la mística católica. El amor de los místicos, con su fortísima carga de eros, no es otro, para él, que un amor sensual sublimado, un intento establecer con Dios una relación de presuntuosa reciprocidad en amor.
Quien rompió la ambigüedad y devolvió a la luz la neta antítesis paulina fue, según el autor, Lutero. Fundando la justificación en la sola fe, él no excluyó la caridad del momento fundacional de la vida cristiana, como le recrimina la teología católica; más bien liberó a la caridad, el agape, del elemento espurio del eros. A la fórmula de la “sola fe”, con exclusión de las obras, correspondería, en Lutero, la fórmula del “solo agape”, con exclusión del eros.
No me corresponde aquí establecer si el autor interpretó correctamente en este punto el pensamiento de Lutero que – hay que decirlo – nunca planteó el problema en términos de confrontación entre eros y agape, como hizo en cambio entre fe y obras. Es significativo, con todo, el hecho de que también Karl Barth, en un capítulo de su “Dogmática eclesial”, llega al mismo resultado que Nygren de una confrontación incurable entre eros y agape: “Donde entra en escena el amor cristiano – escribe –, comienza inmediatamente el conflicto con el otro amor y este conflicto no tiene fin”[7]. Yo digo que si esto no es luteranismo, es sin embargo ciertamente teología dialéctica, teología del aut-aut, de la antítesis, no de la síntesis.
El resultado de esta operación es la radical mundanización y secularización del eros. Mientras de hecho una cierta teología excluía el eros del agape, la cultura secular era muy feliz, por su parte, de excluir el agape del eros, es decir, toda referencia a Dios y a la gracia del amor humano. Freud proporcionó a ello una justificación teórica, reduciendo el amor a eros y el eros a libido, a pura pulsión sexual que lucha contra toda represión e inhibición. Es el estadio al que se recude hoy el amor en muchas manifestaciones de la vida y de la cultura, sobre todo en el mundo del espectáculo.
Hace dos años me encontraba en Madrid. En los periódicos no se hacía otra cosa que hablar de una cierta exposición de arte que se celebraba en la ciudad, titulada “Las lágrimas del eros”. Era una exposición de obras artísticas con trasfondo erótico – cuadros, dibujos, esculturas – que pretendía sacar a la luz el indisoluble vínculo que existe, en la experiencia del hombre moderno, entre eros y thanatos, entre amor y muerte. A la misma constatación se llega, leyendo la recopilación de poesías “Las flores del mal” de Baudelaire o “Una temporada en el infierno” de Rimbaud. El amor que por su naturaleza debería llevar a la vida, lleva en cambio a la muerte.
3. Vuelta a la síntesis
Si no podemos cambiar de golpe la idea de amor que tiene el mundo, podemos sin embargo corregir la visión teológica que, sin quererlo, la favorece y legitima. Es lo que ha hecho de manera ejemplar el Santo Padre Benedicto XVI con la encíclica Deus caritas est. Él reafirma la síntesis católica tradicional expresándola en términos modernos. “Eros e agape, se lee – amor ascendente y amor descendente – nunca llegan a separarse completamente […]. la fe bíblica no construye un mundo paralelo o contrapuesto al fenómeno humano originario del amor, sino que asume a todo el hombre, interviniendo en su búsqueda de amor para purificarla, abriéndole al mismo tiempo nuevas dimensiones” (nr. 7-8). Eros y agape están unidos a la fuente misma del amor que es Dios: “Él ama - continua el texto de la encíclica - y este amor suyo puede ser calificado sin duda como eros que, no obstante, es también totalmente agapé. ” (nr. 9).
Se entiende la acogida insólitamente favorable que este documento pontificio encontró también en los ambientes laicos más abiertos y responsables. Ésta da una esperanza al mundo. Corrige la imagen de una fe que toca tangencialmente el mundo, sin penetrar dentro de él, con la imagen evangélica de la levadura que hace fermentar la masa; sustituye la idea de un reino de Dios venido a “juzgar” al mundo, con la de un reino de Dios venido a “salvar” al mundo, empezando por el eros que es su fuerza dominante.
A la visión tradicional, propia tanto de la teología católica como de la ortodoxa, se puede aportar, creo, una confirmación también desde el punto de vista de la exégesis. Los que sostienen la tesi de la incompatibilidad entre eros y agape se basan en el hecho de que el Nuevo Testamento evita cuidadosamente – y, al parecer, intencionalmente – el término eros, usando en su lugar siempre y sólo agape (aparte de algún uso raro del término philia, que indica el amor de amistad).
El hecho es cierto, pero no son ciertas las conclusiones que se sacan de él. Se supone que los autores del NT estaban al corriente del sentido que el término eros tenía en el lenguaje común –el eros, por así decirlo, “vulgar” – como el sentido elevado y filosófico que tenía, por ejemplo, en Platón, el llamado eros “noble”. En la acepción popular, eros indicaba más o menos lo que indica también hoy cuando se habla de erotismo o de películas eróticas, es decir, la satisfacción del instinto sexual, una degradación más que un enaltecimiento. En la acepción noble éste indicaba el amor por la belleza, la fuerza que mantiene unido el mundo y que empuja a todos los seres a la unidad, es decir, ese movimiento de ascensión hacia lo divino que los teólogos dialécticos consideran incompatible con el movimiento descendente de lo divino hacia el hombre.
Es difícil sostener que los autores del Nuevo Testamento, dirigiéndose a personas sencillas y de ninguna cultura, pretendiesen ponerles en guardia contra el eros de Platón. Estos evitaron el término eros por el mismo motivo por el que un predicador evita hoy el término erótico o, si lo usa, lo hace sólo en sentido negativo. El motivo es que, entonces como ahora, la palabra evoca el amor en su expresión más egoísta y sensual [8]. La sospecha de los primeros cristianos hacia el eros se agravaba ulteriormente por el papel que éste desempeñaba en los desenfrenados cultos dionisíacos.
Apenas el cristianismo entra en contacto y en dialogo con la cultura griega de la época, cae inmediatamente, lo hemos visto ya, toda exclusión respecto al eros. Éste era usado a menudo, en los autores griegos, como sinónimo de agape y empleado para indicar el amor de Dios por el hombre, como también el amor del hombre por Dios, el amor por las virtudes y por todo lo bello. Basta, para convencerse de ello, una simple mirada al “Léxico Patrístico Griego” de Lampe[9]. El de Nygren y de Barth es por tanto un sistema construido sobre una falsa aplicación del argumento llamado ex silentio.
4. Un eros para los consagrados
La redención del eros ayuda antes que nada a los enamorados humanos y a los esposos cristianos, mostrando la belleza y la dignidad del amor que les une. Ayuda a los jóvenes a experimentar las fascinación del otro sexo, no como algo turbio, vivido lejos de Dios, sino como un don del Creador para su alegría si se vive en el orden que Él quiere. A esta función positiva del eros se refiere también el Papa en su encíclica, cuando habla del camino de purificación de eros que lleva de la atracción momentánea al “para siempre” del matrimonio (nr. 4-5).
Pero la redención del eros nos debe ayudar también a nosotros consagrados, hombres y mujeres. He destacado al principio el peligro que corren las almas religiosas, que es aquel de un amor frío, que no desciende desde la mente hasta el corazón. Un sol invernal que ilumina pero que no calienta. Si eros significa empuje, deseo, atracción, no debemos tener miedo a los sentimientos, ni menospreciarlos o reprimirlos. Cuando se trata del amor de Dios -escribió Guillermo de St.Thierry- el sentimiento de afecto (affectio) es también gracia, no es, de hecho, la naturaleza la que puede infundir un sentimiento tal [10].
Los salmos están llenos de este anhelo del corazón de Dios: “A ti Señor, levanto mi alma ...”, “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo”. “Por tanto, presta atención -dice el autor de la 'Nube del no saber'- a este maravillosos trabajo de la gracia en tu alma. Esto no es otra cosa que un impulso espontáneo que surgen sin avisar y que señala directamente a Dios, como una centella que se libera del fuego... Golpea esta nube densa del no saber con la flecha afilada del deseo de amor y no te muevas de allí, pase lo que pase”[11]. Es suficiente, para realizar esto, un pensamiento, un movimiento del corazón, una jaculatoria.
Pero todo esto no nos basta y Dios lo sabe mejor que nosotros. Nosotros somos criaturas, vivimos en el tiempo y en un cuerpo; necesitamos una pantalla sobre la que proyectar nuestro amor que no sea sólo “la nube del no saber”, es decir el velo de oscuridad tras el cual se esconde el Dios que nadie ha visto nunca y que habita una luz inaccesible...
La respuesta que se da a esta pregunta, la conocemos bien: ¡por esto Dios nos ha dado la posibilidad de amar! “Nadie ha visto nunca a Dios: si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros...  El que dice: «Amo a Dios», y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve?” (1Jn 4, 12.20). Pero debemos estar atentos para no obviar un eslabón fundamental. Antes que el hermano que se ve hay otro que también se ve y se toca: es el Dios hecho carne, ¡es Jesucristo!. Entre Dios y el prójimo está el Dios hecho carne que ha reunido los dos extremos en un sola persona. Es en él donde se encuentra el fundamento del mismo amor al prójimo: “A mi me lo hicisteis”.
¿Qué significa todo esto para el amor de Dios? Que el objeto primario de nuestro eros, de nuestra búsqueda, deseo, atracción, pasión, debe ser Cristo. “Al Salvador se le ha predestinado el amor humano desde el principio, como su modelo y fin, un cofre tan grande y tan amplio que pudiese acoger a Dios […]. El deseo del alma va únicamente hacia Cristo. Aquí está el lugar de su reposo, porque sólo él el el bien , la verdad, y todo lo que inspira amor”[12]. Esto no significa restringir el horizonte del amor cristiano de Dios a Cristo; significa amar a Dios en la manera en la que Él quiere ser amado. “ya que él mismo os ama, porque vosotros me amáis” (Jn 16,27). No se trata de un amor mediado, casi por poder, porque quien ama a Jesús “es como si” amase al Padre. No, Jesús es un mediador inmediato; amándole a Él se ama, ipso facto, también al Padre. “El que me ha visto, ha visto al Padre”, quien me ama a mí, ama al Padre.
Es verdad que tampoco se ve a Cristo, pero está, está resucitado, está a nuestro lado, más de lo que un esposo enamorado está al lado de su esposa. Aquí está el punto crucial: pensar en Cristo no como en una persona del pasado, sino como el Señor resucitado y vivo, con el que puedo hablar, que puedo besar si quiero, convencido de que mi beso no termina en el papel o en la madera de un crucifijo, sino sobre un rostro o unos labios de carne viva (aunque espiritualizada), felices de recibir mi beso.
La belleza y la plenitud de la vida consagrada depende de la calidad de nuestro amor por Cristo. Sólo éste es capaz de defender de los bandazos del corazón. Jesús es el hombre perfecto; en él se encuentran, en un grado infinitamente superior, todas esas cualidades y atenciones que un hombre busca en una mujer y una mujer en un hombre. Su amor no nos sustrae necesariamente de la llamada de las criaturas y en particular de la atracción del otro sexo (esta forma parte de nuestra naturaleza, que él ha creado y que no quiere destruir); pero nos da la fuerza de vencer estas atracciones con una atracción más fuerte. “Casto – escribe san Juan Clímaco – es aquel que expulsa al eros con el Eros[13].
¿Destruye quizás, todo esto, la gratuidad del agape, pretendiendo dar a Dios algo a cambio de su corazón? ¿Anula la gracia? En absoluto, al contrario la exalta. ¿Qué damos, de hecho, de esta forma a Dios sino lo que hemos recibido de él? “Nosotros amamos porque Dios nos amó primero” (1 Jn 4, 19). El amor que damos a Cristo es su mismo amor por nosotros que le devolvemos, como hace el eco con la voz.
¿Dónde está entonces la novedad y la belleza de este amor que llamamos eros? El eco devuelve a Dios su mismo amor, pero enriquecido, colorado o perfumado por nuestra libertad. Y es todo lo que él quiere. Nuestra libertad lo resarce de todo. No solo, sino, cosa inaudita, escribe Cabasilas, “recibiendo de nosotros el don del amor a cambio de todo lo que nos ha dado, se considera deudor nuestro”[14]. La tesis que contrapone eros y agape se basa en otra bien conocida contraposición, entre gracia y libertad, es más, en la negación misma de la libertad en el hombre decaído (sobre el “siervo arbitrio”).
Yo he intentado imaginar, Venerables Padres y hermanos, qué diría Jesús resucitado si, como hacía en la vida terrena cuando entraba el sábado en una sinagoga, ahora viniese a sentarse aquí en mi lugar y nos explicase en persona cuál es el amor que él desea de nosotros. Quiero compartir con vosotros, con sencillez, lo que creo que diría; nos servirá para hacer nuestro examen de conciencia sobre el amor:
El amor ardiente:
Es ponerme siempre en el primer lugar.
Es buscar agradarme en todo momento.
Es confrontar tus deseos con mi deseo.
Es vivir ante tí como amigo, confidente, esposo y ser feliz por ello.
Es estar inquieto si piensas estar un poco lejos de mi.
Es estar lleno de felicidad cuando estoy contigo.
Es estar dispuesto a grandes sacrificios con tal de no perderme.
Es preferir vivir pobre y desconocido conmigo, más que rico y famoso sin mí.
Es hablarme como al amigo más querido en todo momento posible.
Es confiarte a mí mirando a tu futuro.
Es desear perderte en mí como meta de tu existencia
Si os parece también a vosotros, como me parece a mi, estar lejísimos de esta visión, no nos desanimemos. Tenemos a uno que puede ayudarnos a alcanzarlo si se lo pedimos. Repitamos con fe al Espíritu Santo: Veni, Sancte Spiritus, reple tuorum corda fidelium et tui amoris in eis ignem accende: Ven, Espíritu Santo, llena el corazón de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.
[1] Edición original sueca, Estocolmo 1930, trad. ital. Eros e agape. La nozione cristiana dell’amore e le sue trasformazioni, Bolonia, Il Mulino, 1971
[2] Pseudo- Dionisio Areopagita, Los nombres divinos, IV,12 (PG, 3, 709 ss.)
[3] S. Agustín, Confesiones I, 1.
[4] Comentario al evangelio de Juan, 26, 4-5.
[5] Cf. S. Bernardo, De diligendo Deo, IX,26 –X,27.
[6] S. Tomás de Aquino, Comentario a la Carta a los Romanos, cap. V, lec.1, n. 392-293; cf. S. Agustín, Comentario a la Primera Crata de Juan, 9, 9.
[7] K. Barth, Dogmática eclesial, IV, 2, 832-852; trad. ital. K. Barth, Dommatica ecclesiale,  antología dirigida por H. Gollwitzer, Bolonia, Il Mulino 1968, pp. 199-225.
[8] El sentido que los primeros cristianos dieron a la palabra eros se deduce claramente del conocido texto de S. Ignacio de Antioquía, Carta a los Romanos, 7,2: “Mi amor (eros) ha sido crucificado y ya no hay en mí fuego de pasión … no me atraen el alimento de corrupción y los placeres de esta vida”. “Mi eros” no indica aquí a Jesús crucificado, sino “el amor por mí mismo”, el apego a los placeres terrenos, en la línea del paulino “He sido crucificado con Cristo, no soy yo quien vive” (Gal 2, 19 s.).
[9] Cf. G.W.H. Lampe, A Patristic Greek Lexicon, Oxford 1961, pp.550.
[10] Guillermo de St. Thierry, Meditaciones, XII, 29 (SCh  324, p. 210).
[11] Anonimo, La nube della non conoscenza, Ed. Áncora, Milán, 1981, pp. 136.140.
[12] N. Cabasilas, Vida en Cristo,  II,9 (PG  88, 560-561)
[13] S. Juan Clímaco, La escala del paraíso, XV,98 (PG 88,880).
[14] N. Cabasilas, Vida en Cristo, VI, 4 .

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